LA FERIA DEL LIBRO

 Todos los niños y jóvenes, especialmente, deberían vivir la grata experiencia de asistir (o participar) en una feria de libros como la que se ha desarrollado hasta ayer en la ciudad de Lima.

Es una experiencia exultante, gratificante, apasionante. Es quizás uno de los pocos lugares en donde se puede comprobar que no todo está perdido. Que los seres humanos tenemos todavía un reducto donde guarecernos ante la embestida de la mediocridad, la vulgaridad, las imperfecciones y las mezquindades humanas.

Los padres o las personas mayores deberían hacer lo humanamente necesario para que los niños conozcan ese lugar mágico en donde aún es posible la felicidad.

No cientos, sino miles de miles de miles de libros de todas las materias, pero especialmente de literatura, se muestran ante los ojos asombrados de los asistentes.

Todos los autores de todos los países, de todas las lenguas, de todas las culturas, de todas las épocas, como en acto de magia, concurren a ese recinto y confluyen gracias a sus libros, sin importar el tiempo que ha transcurrido, las fronteras que debieron cruzar, las plagas que asolaron a los pueblos. Nada es imposible: en una feria de libros bien organizada llegan todos, desde todos los tiempos y rincones del planeta, indefectiblemente.

Esta vigesimocuarta versión de la Feria Internacional del Libro en Lima no ha sido la excepción. Y sin querer queriendo he sido uno de los muchos protagonistas, hecho que me llena de orgullo y no poca satisfacción.

Sucede que a instancias de Rossy Majino Gonsalez, amiga, colega y dueña y señora de Editorial Rocinante se publicó mi cuaderno de poesía Entre el mar y la montaña, un conjunto de poemas que habla sobre mis fugaces experiencias marinas comparada con mi longeva estancia serrana.

Ella no tuvo mejor idea que tramitarlo para su correspondiente presentación en la mismísima FIL y así lo hizo sin que me enterara del hecho. Cuando me lo comunicó, mi primera reacción (a la edad que tengo) fue una profusa sudoración de temor, un pánico que no había sentido desde mis años mozos. Dije que sí, automáticamente, sin medir las consecuencias de ingresar sin protección a la boca del monstruo. Pero mi espanto y desconfianza amainó cuando me enteré que también estaría con nosotros otro grato amigo y colega: Jorge Cabanillas Quispe, quien justamente acababa de publicar (también con Rocinante) su segundo volumen de cuentos, titulado El sendero de las sombras.

Por eso, a las cinco de la tarde del 31 de julio, ya en los ambientes de la FIL estuve más que tranquilo para la presentación de mi librito, pues me sentía como en casa al lado de amigos como Andrés Cloud (quien fue mi presentador de lujo), de Fernando Carrasco (también presentador de lujo del libro de Jorge); al lado de mis muchas y muy generosas sobrinas que tuvieron a bien acompañarme y, especialmente, al lado de gratos amigos como Samuel Cardich, Hugo Arias, Paulo Caffo, el gran Tonny Bazán, el novelista Carlos Rengifo y tanta gente que se dio cita al evento.

Espero que los lectores de esta nota sepan perdonarme y comprenderme por hablar de mí mismo. Creo que es parte de la emoción que me embarga ante un acto sui géneris para mi oficio de poeta. Pero justamente por ello me permito también acotar algo con respecto a una feria de libros.

En Huánuco, nuestra ciudad que en pocos días cumplirá cuatrocientos ochenta años de fundación española, hemos intentado muchas veces, y seguimos intentándolo hasta ahora, organizar una feria digna de un pueblo como el nuestro; una feria que merezca la trayectoria de una ciudad trascendente; pero (el siempre lamentable “pero”) no lo hemos logrado nunca porque para una actividad como la feria se requiere del concurso desinteresado y decidido de todos los actores sociales, especialmente de las autoridades que dirigen los destinos de un pueblo.

Y para ser sinceros, jamás se ha tenido ese apoyo.

Por eso, me indigna hasta la médula al saber que, por ejemplo, resulta más beneficioso y, sobre todo, barato, traer digamos a Vargas Llosa, Bryce Echenique, o a los jóvenes Renato Cisneros o Santiago Roncagliolo que traer a El Lobo, Marisol o Papilón, en este aniversario que se acerca a pasos agigantados.

Asumamos esta triste realidad con la ecuanimidad y el realismo de caso. Lo demás es solo demagogia.