LA DIFÍCIL DECISIÓN DE DECIR LO QUE PENSAMOS

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

Efectivamente, verdad y libertad son socios inseparables en una sociedad democrática y ciudadanos que ejercen el pensamiento crítico sin cortapisas ni restricción. “La verdad os hará libres” dice Cristo en un contexto de cálculos políticos y diversidad de creencias donde coexistían saduceos, fariseos, judíos y Roma como poder opresor. La culminación de esa osadía fue la crucifixión. Federico Nietzsche lo dijo de otro modo: “Di tu palabra y rómpete”; o la advertencia de Gilles Lipovetsky: “Pensar libremente no es decir cualquier cosa”. Ese mismo filósofo francés que aboga que “necesitamos que la sociedad respete a los docentes”. Sin pensamiento crítico (que se supone fomenta el enfoque por competencias) ni lectura interpretativa, sin aptitud de discrepancia tolerante ni vocación de diálogo y concertación, la sociedad está condenada al sometimiento, la superficialidad, la banalidad y la indiferencia. Los fake news, los petardos desde los troles, la exacerbación de la vanidad, los homicidios ortográficos y el libre albedrío en las redes sociales buscan posicionamiento diariamente para convertirse en la norma de las relaciones interpersonales. Que vivamos en una zona de confort es suficiente. La vida no se reduce a llenar la barriga con hamburguesas ni engordar la billetera con trabajo adictivo.

Durante la educación secundaria y universitaria tenemos la fortuna de escuchar clases de un maestro (no a un profesor) cuya palabra y enseñanza “eran ley” por la gran credibilidad, autoridad académica y moral y sapiencia. Uno de ellos dejó, como herencia inmaterial, tres enseñanzas en mí: la puntualidad (no el fanatismo por la puntualidad), el beneficio de la discrepancia y la desconfianza de pensar como él. Decía: “La puntualidad es el gesto más visible de la responsabilidad; quien es puntual hoy será puntual después”. Advertía, ante una multitud de cachimbos, el primer día de clases, que el estudiante que más y mejor discrepa con el profesor tendrá 20 de promedio en el semestre. Y añadía: “Nadie discrepa sin información ni lectura”. Eran los años 80, en el currículo figuraba materialismo dialéctico e histórico, se leía los libros de Víctor Afanasiev y de Martha Harnecker como “biblias obligatorias de la ideología marxista”, Sendero Luminoso estaba en ascenso y copamiento de universidades para el proselitismo y la propaganda. Así que, según los temas del sílabo, leíamos para discutir y sentar posición en clases. Entendí claro que el propósito no era el 20 ni pensar diferente, sino fomentar la lectura, el aprendizaje extracurricular y el pensamiento crítico. Así me hice lector y librepensador. También, dicho docente universitario, decía: “Yo desconfío mucho de aquellos que piensan como yo”. Así que nadie, felizmente, quería coincidir con él. De los 120 o más estudiantes del curso, solo algunos persistimos heroicamente y con pasión en la literatura, la lectura y el periodismo de opinión.

He recordado este episodio de mi trayectoria estudiantil porque sirve de pretexto para insinuar (a modo de hipótesis) que el enfoque por competencia del currículo nacional, que viene desde el Minedu, no funciona a cabalidad porque se privilegia aún el propósito cognitivo del aprendizaje, el depósito obsesivo de teoría (a veces inaplicable a la realidad ni a la resolución de problemas personales y cotidianos) en “la cabeza del estudiante”. ¿Acaso no existen colegios preuniversitarios cuya finalidad es la preparación para el examen de admisión que plantea preguntas con 5 alternativas? Excepto universidades que exigen lectura, análisis, sistematización de información, argumentación y producción (o redacción) de textos ensayísticos y académicos hechos a la medida de un estudiante que culmina EBR. Sin lectura seria (no por gusto ni recreación) no hay información, por tanto, está ausente el pensamiento crítico, el debate democrático, la producción de conocimiento, tecnología e innovación.  El enfoque por competencias (en la práctica, en la realidad concreta) fomenta el hábito de lectura, el pensamiento crítico, la valoración racional, la autonomía de opinión y la producción de textos y literatura. Veo, con estupor, que cada día hay menos interés por la lectura y la calidad de la redacción con virtuosismo lingüístico.

Un estudiante que egresa de la secundaria acaso tiene como presupuesto académico la lectura y valoración de Los ríos profundos, La ciudad y los perros, los cuentos de Abraham Valdelomar o de Oswaldo Reinoso, la poesía de César Vallejo, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Banca Varela o Samuel Cárdich. Con qué experiencias de lectura y apreciación irán a insertarse en la universidad. Haber mostrado deliberada indiferencia y absurdo desprecio por el libro (físico o e-book) puede pasar una factura altísima. ¿Cómo redactará un artículo científico o un ensayo académico sujeto a la nomenclatura de la investigación y a la normatividad APA? Mi generación (que atraviesa los 50) no tenía Smartphone, Internet, páginas web, blogs ni redes sociales; así que, obligatoriamente, hacíamos trabajos universitarios leyendo libros físicos en la biblioteca donde se reunía una comunidad de lectores. Al asiduo asistente a una biblioteca se le decía “ratón de biblioteca”, título honorífico que aceptábamos con orgullo y mérito. De las universidades deben egresar no solo tecnócratas que aspiran comodidad, holgura económica, bienes y fortuna o incursión a Servir (Autoridad Nacional del Servicio Civil), la “meca de la meritocracia”, sino también ciudadanos líderes, que contribuyan, desde la profesión en ejercicio, con la sociedad, científicos, innovadores con patentes en Indecopi, intelectuales que orienten la conciencia y la opinión pública. Si queremos un congreso honorable y decente no hay que mirar desde la tribuna, sino actuar directamente; es fácil criticar, enlodar, descreditar, pero asumir responsabilidades cuesta un ojo de la cara. Pueblo que lee y piensa es libre y autónomo. No basta ser un disciplinado ciudadano que, cada 5 años, emite un voto para elegir autoridades y entregarles el Estado y poder político para que hagan lo que puedan y lo que quieran.