Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Que ninguno de los ministros de Pedro Castillo tiene el puesto asegurado, por cuanto se hallan en constante y permanente evaluación, se lo hemos oído decir innumerables veces al fantoche ese que para desgracia nuestra tenemos como presidente de la República. Declaración que, de no provenir de un sujeto como él, cuya credibilidad y capacidad de gestión se encuentran tan seriamente cuestionadas por las razones que ya todos conocemos, puede que hasta nos llevaría a ser optimistas, a celebrar, incluso, las que en otras circunstancias serían unas más que alentadoras palabras. Sobre todo, porque la referida afirmación sería indicativa de la seriedad con que nuestro primer mandatario se estaría tomando el estar a la cabeza de más de treinta y dos millones de peruanos.
Nuestra ya probada mala fortuna en cuanto a saber elegir presidente nos ha demostrado, sin embargo, que, tratándose de la palabra de nuestros políticos, siempre es mejor tener los ojos bien abiertos. Pues la duda, en este tipo de casos, por supuesto que no ofende. Y el sujeto en cuestión, desde luego, no solo no es la excepción a la regla, sino que además encarna como nadie, ¡como nadie!, al típico bribón y sinvergüenza que, si dice “blanco”, en el fondo lo que quiere decir es “negro”; que, si dice “arriba”, en el fondo lo que quiere decir es “abajo”; que, si dice “honesto”, en el fondo lo que quiere decir es “deshonesto”.
De ahí que no nos convenza en lo más mínimo cuando ahora sale a decir, una vez más, que los miembros de su Gabinete se encuentran siendo evaluados de manera permanente en cuanto a su desempeño se refiere. Porque, si así fuera, salta a la vista que la gran mayoría de los ministros que lo han acompañado desde que inició su gobierno tendrían que haberse ido a su casa al día siguiente de haber iniciado sus funciones. Y esto, en primera instancia, por la probada incompetencia en gestión pública que, desde el momento mismo en que asumieron el cargo, demostraron sobradamente con cada una de sus acciones realizadas.
De modo que los nuevos cambios realizados en el Gabinete, y los que vendrán en los próximos días, según anuncio del presidente, responden a cualquier cosa menos, claro, a la intención de poner al país en manos de gente idónea para los altos cargos de que se viene hablando; obedecen a cualquier oscuro y siniestro objetivo menos, desde luego, a dotar a la administración pública de profesionales con amplia y reconocida trayectoria, capaces de sacar al país adelante, de devolverle la estabilidad macroeconómica que, desde la llegada de Perú Libre al poder, ha venido yéndose a la mierda de a pocos pero irremediablemente, sin que nada ni nadie atinase a hacer algo para evitarlo.
El asunto es, entonces, y esto a la luz de lo sostenido hasta ahora, determinar las verdaderas motivaciones que habría detrás de esta nueva remoción de ministros. Ministros que, dicho sea de paso, en más de una ocasión nos llevan incluso a bacilar respecto de cuáles son sus nombres, dado el grado de irrelevancia característico del ejercicio de sus funciones al frente de sus respectivos ministerios. Así que nadie se sienta sorprendido por la existencia de un amplio número de ministros y altos funcionarios que prácticamente pasan desapercibidos para la amplia mayoría de la gente.
No así, desde luego, nuestro Primer ministro, quien es reconocido por casi todo el Perú, pero no por sus dotes de estadista, claro está, sino por su ya proverbial incapacidad para tender puentes de diálogo entre el Congreso y el Ejecutivo, que tanta falta le hacen al gobierno del señor Castillo. Y ni que se diga de su malcriadez al momento de dirigirse a la prensa, con quien mantiene una más que obvia mala relación, debido a sus constantes enfrentamientos con periodistas.
Por lo que haríamos bien en no hacernos muchas ilusiones con el desempeño que habrán de tener los nuevos ministros. De hecho, con que no conviertan a las carteras que presidirán en agencias de empleo para individuos fieles al partido del lápiz y, por supuesto, con que sean delincuentes, ya tendríamos bastante. Lástima que la fe no nos dé para tanto. Si a lo sumo nos da para esperar que no acaben con el país antes de 28 de julio. Claro que siempre existe la posibilidad de que el presidente se vuelva a superar a sí mismo, y termine manteniendo en el cargo a sujetos de probada incompetencia, a individuos que lo único para lo que sirven es para no servir absolutamente para nada.
Tratándose de Castillo, todo es posible. Que la susodicha evaluación permanente de altos funcionarios de que tanto habla o no existe o, si existe, no sirve para un carajo. Y a estas alturas no debería haber un solo peruano que no lo tuviese claro. Nos lo ha demostrado hasta el hartazgo. Si no lo hemos querido ver, si no lo queremos ver, ya no es culpa suya, claro. La culpa es solo nuestra, que cada vez nos parecemos más al sujeto ese en cuanto a la falta de entendimiento.




