La normalización de las relaciones comerciales con China a principios de siglo marcó un punto de inflexión para la industria manufacturera estadounidense. La expectativa inicial de una competencia gradual se transformó rápidamente en una avalancha de importaciones baratas que desestabilizó el mercado interno. Este fenómeno tuvo un impacto significativo en el empleo y en la economía de numerosas comunidades a lo largo del país.
Según la investigación publicada por The New York Times, el “China shock” provocó la pérdida de millones de empleos y dejó cicatrices profundas en estados como Michigan y Mississippi. La promesa del entonces presidente Trump de revertir estos efectos mediante aranceles buscaba responder a la frustración de sus votantes ante la pérdida de puestos de trabajo.
Las cifras hablan por sí solas. Entre 1999 y 2005, las importaciones procedentes de China casi se triplicaron, dejando a las fábricas estadounidenses, con sus salarios más altos y normativas de seguridad más estrictas, en una clara desventaja. Este impacto se suma a la crisis económica de 2008, que ya había debilitado la industria manufacturera estadounidense, haciendo aún más vulnerable a los trabajadores y las comunidades dependientes de ella. El déficit comercial de Estados Unidos con China alcanzó cifras récord en la década siguiente, evidenciando la magnitud del desequilibrio.
Si bien pocos economistas apoyan la idea de un retorno masivo de empleos manufactureros a Estados Unidos, y aún menos creen que los aranceles sean la herramienta adecuada para lograrlo, el debate se centra en la comprensión del verdadero alcance del “China shock”. Algunos expertos sugieren que la lección principal no radica tanto en el comercio en sí, sino en la necesidad de abordar los efectos devastadores que los cambios económicos rápidos pueden tener en los trabajadores y sus comunidades.
El proteccionismo comercial, argumentan algunos, puede ser una solución simplista a un problema complejo. Imponer aranceles, como lo hizo la administración Trump, puede generar represalias comerciales por parte de China y afectar a otros sectores de la economía estadounidense, como la agricultura. Además, los consumidores estadounidenses también podrían verse perjudicados por el aumento de los precios de los bienes importados.
Scott Lincicome, economista del Cato Institute, advierte sobre el riesgo de repetir errores pasados. “Durante los últimos 20 años hemos estado escuchando sobre el ‘China shock’ y lo brutal que fue y cómo la gente no puede adaptarse”, afirma. “Y finalmente, después de que la mayoría de los lugares han seguido adelante, ahora los estamos impactando de nuevo”. En su opinión, la clave está en invertir en la formación y readaptación de los trabajadores para que puedan acceder a empleos en sectores más competitivos.




