LA JAULA FUE EN BUSCA DE UN PÁJARO

Arlindo Luciano Guillermo

El padre de Franz Kafka, Hermann Kafka, fue autoritario, intolerante, despreciaba la fragilidad física y la voluntad de su hijo, pero creó al escritor de La metamorfosis, El proceso, La colonia penitenciaria, La condena, Informe para una academia, Un artista del hambre y Un médico rural. Sin la tiranía y los abusos de su progenitor, Vargas Llosa no hubiera sido novelista ni Premio Nobel de Literatura. Kafka y Vargas Llosa, como también Flaubert, se dedicaron a tiempo completo a la literatura, a leer y crear ficciones, sacrificando anhelos familiares y desempeño laboral. La metamorfosis -leí en mis años universitarios, cuando tuve que dar clases en la universidad y para no olvidarme de Gregorio Samsa- apareció en 1915, hace 111 años; Franz Kafka tenía 32. En 1914, había estallado la Primera Guerra Mundial. Franz Kafka solo vivió 40 años y 11 meses, los suficientes para legar a la literatura una obra narrativa renovadora, vigente, altamente sensible, de poderoso impacto emocional en el lector, tarea compleja y afán para los estudiosos y de inmarcesible trascendencia. Kafka es un paradigma de escritor que inmoló la salud, la felicidad y la vida propia por la escritura literaria. Su pasión era escribir; su empeño permanente, dejar de trabajar en aquel oficio de burócrata monótono. Después de La metamorfosis, surgió el adjetivo kafkiano que significa “situación o hecho absurdo y angustioso”. Un ciudadano del siglo XXI, donde prima inteligencia artificial, redes sociales, enfermedades mentales, voraz mercantilismo y guerras geopolíticas, puede encontrar en la literatura de Kafka una explicación de la deshumanización, la soledad, el aislamiento, el sinsentido de la existencia y la misantropía. Kafka abrió el camino para escribir una literatura que integra creación artística, biografía personal y metáfora de la sociedad. La metamorfosis es novela autobiográfica, trágica, de irrefutable firmeza y eterna relectura.

La metamorfosis es relato fantástico (novela corta), parábola del destino del ciudadano y genialidad literaria. Gregorio Samsa despierta, luego de una terrible pesadilla, convertido en un gigantesco insecto (escarabajo, chinche o cucaracha según la interpretación del lector). Su vida personal, laboral y familiar cambia irreversiblemente. El diligente vendedor ahora vive proscrito en su habitación. Las atenciones solidarias variaron en marginación, vergüenza y desprecio. Su padre, para ahuyentarlo, le incrusta una manzana en el caparazón. Su hermana Grete, que toca violín para deleite de los inquilinos, desea iracunda su muerte y propone deshacerse inmediatamente. Gregorio, que siente, piensa y opina, no come, vive oculto debajo del sillón cubierto con una sábana; se alimentaba con desperdicios putrefactos. La madre siempre defiende la integridad del desgraciado hijo. Cierto día, la vieja criada lo encuentra muerto, lo recoge y arroja al contenedor de basura. El primer párrafo de La metamorfosis tiene apenas 73 palabras. Ahí destella el talento de Frank Kafka. Un ciudadano se transforma en gigantesco insecto. ¿Es eso posible dentro de la lógica? Su anatomía masculina tiene “duro caparazón, vientre abultado, numerosas patas”. Se pregunta: “¿Qué me ha pasado?” No era un sueño, sino la realidad. Su dormitorio se convierte en depósito de enseres inservibles y en cárcel donde sobrevive con la esperanza de regresar a su estado natural. ¿Cuál fue la intención de Kafka? Hay hipótesis y aproximaciones. Creo que para liberarse de sus demonios interiores que lo atormentaban constantemente, sus traumas de infancia, su incapacidad para amar y construir una metáfora de la alienación social, la degradación exponencial de la ética y el respeto por la dignidad del ciudadano.

Franz Kafka es un paradigma de la literatura surrealista, de la absurda ficción que pareciera tener apariencia de verdad objetiva. En un arrebato incontrolable de depresión, nos sentimos menos que un insecto o un gusano despreciables. Gregorio Samsa, en carne propia, siente la degradación de la dignidad y las actitudes humanas. El repugnante bicho percibe, reflexiona, tiene deseos, deleita la música, pero también provoca rechazo, indignación y repulsión de sus padres y de su hermana Grete. La novela El proceso empieza así: “Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo”. Ese mismo arranque tiene Crónica de una muerte anunciada: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”. El narrador de La metamorfosis es una tercera persona, omnisciente, que relata las desventuras de Gregorio Samsa con naturalidad, sin espanto ni juzgamiento, como si conociera detalladamente los incidentes. Nos hace creer que el viajero comerciante se convirtió de verdad en un insecto. El lector sigue la cuerda hasta el final. ¿Quién es ese narrador? No lo sabemos; es indefinido.

Kafka tuvo muchas precariedades en su vida. Solo estaba seguro de que su destino era ser escritor y justificar la existencia. La depresión e inestabilidad emocional lo persiguieron. Tuvo muchos romances pasajeros y volubles, siempre estuvo enfermo. Le aterraba enloquecer si no escribía literatura, su pasión por encima de la abogacía y los sentimientos. El cuento La condena fue escrito desde la noche del 22 al 23 de setiembre de 1912. Dice Kafka: “Esta historia la he escrito entera desde las 10 de la noche hasta las seis de la mañana. Casi no podía sacar las piernas debajo del escritorio de lo entumecidas que estaban por llevar tanto tiempo sentado. Qué terrible fue la tensión y qué grande la alegría de ver cómo la historia iba desarrollándose delante de mí, cómo me iba abriendo paso por sus aguas”.

Franz Kafka murió fulminado por una tenaz tuberculosis. En el día, rutinario oficinista de seguros; en las noches de insomnio, escritor obsesivo que creaba ficciones, reflexiones y confesiones enclaustrado en su vivienda. Su testamento no fue ejecutado por Max Brod. No se incineraron sus manuscritos como hubiera querido; quiso desaparecer él y sus escritos. La “traición piadosa” hizo que su literatura se salvara del fuego. Le dijo: “Te ruego encarecidamente que destruyas sin leer todo lo que dejo atrás: diarios, manuscritos, cartas”. Desobedeció para alcanzar inmortalidad como Franz Kafka. No hay otra novela que afecte notablemente la sensibilidad del lector que La metamorfosis; lo deja perplejo, desubicado, fuera de la razón y trasladado a una irrealidad creíble y posible. Un hombre, luego de una pesadilla, se despierta convertido en un insecto pensante. Gregorio Samsa es la metáfora de la deshumanización del ciudadano de hoy y de ayer cuya dignidad y honor se resisten a dar concesiones. Una madrugada leía con café, sin reloj. Sentí que me miraban desde los estantes de libros. Descubrí que era una mariposa negra, con imágenes de calaveras en sus alas grandes, que aterrizó sin que me diera cuenta. No la maté ni repugné. Luego de mucho esfuerzo, la ayudé a salir de la sala.