La indignación selectiva

Jorge Farid Gabino González

Ha pasado más de un mes desde que el papa Francisco admitiera públicamente la comisión de abusos sexuales perpetrados a monjas por parte de sacerdotes y obispos. Como se sabe, es la primera vez que la más alta autoridad de la Iglesia Católica acepta sin medias tintas el que se haya venido cometiendo semejante crimen en su seno a lo largo de los años; y, quizá lo más importante, lo hace de manera abierta. No deja de sorprender, sin embargo, el que tamaña declaración no tuviera los efectos que se habría esperado; no en lo que a nuestro país se refiere. A pesar de que, como se sabe, el Perú se vio directamente relacionado debido a que uno de los casos de abuso sexual cometido en contra de una religiosa sucedió precisamente aquí.

Si además tenemos en cuenta que lo antedicho solo sería la punta de una madeja, que de llegar a desenredarse podría sacar a la luz muchísimos más casos y hacer, por ende, que nos llevemos más de una desagradable sorpresa, resulta inevitable preguntarse por qué, entonces, tanta indiferencia para con “estas” víctimas. ¿No son iguales que las otras? ¿O es que las monjas no son, acaso, tan igual de mujeres que quienes no visten los hábitos? Por supuesto que lo son. Quienes las violaron lo saben perfectamente.

No parece ocurrir lo mismo con nuestras desastrosas autoridades, que para el caso de que se trata han demostrado una indiferencia tan escandalosa que raya en la complicidad. ¿Cómo explicar, si no, que a pesar de la envergadura de lo revelado en torno a los abusos sexuales cometidos en nuestro país dentro de la Iglesia Católica, ni la ministra de la Mujer ni las congresistas (que dizque en rechazo hacia un supuesto acosador sexual, cuya culpabilidad ni siquiera está probada, hasta se retiran del Hemiciclo) ni la vicepresidenta de la República, esto es, nadie, pero absolutamente nadie, que tenga cierta dosis de poder, hayan dicho una sola palabra al respecto? Que defensoras de los derechos de la mujer, que luchadoras por la equidad de género, que valedoras de los intereses del llamado sexo débil. ¡Pero qué van a ser nada de eso, si una tira de caraduras es lo que son!

Tan simple como esto: hoy está de moda defender a la mujer de los abusos que se cometen en su contra, pero siempre y cuando no se ponga en tela de juicio la catadura moral de quienes se arrogan ser los detentadores por excelencia de todas las virtudes habidas y por siempre haber. Porque en ese caso sí que las cosas cambian. Se les hace un nudo en la garganta, les tiemblan a rebato las piernas, se requetecagan de miedo. Como si por el solo hecho de ser de la Iglesia de quien se trata, su exacerbado feminismo se fuera de pronto y sin escalas al mismísimo carajo. Y la verdad es que es ahí a donde se les va.

Y no es excusa para su asqueroso silencio, desde luego, el que todos hayan sabido desde siempre que las cosas fueran así desde que el mundo es mundo.  Porque no puede ser dable que porque hace décadas (si no centurias; tratándose como se trata de la impune bimilenaria) que lo anunciado por el papa no es un secreto para nadie, a estos granujas le dé por seguir haciendo lo que les dé su maldita gana con las monjas, que lamentablemente pertenecen a un sistema que las hace dependientes en muchos aspectos de la “santa” voluntad de estos pendejos.

Cuesta admitirlo, pero lo cierto es que parece haberse hecho ya costumbre entre los peruanos el que nuestra capacidad de indignación en materia de agresiones sexuales vaya según soplen los vientos, esto es, para entendernos, según mande la “tendencia”. ¿Llegará el día en que en el Perú rija aquel principio elemental del derecho que da cuenta de que todos somos iguales ante la ley? Porque es evidente que aquí no lo somos. Ni ante la ley ni ante la opinión pública. La prueba mayor nos la acaban de dar en estos últimos días desde la Iglesia Católica, pues ha quedado plenamente demostrado que si quienes acosan, violan o estupran visten de mitra y sotana, aquí no pasa nada.

¿O habrá alguien en este país que crea que a nuestras feministas de escaparate les dará ahora por salir a defender a las aludidas, aunque solo sea por no parecer más canallas de lo que en verdad son? Más fácil se indignan porque se patee a un perro en la calle. Si en el Perú hasta a los animales parece reconocérseles más derechos que a las monjas. Lo único que nos falta es que nos indignemos por lo antedicho. Todo es posible, habida cuenta de lo selectiva que suele ser nuestra indignación.