Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
De las muchas lecciones que hasta el momento nos viene dejando esta maldita pandemia, y nos ha dejado ya no pocas, una de las que no deberíamos perder de vista, por importante, por decisiva, por aleccionadora, es la de que, si hay un momento en el que nuestra incompetencia en elegir autoridades se convierte, literalmente, en poco menos que en una cuestión de vida o muerte, es en circunstancias como esta. Ello porque demostrado está que el no saber escoger con cordura a quienes conducirán nuestros destinos desde los fueros de la política, se convierte, a la larga, además de en una clara garantía de atraso y pobreza para la gente de a pie, en una verdadera apuesta a ganador por hacernos de los primeros lugares a nivel mundial en índices de mortandad, cada vez que se presente una emergencia sanitaria como la que vivimos. Lo cual, según van las cosas, y sin ánimos de ser alarmistas, puede volver a ocurrir en el momento menos pensado.
Y es que, aun cuando en el país se haya difundido hasta el hartazgo la frasecita de marras aquella de que “roba, pero hace obras”, como una suerte de triste y patético consuelo ante el peso de una realidad contra la que poco o nada podríamos hacer, lo cierto es que las dimensiones de nuestro problema superan de lejos ese enfoque en muchos sentidos reduccionista que algunos pretenden darle a la situación. Pues hemos llegado a un punto en el que ya ni siquiera podemos afirmar, como lo hacíamos hasta antes de la pandemia, que en el Perú tenemos autoridades que “roban, pero hacen obras”; porque ya ni eso (autoridades que roban y no hacen obras, naturalmente, las hemos tenido desde siempre).
Contamos, sí, con individuos cuya “inoperancia” en la gestión pública es de tales dimensiones, que ni roban ni hacen obras ni nada de nada. Eso: no hacen absolutamente nada. Lo que en circunstancias “normales” no tendría por qué ser “tan” grave. Ya que, en el peor de los casos, no pasaríamos de sufrir las consecuencias de carecer, de seguir careciendo, de vías de comunicación, hospitales o colegios que respondan con solvencia a las demandas de una sociedad caracterizada precisamente por sus no pocas necesidades. Es una pena, sin embargo, que los tiempos que vivimos no puedan ser tenidos por “normales”. Porque los momentos que vivimos son, de hecho, cualquier cosa, menos “normales”. Que la “normalidad”, como podemos constatar todos los días, hace tiempo que se nos fue al mismísimo carajo.
De ahí que resulte evidente que, si antes el tener una autoridad inoperante, por ejemplo, en materia de atención a la salud pública podía pasar hasta cierto punto desapercibido para un gran sector de la población, hoy resulta incuestionable que ya no puede seguir siendo así. Esto por la simple y evidente y manifiesta razón de que, de ocurrir aquello, las consecuencias serían incluso peores que las que estamos sufriendo ahora: muertes por doquier. Puesto que la ineptitud de nuestros gobernantes, sumada a las nefastas consecuencias que demostrado está que de ella se derivan, acabarían por hundirnos todavía más en esta suerte de pozo sin fondo en que hace ya tiempo parecemos haber caído.
De tal manera que olvidémonos ya, y para siempre, de aquella nefasta resignación muy peruana, muy nuestra, que nos ordena aceptar a pie juntillas lo que nos mande el “destino”, lo que nos dicte la “suerte”. Que, si persistimos, cojudamente, en seguir andando por tan trillado camino, no habrá de pasar mucho tiempo para que volvamos a cursar la misma senda que nos llevó a donde ahora estamos; ese mismo sendero que irremediablemente nos llevará, una vez más, a elegir autoridades ineptas para el ejercicio de la llamada función pública.
¡Qué se le hace! Si parece ser nuestro destino. No terminamos de salir de una, y estamos ya pugnando por meternos en otra incluso peor. ¿Cómo entender, si no, que el candidato con la más alta aceptación de la ciudadanía para ser el próximo presidente del Perú sea un señor que, junto a sus buenas intenciones, que presumimos que las habrá de tener, tiene como mejor carta de presentación el saber patear medianamente bien una pelota? ¿Aprenderemos, ahora sí, la lección, después de todo lo que nos ha tocado vivir por no tener, entre otras cosas, gobernantes que sepan estar a la altura de las circunstancias? ¿Volveremos a elegir a cada miserable, a cada despreciable, a cada impresentable, aun a sabiendas de que hacerlo podría costarnos, dramatismos al margen, la vida misma? ¿Se nos caerá, por fin, la venda de los ojos?
Se dice que la esperanza es lo último que se pierde. Pues bien: no es cierto. Lo último que se pierde, por tonto que parezca decirlo, es la vida. Quienes la perdieron a causa de no contar, por ejemplo, con un sistema de salud competente, por culpa de autoridades incompetentes, saben mejor que nadie que la esperanza no es lo último que se pierde.




