Por: Jorge Farid Gabino Gonzalez
Resulta difícil entender cómo, en un escenario global cada vez más exigente, en el que el conocimiento, las destrezas y competencias en general son requisitos indiscutibles para no ser tragados por el vértigo del progreso, ha llegado a surgir una corriente de pensamiento caracterizada no solo por disculpar la inutilidad, sino por exaltarla, por exhibirla con orgullo, como si la incapacidad para la realización de determinadas cuestiones no fuera un lastre en sí mismo sino una seña de identidad, una suerte de estandarte bajo el que se agrupan quienes han renunciado a cualquier tipo de autoexigencia o competencia. Cabría preguntarse, en consecuencia, cuándo comenzó dicha perversión de los valores, esto es, en qué momento se pasó de admirar, de tener como modelo, a quienes resultaban capaces de hacer las cosas con destreza, a celebrar con algarabía la incapacidad más absoluta, el desconocimiento más elemental de los aspectos más básicos de la vida práctica. Y es que no se trata solo de una ignorancia accidental, una que, en cualquier caso, podría deberse a un sinnúmero de razones, sino de un desconocimiento buscado, autoprovocado, que se ostenta con una desfachatez que, en la mayoría de los casos, provoca cualquier cosa menos indulgencia o ternura.
Dicha perversión del mérito nos ha llevado, naturalmente, a una injustificable exaltación de la mediocridad, cuando no de la incompetencia más grotesca. De hecho, hoy se encuentra instalado en el discurso colectivo la creencia de que resulta mejor no saber hacer nada, en lugar de demostrar competencia en cualquier cosa. Así, constatamos a diario cómo la nulidad se ha convertido en un rasgo de identidad, en una suerte de marca generacional que, en lugar de generar vergüenza, se enarbola con el mismo orgullo con que antaño se lucieron la inteligencia, el conocimiento, la destreza. De ahí que no sorprenda a nadie el que si alguien se declara abiertamente incapaz de realizar la tarea más simple recibe el aplauso inmediato de quienes, a buen seguro, comparten su misma falta de habilidad para hacer tal cosa.
El caso es que en una sociedad en la que son cada vez más los que encuentran cómodo el no saber hacer nada, el peso del trabajo, de la adquisición de conocimientos y destrezas recae sobre unos pocos, esto es, sobre quienes todavía creen en la importancia de aprender, de esforzarse por adquirir las competencias que habrán de servirles para su adecuado desenvolvimiento en el mundo. Lo que a su vez a dado lugar a que los incompetentes exijan a los competentes que les solucionen la vida, que carguen con una doble responsabilidad: la de hacer y la cargar soportar a los imbéciles que se jactan de no saber hacer nada.
La llegada de este nuevo estado de cosas a venido acompañada de una maniobra insidiosa: la transformación de la ignorancia en una suerte de nueva inocencia. Pues se ha instaurado la creencia de que aquellos que nada saben, o nada pueden hacer, no son culpables de su triste condición, sino víctimas de un sistema (dizque capitalista, dicen) que, con su despiadada exigencia de habilidades y competencias, los ha terminado por marginar, convirtiéndolos en sujetos desvalidos que merecen indulgencia y, más aún, admiración. Y, paradojas de la vida, los que todavía creen en el aprendizaje, en la adquisición de competencias en base a su esfuerzo y sacrificio, son hoy mirados con desconfianza, como si fueran la encarnación de una forma desfasada de estar en el mundo, como si fueran los terribles opresores de aquellos que han decidido que la vida es mejor cuando no se sabe hacer nada.
Ahora bien, si todo esfuerzo resulta a fin de cuentas innecesario, si toda forma de conocimiento es en última instancia sospecha, ¿qué queda? Pues todo hace indicar que lo único que queda es la pose, la exhibición descarada de la propia inutilidad como una forma de distinción, como una marca de autenticidad en este mundo hecho de apariencias. Así, ese incapaz encantador, ese incompetente simpático, se impone como modelo a seguir, como una especie de héroe moderno que, en su absoluta inutilidad, desafía el mundo.
Solo nos queda rogar para que, dentro de algunos años, esperemos que no sean tantos, aunque uno nunca sabe, cuando el número de inútiles autoproclamados supere al de los individuos que todavía, a duras penas, sostienen la estructura social en virtud de su esfuerzo, la referida tendencia actual a celebrar la inutilidad comience a perder atractivo. Quizá cuando llegue ese momento, cuando la inoperancia se convierta en un problema real, cuando la inutilidad (la imbecilidad) deje de ser una pose simpática y se convierta en una carga perjudicial para el conjunto de las personas, la idea de aprender, de esforzarse, de adquirir competencias sea vista nuevamente como lo que siempre fue: una necesidad, una total y absoluta necesidad, y no un mero capricho de aquellos que todavía consideran que el mundo no es un parque de diversiones en el que todo está dado, sino un lugar en el que únicamente pueden desenvolverse con libertad, con solvencia, aquellos que han aprendido a sostenerse por sí mismos.




