Por: Jimmy Trujillo Olivo
En los últimos años he presenciado algo extraordinario: pequeños negocios, muchos de ellos tradicionales y familiares, están abriéndose paso en un mundo que antes parecía exclusivo para los grandes. Recuerdo perfectamente esa cafetería de mi barrio, donde la dueña —que siempre decía no entender nada de tecnología— ahora atiende pedidos también por WhatsApp gracias a un asistente virtual sencillo. Esa escena, que podría parecer anecdótica, es prueba de cómo la inteligencia artificial está cambiando la rutina cotidiana de emprendedores reales, de carne y hueso.
La IA dejó de ser asunto de películas o laboratorios en países lejanos. Hace apenas unos años, hablar de inteligencia artificial era pensar en Google, Amazon o esas empresas que leemos solo en noticias. Hoy, sin embargo, su alcance es tan amplio que ha llegado incluso a microempresas rurales, como las que conocemos aquí en Huánuco o en otras regiones alejadas. Y lo más impactante de este fenómeno es que ya no se trata de tecnología reservada para unos pocos privilegiados: es accesible, intuitiva y muchas veces gratuita. Ya no hay excusa de recursos ni de distancia frente a Lima, Nueva York o Bangalore.
A diferencia de otras distracciones tecnológicas que forzaron la hegemonía de grandes actores económicos, la IA (al menos en su fase actual) se comporta como un catalizador accesible, capaz de modificar desde dentro, incluso, las prácticas más tradicionales. Como educador y partícipe activo en procesos de transformación digital, he visto como este fenómeno ofrece una oportunidad única para reasignar el rol de los jóvenes como agentes emprendedores, de cambio económico y social.
Este momento no admite ambigüedades: ignorar la IA hoy equivale, en términos históricos, a rechazar el uso de electricidad en el siglo XX. Y, sin embargo, la paradoja es inquietante: cuanto más accesible se vuelve esta tecnología, más riesgoso resulta el conformismo digital. ¿Puede una panadería de barrio sobrevivir sin optimizar su logística con IA? Tal vez sí, pero con costos crecientes y competitividad menguante.
Transformaciones en tiempo real: el mercado bajo presión inteligente
El informe Global SMB Tech Trends (2024) revela que 4 de cada 10 pequeñas empresas ya usan IA generativa. Este dato parece confirmar una adopción generalizada, pero si lo contrastamos con registros no digitalizados de ferias tecnológicas regionales (Huánuco, 2023), descubrimos una brecha alarmante: menos del 8% de microemprendedores rurales han accedido a capacitaciones formales. A nivel discursivo, la IA es inclusiva; en la práctica, no tanto.
Esto lleva a una pregunta retórica y urgente: ¿de verdad estamos democratizando la innovación o simplemente cambiando los filtros de exclusión? Desde mi trabajo en campo con asociaciones juveniles andinas, percibo una tensión clara: la tecnología está, pero falta el acompañamiento.
Supongamos que un joven con acceso limitado a internet desea crear una marca de café artesanal con identidad territorial. Podría usar IA para generar su logo, redactar posts, automatizar pedidos. Pero si el modelo de IA no está entrenado con datos de su contexto (simbología local, estacionalidad productiva), el resultado será genérico. Aquí surge la paradoja: la IA potencia lo que ya está presente; si hay desigualdad, la amplifica.
Por eso, es importante considerar una lectura más situada: más allá de “adoptar la IA”, urge cuestionar cómo y desde dónde se la adopta. El riesgo no es solo tecnológico, sino epistemológico: importar soluciones sin reconfigurar preguntas.
Ventajas reales, retos encubiertos: el costo de la eficiencia
La IA ha demostrado una notable capacidad para optimizar tareas rutinarias. En un proyecto piloto con esta editora, vimos reducciones del 50% en tiempo de corrección y redacción de notas —un proceso que, tradicionalmente, requería de largas jornadas exhaustivas. Esta automatización no solo mejoró la productividad, sino que permitió redirigir esfuerzos hacia tareas de mayor valor creativo, como la edición estructural y el acompañamiento autoral—. Sin embargo, incluso en ese contexto, emergieron nuevos desafíos: la necesidad de verificar las decisiones estilísticas automatizadas y el riesgo de homogeneización lingüística plantearon interrogantes éticos y estéticos sobre los límites del uso editorial de la IA.
Esto invita a matizar el discurso de eficiencia: automatizar no siempre significa mejorar. Tal vez debamos preguntarnos qué aspectos no deberíamos delegar a la IA. ¿La atención al cliente? ¿La negociación comunitaria? ¿La creatividad espontánea en el diseño de un producto?
La pasividad como amenaza invisible
Rechazar la IA en 2025 es, como afirmó Altman en el Foro de Tokio (2023), “negarse a participar en el pacto social digital”. Pero esta afirmación, si bien provocadora, requiere matices. En el caso de las pymes rurales o las cooperativas autogestionadas, la pasividad no es siempre una elección, sino una consecuencia estructural: falta de conectividad, escasa alfabetización digital, programas de capacitación discontinuos.
Desde una perspectiva política, esto desafía la idea de “neutralidad tecnológica”: la IA no es buena ni mala, pero nunca es neutra. Por eso, adaptarse no debe entenderse como sumisión a lo nuevo, sino como reconfiguración de lo propio a partir de lo nuevo.
Reconciliar tecnología y humanismo: un nuevo paradigma para el emprendimiento joven
Lo más urgente no es saber cómo usar la IA, sino decidir qué tipo de sociedad queremos co-construir con ella. En ese sentido, emprender no es solo un acto económico, sino también un gesto político. Desde mi rol como docente de tecnologías para el desarrollo, veo que los proyectos más transformadores no son los que adoptan IA más rápido, sino los que la adaptan a lógicas culturales y afectivas del territorio.
En conclusión: la IA no es el fin, sino el medio. Y como todo medio, exige discernimiento. Si la próxima historia de éxito empresarial se está escribiendo en este momento, probablemente no ocurra en Silicon Valley, sino en algún rincón de Huánuco, donde una joven o un joven, con acceso limitado pero con imaginación intacta, decide crear algo que antes parecía imposible.




