La COVID-19 acelera la destrucción de empleos a manos de robots

Escrito por Erika Hayasaki | traducido por Ana Milutinovic, tomado del MIT Technology Review

En el supermercado Schnucks en St. Louis, Missouri (EE. UU.) las existencias de papel higiénico y productos de repostería casi se han acabado. Un robot con ruedas gira la esquina de otro pasillo repleto de salsas y tacos. Se topa con un cliente que lleva mascarilla y empuja un carrito de la compra con pan dentro. 

El robot se parece a un altavoz de pie colocado encima de una aspiradora doméstica autónoma: es alto y delgado, y unas pantallas redondas que se mueven hacia la izquierda y hacia la derecha le hacen de ojos. Una señal roja en su alargada cabeza lo presenta: «¡Hola, soy Tally! ¡Controlo las existencias en las estanterías!» Entonces se genera un momento de incertidumbre. Al detectar a un ser humano Tally se para, y el cliente se detiene, sin saber qué hacer. ¿Debería rodear al robot? ¿Esperar a que se mueva solo? Después de unos segundos, el cliente decide proseguir por otro pasillo.

Tally continúa comprobando la cantidad de galletas, latas de atún y nuez moscada. Los clientes no se sorprenden por su presencia. 

Puede que les hubiera sorprendido hace un año, cuando Tally irrumpió en el establecimiento. Pero ahora, en medio de la pandemia de coronavirus (COVID-19), él ya no es lo más raro que se ve en la tienda. El robot se ha convertido en parte del ambiente y representa una amenaza mucho menor que los demás compradores, provoca bastante menos preocupación que otras cuestiones más apremiantes como la seguridad personal, la posible escasez de carne y cuándo podría llegar el próximo suministro de las toallitas.

Estas máquinas no solo están en los supermercados. Los especialistas en robótica de la Universidad de Texas, A&M y el Centro para la Búsqueda y Rescate Asistido por Robots (todos en EE. UU.) han analizado recientemente más de 120 informes de todo el mundo sobre los usos de robots durante la pandemia de COVID-19. Encontraron casos de robots rociando desinfectantes, paseando perros y mostrando propiedades en sustitución de los agentes inmobiliarios. Pero donde más han ayudado a salvar vidas ha sido en los hospitales, en tareas de desinfección, admisión de pacientes y entrega de suministros. 

En una sala de un hospital con enfermos de COVID-19 el ambiente es el siguiente: un montón de tubos atraviesan las ventanas que succionan el aire contaminado, los pacientes con coronavirus están tumbados dentro de los «isópodos» (cubículos de metacrilato colocados sobre las camas para evitar el contagio), y el personal de enfermería lleva gafas de protección, gorras, guantes, mascarillas y batas desechables, mientras administran los medicamentos con precaución, cuidando a los enfermos y sosteniendo iPads para los miembros de sus respectivas familias que no pueden estar dentro.

Aquí es donde aparecería Moxi. Hasta ahora, este robot de atención médica, que ya estaba trabajando en dos hospitales en Texas antes de la pandemia de COVID-19, se la ha pasado entregando muestras de laboratorio, vías intravenosas, medicamentos y equipo de protección. Pero aún no se ha puesto a trabajar dentro de las unidades de cuidados críticos, intensivos o en las salas con enfermos de COVID-19. El brote ha obligado a los creadores de Moxi, Diligent Robots a pensar en cómo podría ayudar allí también.

En mayo, la cofundadora de Diligent Robots Vivian Chu me presentó su invento en una videollamada. Blanco como una nube, con el torso en forma de barril, Moxi es algo entre lindo y no muy espantoso. Tiene una cámara en su cabeza móvil, que puede girar, pero no 360 grados, ya que eso parecería extraño para un observador humano. Sus ojos son focos de una cálida luz azul (pueden convertirse en corazones rosados que brillan suavemente en un momento adecuado) y va sobre ruedas, con un brazo robótico que saluda casi alegremente a los que se encuentra.

Moxi no llama mucho la atención, algo deliberado. Mientras Chu, que mide 1,63 metros, me hablaba desde el laboratorio de su compañía, de pie parecía solo unos centímetros más alta que el robot que se encontraba a su lado, aunque me explicó que su altura se podía ajustar y se elevaba más si la tarea lo requería. 

Moxi casi siempre actúa como una especie de camarero mecánico. Dentro de su cuerpo puede llevar una bandeja de «recipientes cerrados» que contienen medicamentos o suministros colocados allí por los sanitarios. Una línea en la cabeza de Moxi se vuelve roja si su interior está bloqueado y verde si está desbloqueado. 

Moxi no mantiene conversaciones, pero emite unos «ruidos» adorables mientras trabaja. Chu afirma: «Es muy parecido a R2-D2. Diferentes para transmitir si el robot está contento de haber entregado algo con éxito o disgustado porque abrió algo incorrectamente». 

Los diseñadores se esforzaron mucho para crear un robot amigable, como un compañero de equipo, explicó Chu. No debía parecerse demasiado a un ser humano, «pero tampoco a una tostadora en una esquina que a nadie le importa».

Chu y la también cofundadora Andrea Thomaz son expertas en robots sociales, y su visión a largo plazo es la de ayudar a los profesionales sanitarios de primera línea. Ya llevaban dos años y medio siguiendo al personal de enfermería mediante cuestionarios y observando su interactuación con los pacientes. Notaron que los enfermeros se veían obligados a ir de un lado a otro para buscar suministros y medicamentos en vez de dedicar ese tiempo a la atención personal de los pacientes. 

Thomaz recuerda a una asistente de enfermería que dejó un momento su taza de café al empezar su turno y no la volvió a tocar más, porque estaba muy ocupada. La empresaria afirma: «Los seguíamos durante sus turnos completos, y nos dimos cuenta de que 12 horas es mucho tiempo de pie«. 

Cuando un profesional sanitario se dio cuenta de que Thomaz y Chu estaban diseñando robots para hospitales, su primera reacción fue de desconfianza. Thomaz recuerda que le preguntó: «A ver, ¿quiere crear un robot para hacer nuestro trabajo?» A lo que Chu responde: «El robot no puede ser un enfermero. Nunca lo será. Pero es perfecto para contribuir y ayudar a calmar a un trabajador que está tan sobrecargado».

Cuando la COVID-19 desbordó los hospitales, Thomaz recuerda: «realmente sentimos un llamamiento a la acción. El personal de enfermería siempre ha sido parte de nuestra misión. Simplemente nos miramos pensando: ‘Necesitan más ayuda que nunca'».