La crisis de la ONU como deterioro de la democracia burguesa internacional

J. Miguel Vargas Rosa
Uno de los factores que expone la crisis política internacional del capitalismo es el deterioro y la inoperatividad de sus organismos internacionales, cuyo origen data desde fines de la Primera Guerra Mundial. No hay, pues, en el mundo actual, una imagen representativa del capitalismo, del liberalismo ni de la democracia burguesa que pueda ganarse someramente a las masas trabajadoras con ideas interesantes; no hay quien pueda sostener, ilusamente, el arcaico sueño de construir una auténtica “democracia” bajo la dictadura de la burguesía; los liberales, desde tiempos de Mariátegui, enarbolan las banderas del conservadurismo y no encuentran —se excusan— una libertad por la cual batallar, sino que se suman a la campaña enfermiza de que el capitalismo es la libertad en todo su esplendor y que cualquier otro sistema nuevo implica esclavitud o cualquier lucha emprendida por las clases trabajadoras es considerada acto terrorista por más que se busque solamente reformas dentro del mismo sistema. Hoy, el reformismo se ha visto sofocado por las medidas cada vez más militaristas del capitalismo; si hubo figuras de la democracia burguesa intentando sobresalir en búsqueda de ciertas reformas, estas han sido absorbidas por las políticas, cada vez más extremistas del capitalismo. Los centristas se han inclinado más hacia el ala conservadora, justificando directa e indirectamente el proceder capitalista. Tras la primera Guerra Mundial, emergió la figura de Wilson, de quien se decía mucho desde todos los ángulos políticos, pero para Mariátegui (1981), «Wilson no ha sido, en ningún caso, el creador de una ideología nueva, sino el frustrado renovador de una ideología vieja» (p. 60). Esto puede decirse también sobre los neoliberales, quienes no son más que los frustrados renovadores de una ideología vieja.

A Wilson se le debe la creación de la Sociedad de las Naciones —raíz y origen de la Organización de las Naciones Unidas— sobre la que Mariátegui describe: «…resultó sagazmente deformado, mutilado y esterilizado. Nació en Versalles una Sociedad de las Naciones endeble, limitada, en la cual no tenían asiento los pueblos vencidos» (p. 61). Ese proyecto se transformó en la ONU y heredó aquel carácter endeble y estéril que jamás pudo garantizar la paz mundial ni los derechos humanos. Además, las contradicciones en el intestino de la burguesía son irresolubles y no pueden garantizar paz ni equilibrio, lo que se puede apreciar en las decisiones de sus organismos internacionales. Mariátegui destaca dichas contradicciones de la siguiente manera:

El conflicto entre nacionalismo e internacionalismo es la raíz de la decadencia del régimen individua­lista. La política de la burguesía es nacionalista; su economía es internacionalista (…) Aunque adquiriese la adhesión de todos los pueblos de la civilización occidental, la Sociedad de las Naciones no llenaría el rol que sus inven­tores y preconizadores le asignan. Dentro de ella se reproducirían los conflictos y las rivalidades inherentes a la estructura nacionalista de los Estados. La Sociedad de las Naciones juntaría a los delegados de los pueblos; pero no juntaría a los pueblos mismos. No eliminaría los contrastes y los antagonismos que los separan y los enemistan (p. 63).

Esta realidad salta a la vista. La política nacionalista de las grandes potencias se expresa con una violencia y chauvinismo más cínicos aún, sin respetar los decretos de la ONU que decide renunciar, aproximadamente en la década del 60, a su vieja máscara de organización que brega por la paz y los derechos internacionales para asumir el rol de un organismo de opresión en favor de USA. Esto llevó a que Rusia y China se separaran disimuladamente de la ONU, adeudando millones en contribución. Sin embargo, en la actualidad, la ONU ha llegado a una crisis tal que ni USA la concibe como una organización útil para sus intereses. Trump ha manifestado acerca de ella: «Naciones Unidas tiene un potencial tremendo, pero ahora solo escriben cartas llenas de palabras vacías». Esto se debe a que la ONU no pudo evitar el asalto de Rusia contra Ucrania, ni ha podido controlar a China en su expansión económica y militar. En consecuencia, en la actualidad, la ONU ha experimentado un descenso financiero del 7% con respecto al año anterior y ha autorizado la eliminación de 2,900 puestos laborales para este año (muestra clave de una crisis política y financiera interna).

La crisis internacional es asociada comúnmente a la sujeción de la ONU al poder de veto por los miembros permanentes (Rusia, China, Reino Unido y Estados Unidos, principalmente este último). Por tal motivo, se argumenta que la ONU no pudo evitar el asalto de Rusia contra Ucrania, ni puede evitar los crímenes de guerra ni delitos de lesa humanidad en Etiopía; así como no pudo ni puede, por lo menos, menguar los crímenes y violaciones de derechos humanos en Yemen, Siria, Afganistán, Irak, República Democrática del Congo, cuya subsistencia actual se efectúa en condiciones infrahumanas. No ha podido evitar los diversos golpes de Estado o las invasiones militares en América Latina, tal como el último suceso en Venezuela; no puede garantizar los derechos humanos internacionales ni las transiciones “democráticas” o electorales en varios países. Sahel, Mozambique y Haití pueden constituirse en ejemplos claros de una supervivencia entre la pobreza y la violencia.

Cifras del 2022 mostraban lo alarmante de la situación mundial: «Unas 120 millones de personas han vuelto a caer en la pobreza extrema y la desigualdad entre países ha aumentado. En el año 2020, unas 800 millones de personas han sufrido hambre y se estima que durante este año, las crisis alimentarias se deteriorarán en más de 20 países» (El país, 2022). Esta realidad ha agigantado su gravedad en tiempos recientes, demostrando con ello que la ONU y todos los organismos que la conforman (incluidos la OMS y OEA) se encuentran en una crisis más fuerte; esto evidencia, a su vez, una crisis en la democracia internacional burguesa en tanto que dicha organización no ha podido garantizar el respeto de los derechos humanos ni la paz mundial. Mariátegui señalaba que la política del capitalismo es nacionalista y su economía internacionalista, no en el sentido de que apoyará económicamente a las demás naciones, sino en referencia al principio de la sobreproducción establecido por Marx. Dicha sobreproducción hace que la “expansión de mercado” se convierta en una necesidad inherente para determinada burguesía, lo que conlleva a la urgencia de estancar el desarrollo de otros países, pues no se puede hablar de expansión capitalista sin hablar de la enorme concentración de producción en manos de unas cuantas empresas. Tal como lo señaló Lenin (1975): «El enorme crecimiento de la industria y la notablemente rápida concentración de la producción en empresas cada vez de mayor tamaño son uno de los rasgos más característicos del capitalismo» (p. 10 ) Por ende, son necesarias las políticas internacionales que conduzcan a la supresión de la libertad y la soberanía de otros países, porque la política del capitalismo es una política nacionalista que busca beneficiar solo al capital de sus países en detrimento de los de otros países. Estos y otros acontecimientos nos impelen a citar a Mariátegui (1981) nuevamente: «Estos hechos pueden indicar, efectivamente, el fracaso de las derechas, el fracaso de la reacción. Y pueden anunciar un nuevo retorno al sistema democrático y a la praxis evolucionista. Pero otros hechos más hondos, extensos y graves revelan, desde hace tiempo, que la crisis mundial es una crisis de la democracia, sus métodos y sus instituciones» (p. 64). Siendo más específicos, se trata de una crisis de la democracia burguesa.