
Hace ya casi dos décadas que iniciamos el proceso de descentralización en nuestro país, y sin embargo, al recorrer las regiones del Perú profundo, no puedo evitar preguntarme: ¿qué ha cambiado realmente? Como huanuqueño que ha visto de primera mano las limitaciones de este proceso, me siento obligado a alzar la voz frente a una realidad que nos afecta a todos los peruanos que vivimos lejos del centralismo limeño.
La descentralización no es solo un término técnico en nuestras leyes; debería ser una herramienta transformadora para nuestras comunidades. Sin embargo, lo que experimentamos día a día es una dolorosa contradicción: mientras en Lima se habla de autonomía regional, en Huánuco seguimos dependiendo de decisiones que se toman a cientos de kilómetros de distancia por funcionarios que desconocen nuestras realidades.
¿Cuántos de nosotros hemos pasado meses (o incluso años) esperando aprobaciones de proyectos vitales para algunas comunidades? Hace poco conversé con un especialista en turismo, el señor Cesar Antezana, quien desde hacer un tiempo ha asumido un proyecto respuesta de valor del centro arqueológico de Choras. Resulta que solicitaron a una universidad nacional de Huánuco, que les don los letreros de señalización para dichos centro arqueológico que tiene más de 800 ha. Para colocar dichos letreros, de acuerdo a la normativa, se tiene que solicitar el permiso de la Dirección de Desconcentrada de Cultura. Resulta que está entidad, lejos de tomar una decisión, tuvo que enviar los documentos a Lima para que esto sean evaluados y los especialistas de Lima puedan tomar una decisión. Lo que causó indignación, fue que luego de tres meses recién respondieran, indicando que si es válido la colocación de estos letreros de señalización. Para cuando ellos respondieron la universidad, ya había salido en receso de vacaciones y se perdió la oportunidad de la donación. Esta situación resume perfectamente el fracaso de un sistema que dice ser descentralizado, pero que mantiene las cadenas del centralismo firmemente atadas.
El problema no es de recursos, es de voluntad política. Mientras nuestros gobiernos regionales tienen la responsabilidad nominal sobre la educación, salud e infraestructura, la realidad es que no cuentan con la autonomía presupuestaria ni decisoria para responder efectivamente a nuestras necesidades. Las oficinas regionales se han convertido en meras “mesas de partes” de ministerios centralizados, reproduciendo exactamente lo que la descentralización debía eliminar.
Y no ignoremos otro elefante en la habitación: la corrupción. Este mal endémico ha erosionado la confianza en nuestras instituciones regionales y locales, proporcionando la excusa perfecta para quienes desde Lima argumentan que “las regiones no están preparadas para autogobernarse”. Este argumento circular nos mantiene atrapados: sin verdadera autonomía no desarrollamos capacidades, y sin capacidades nos niegan la autonomía.
La descentralización en el Perú no puede seguir siendo un discurso vacío. Necesitamos soluciones concretas y urgentes:
Primero, debemos romper con el enfoque sectorial fragmentado que caracteriza la gestión pública peruana. Cada ministerio opera como un reino independiente, duplicando esfuerzos y desaprovechando sinergias. En mi región, hemos visto proyectos de agricultura, turismo y transporte que, coordinados, podrían haber multiplicado su impacto.
Segundo, no podemos seguir ignorando las experiencias exitosas internacionales. Países como Colombia han logrado implementar procesos genuinamente participativos en la planificación territorial. España ha transferido competencias y recursos sustanciales a sus Comunidades Autónomas. Brasil ha fomentado asociaciones intermunicipales que potencian las capacidades locales. No necesitamos reinventar la rueda, sino adaptar estos modelos a nuestra realidad.
Tercero, y quizás lo más importante, debemos redefinir nuestra concepción del territorio. No somos simplemente un conjunto de demarcaciones administrativas en un mapa; somos comunidades vivas con historias, tradiciones y capacidades únicas. Un verdadero desarrollo territorial debe partir del reconocimiento y valoración de esta riqueza.
La voluntad política para una verdadera descentralización no vendrá desde arriba; debe surgir de nosotros, los ciudadanos que vivimos fuera de Lima, quienes día a día enfrentamos las consecuencias del centralismo disfrazado de descentralización. Es nuestra responsabilidad exigir una reforma profunda que transforme las promesas en realidades tangibles.
Porque la descentralización no es un capricho regionalista; es una necesidad impostergable para construir un Perú más justo, donde el lugar donde naciste no determine tus oportunidades de desarrollo. Es hora de pasar de las palabras a las acciones, de las leyes a su implementación efectiva, y de la retórica descentralizadora a un nuevo pacto territorial que nos permita, finalmente, construir un país de todas las sangres.




