La inteligencia artificial (IA) ha irrumpido con fuerza en la industria musical, generando tanto oportunidades como controversias. Desde la composición de melodías hasta la creación de voces sintéticas, la IA se presenta como una herramienta poderosa, pero también como un desafío para los artistas y la propiedad intelectual. Este nuevo panorama plantea interrogantes sobre el futuro de la creatividad y la autenticidad en la música, en un momento donde la industria busca consolidar su recuperación tras la crisis del disco.
Según la investigación publicada por El Comercio, el descubrimiento de que The Velvet Sundown, un grupo de rock con millones de seguidores en Spotify, era en realidad un proyecto generado por IA, ha sacudido los cimientos del sector, marcando, según los expertos, el inicio de una nueva era. Un dato relevante es que, según IFPI, los ingresos globales de la música grabada aumentaron un 9% en 2022, impulsados por el streaming, lo que evidencia la importancia de la monetización en este contexto de innovación tecnológica.
Más allá de la creación de “artistas” virtuales, la IA se ha convertido en una herramienta utilizada por músicos reales para expandir su paleta sonora. El rapero congoleño-belga Damso, por ejemplo, incorporó coros generados por IA en una canción de su último álbum, BĒYĀH, justificando su uso como una simple herramienta experimental. Otros, como la compositora francesa de música electrónica Delaurentis y el DJ canadiense Caribou, la emplean para modificar y procesar sus voces, abriendo nuevas posibilidades expresivas.
La ambigüedad también juega un papel importante en esta nueva escena. Circulan rumores persistentes sobre el uso de IA en el tema “Toi et moi” del rapero francés Jul, donde su voz aparece tan transformada que genera dudas entre sus seguidores. La falta de confirmación o negación por parte del artista alimenta la especulación y el debate en torno a la autenticidad y los límites de la manipulación vocal.
En Estados Unidos, el influyente productor Timbaland ha apostado fuertemente por la “A pop” (pop artificial) con su sello discográfico Stage Zero. Su primera artista, TaTa, es un personaje completamente virtual con la estética de una estrella pop, pero sin una existencia real. Este tipo de iniciativas plantean interrogantes sobre el futuro del estrellato y la relación entre los fans y los artistas en la era digital.
A pesar de la creciente atención mediática, el impacto real de la música generada por IA aún es limitado en términos de consumo. Ulysse Hennessy, director general de Billboard France, señala que, si bien la música generada por IA representa un porcentaje considerable del contenido subido a plataformas como Deezer, su cuota de escuchas es significativamente menor. Sin embargo, el verdadero desafío reside en la transparencia y la regulación. Odile de Plas, jefa de la sección de música de la revista Télérama, advierte sobre el riesgo de dilución del valor de la música debido a posibles fraudes y la necesidad de una remuneración justa para los titulares de derechos.
La industria musical se encuentra en una encrucijada. La IA ofrece nuevas herramientas y posibilidades creativas, pero también plantea desafíos en términos de autenticidad, propiedad intelectual y remuneración. En este nuevo escenario, la conexión emocional entre el artista y su público se vuelve aún más crucial, como subraya Odile de Plas: “La relación con el artista es lo que marcará la diferencia. El vínculo con él, el interés por lo que tiene que contar, eso no existe con la IA”. La capacidad de generar una conexión humana genuina podría ser el factor determinante en un futuro donde la línea entre lo real y lo artificial se vuelve cada vez más difusa.




