LA FUNCIÓN PEDAGÓGICA DE LA LITERATURA

 Escrito por: Ronald Mondragón Linares

El paradigma clásico de la función pedagógica de la Literatura nos remite hasta el siglo XVIII, cuando se encontraba en boga el movimiento literario conocido como Neoclasicismo. Este movimiento concibió la obra literaria como un vehículo para la transmisión de valores, principios morales, creencias, modos de vivir, patrones culturales, etc. Así salieron a la luz inmortales obras neoclásicas como las fábulas de Iriarte o Samaniego, “El sí de las niñas” de Fernández de Moratín o las célebres comedias de Moliere.

Sin embargo, este artículo pretende hacer ver que la función pedagógica es una de las funciones inmanentes de la Literatura y no una función exclusiva y limitada a un determinado movimiento o corriente estética en particular.

En sentido lato, lo pedagógico tiene que ver con la enseñanza en su acepción más amplia y no solo restringida a un espacio institucional y a un salón de clases. Por ello, debe entenderse que los padres, desde su posición, hacen en cierto modo labor pedagógica en las familias; lo mismo sucede en los círculos de amistades y otros espacios de interacción social.

Desde la aparición de la imprenta -los manuscritos medievales sólo circulaban en selectas élites de personas cultas-, los libros se convirtieron en las más importantes y preciadas correas de transmisión de cultura y que llegaban a cada vez más cantidad de gente. Y, dentro de ellos, las obras literarias penetraron las mentes y los corazones, sobre todo con su poderoso arsenal de lenguaje connotativo capaz de llegar hasta las regiones más profundas, y por lo mismo de efectos más duraderos, del inconsciente del ser humano.

La Literatura se destaca y se distingue de otras artes y otros campos del saber precisamente por la utilización del lenguaje. A este lenguaje, por así decirlo, no le interesa mucho quedarse en el plano mental de los lectores; le interesa por sobre todas las cosas, llegar a las profundidades más recónditas e incluso desconocidas para aquellos. No solamente se interna en las soledosas y secretas regiones del alma humana, sino que es capaz de descubrir y redescubrir versiones distintas de nosotros mismos, cosa que no hubiera sido posible sin la lectura de algunos libros.

La lectura, como el amor, como los verdaderos amigos, tiene varias facetas, que podemos conocerlas en nuestro ser al contacto cálido con los libros. Y estas facetas, cual estancias misteriosas que se van develando poco a poco con la luz del saber auténtico, hacen también que salgamos de nuestra posición de egotismo para mirar a nuestro alrededor con los ojos de la humanidad entera.

¿Cómo se manifiesta, pues, la función pedagógica de la literatura en el contacto con los libros?

Para responder a esta pregunta hay que recurrir a la mención de algunos textos inmortales. Y también al conocimiento de uno mismo, puesto que las huellas que dejan los grandes libros no son las mismas en todos los lectores.

Cuando leí “Los cachorros” y “La ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa, me di cuenta, en lo más profundo de mí mismo, de lo efímero de la vida unido a su movimiento abstruso, impredecible y zigzagueante. Vargas Llosa no quiso dejarnos sin saber qué ocurrió después con sus personajes. Pichulita sencillamente murió; la enamorada del Poeta fue arrastrada por la vida y se casó con otro; todos crecieron y -fríamente- ya no fueron nunca los mismos.

Pienso en “El túnel” de Ernesto Sábato. ¡Cuánta actualidad tiene su historia, por los crímenes pasionales de hoy, por la desgarradora soledad del hombre contemporáneo, por la atroz psicología que puede envolver el sentimiento del amor!

Y así, pueden desfilar por mi mente personajes, historias y emociones, y un cúmulo de imágenes y palabras que se han posesionado en los resortes que mueven la vida entera y la visión que tengo hoy del mundo.

Porque esa es la esencia que deja el contacto llameante, al rojo vivo con los libros: la mirada mucho más rica de uno mismo, el significado de la vida cotidiana, la filosofía poblada de enigmáticos seres y de la magia del vivir, la relación franca y tierna que nos une con la tierra y con el mundo, y las batallas diarias que enfrentamos  para recuperar -persistente y constantemente- la alegría.