Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Fracasado su primer intento alucinado por vacar al presidente por incapacidad moral; frustrado su delirio insano de endilgarnos a un remedo de mandatario que se creyó su propio cuento de ser el nuevo Valentín Paniagua; abortado, a fin de cuentas, su anhelo enfermizo por mantenerse en el poder durante cinco años más, en virtud de una providencial decisión del Jurado Nacional de Elecciones, que les negó la reelección, que los dejó con los crespos hechos; a nuestros inefables padres de la patria no les andan saliendo bien las cosas, y esa es una verdad del tamaño de una montaña.
Con todo y con eso, nuestros impresentables de siempre vuelven nuevamente a la carga con otra moción de vacancia por “permanente incapacidad moral” del titular del Ejecutivo. La que se justificaría, según argumentan quienes pretenden llevarla adelante, en virtud del “oportuno” testimonio brindado por un grupo de aspirantes a colaboradores eficaces, que en esencia refieren que Martín Vizcarra habría recibido un soborno de más de dos millones de soles por la adjudicación de obras en la región Moquegua, allá por los años en que fue gobernador regional.
El presidente, por supuesto, no ha tardado en salir a negar las comprometedoras acusaciones en su contra, afirmando en todas las formas en que le ha sido posible hacerlo, lo que tratándose de él es ya mucho decir, que no solo no recibió soborno alguno “en ninguna parte del Perú ni del mundo”, según sus propias palabras, sino que además habría razones de sobra para creer que lo que en realidad estaría moviendo a un gran sector del Congreso a buscar su vacancia, sería su “comprensible” interés en que se posterguen las elecciones programadas para abril de 2021.
Pues bien, comenzando por el hecho de que hemos llegado a un punto en que ni el Tribunal Constitucional parece saber a ciencia cierta qué demonios significa aquello de “permanente incapacidad moral”; y habida cuenta de que mientras esto no haya quedado jurídicamente claro, no se podrá, en consecuencia, sustentar una acusación cuando menos relativamente sólida en contra del presidente Vizcarra; salta a la vista que no es razonable pretender defenestrar a nadie, y menos a quien ostenta la más alta magistratura del país, sobre la base de una evidente indefinición.
Controversias al margen, imposible no hacer hincapié en que no deja de ser paradójico que quienes hoy se han vuelto los abanderados de la ética en el Perú, quienes hoy se autoproclaman como los paladines de la moral y las buenas costumbres en el país, sean precisamente algunos de los nefastos personajes que no han tenido reparos en archivar, a través de su llamada Comisión de Ética, cuantas denuncias han sido presentadas en contra de sus propios integrantes; acusaciones todas ellas que, si por algo se han de caracterizar, es porque lindan a todas luces con el delito.-
“En casa del herrero, cuchillo de palo”, reza la conocida frase popular. Y que para los efectos de lo que venimos comentando refleja muy bien cómo se procede en cuestiones morales en el Legislativo. Solo que, para ser más precisos, e ir, de paso, en consonancia con la índole ampliamente mayoritaria de los aludidos, la frase que les vendría mejor, aquella que los caracterizaría como ninguna otra a la luz de lo antedicho, no sería otra, no podría ser otra, que la siguiente: “El burro hablando de orejas”. Porque si existen en nuestro país quienes no tienen la más mínima moral para hablar de eso mismo, para ponderar sobre cuestiones morales, son precisamente estas sabandijas.
Lo que no quita, desde luego, que, de comprobarse la veracidad de las más recientes, y también más graves, acusaciones formuladas en contra del presidente, deba este responder ante la justicia, sí; pero, como corresponde, aplicándosele el debido proceso. Lo que pasa, entre otras cosas, por no buscar su defenestración a toda costa, como si de lo que se tratara fuese de retirar de su cargo a cualquier ciudadano de a pie, y no al mismísimo presidente de la República. Y no ya como se pretende hacer ahora: destituyéndolo antes de haberse comprobado siquiera la autenticidad de los testimonios de quienes lo acusan.
Porque si en el Congreso todavía creen que alguien con dos dedos de frente se puede tragar el cuento de que lo que buscan estos hombres y mujeres de bien, estas santas palomas, es adecentar nuestra política, liberarla de quienes con su deleznable proceder lo único que hacen es sumirla aún más en el descrédito, en la descalificación, pues que se equivocan de extremo a extremo. Lo que en realidad buscan estos impresentables no es otra cosa que poner a su presidente en palacio de Gobierno, postergar las elecciones, y extender su mandato hasta sabrá Dios cuándo.
Lástima que a estas alturas del partido sea constitucionalmente imposible disolver el Congreso, que no menos es lo que se merecen estos granujas. La irresponsabilidad política con que se vienen conduciendo desde que asumieron el poder justificaría de lejos que ello suceda. No ocurrirá, sin embargo, como algunos quisiéramos. No ahora. El Perú está todavía lejos de acabar con sus taras de raíz. Quizá algún día. Todo es posible. Ahí está Chile para demostrarlo.




