LA COMPOSICIÓN POÉTICA EN LA OBRA DE SAMUEL CÁRDICH

Ronald Mondragón Linares

¿Cómo se realiza el proceso de composición en la poesía de Samuel Cárdich? Es decir, ¿cómo es su relación con el objeto poético y cómo se transforma este en materia poética y, finalmente, en poesía viviente? Este proceso es el que intentaremos desentrañar en la presente nota.

Como sucede en la mayoría de los casos, el proceso de composición lírica difiere según la etapa de desarrollo o evolución del poeta, aunque mantiene un mismo eje central de creación. Esto es lo que sucede con la obra poética de Samuel Cárdich.

El gen creador de los poemas de Cárdich tiene, por así decirlo, su ADN en una imperiosa y, al mismo tiempo, natural necesidad narrativa. Lo cual no equivale, de ningún modo, a invadir arbitrariamente el predio del género de la narración; lo mismo sucede, a la inversa, cuando, al narrar, un autor se vale de una metáfora para cumplir mejor su cometido). Si bien, como decimos, la necesidad que nace desde el fondo del espíritu del autor  es narrativa, no lo son su finalidad ni sus procedimientos ni la organización de su estructura, los cuales son pura y auténticamente poéticos. Lo narrativo se convierte en, no más, un motivo y una herramienta.

El alma poética de Cárdich arranca con una profunda experiencia de vida (el recuerdo de una casa, la nostalgia de un retrato familiar, la relación con la madre), como una suerte de émbolo o motor lírico, y desenvuelve un  discurso poético atado a la necesidad de contar; pero, por sobre todas las cosas, seleccionando, uniendo y cristalizando elementos en una poderosa amalgama de pura poesía. Si en “Hora de silencio” (1986 ) el autor prefiere la referencia a los hechos concretos y cotidianos, así como una adjetivación cristalina y un encabalgamiento o distribución precisa de los versos, en “De claro a oscuro” (1995) los elementos sencillos -objetos, palabras- se convierten en aceradas metáforas de gran factura y que, al ritmo del discurso narrativo, aparecen en forma de indetenibles correntadas, al punto que, sin darnos cuenta, nos encontramos inmersos de pronto en una gran alegoría, como sucede en el poema “La guerra”, donde el simple recuerdo de un juego infantil se transforma en un bello escenario de una confrontación bélica a gran escala.

“Último tramo” (2002), dentro del conjunto de la obra, actúa como una suerte de bisagra, tanto en aspecto de forma como de fondo. Al convincente entramado poético de hilos narrativos de “Hora de silencio” y a las poderosas metáforas convertidas en alegorías de “Claroscuro”, el poemario-bisagra asume de manera preponderante un rol de monólogo del yo poético. Este, con absoluto dominio del soliloquio hecho poesía, pese a su evidente excitación nerviosa ocasionada por una tensión y ansiedad cuasi morbosas, interioriza en sus sentimientos de angustia, diestramente, como un músico inspirado en su neurosis trabaja con vivas y tensas cuerdas.

En “Blanco de hospital” (2002), a mi juicio, el cenit en la evolución de la poesía de Cárdich, es, paradójicamente, el hogar más placentero en el que el autor se solaza con las palabras y con el mundo y lleva a su creación precisamente adonde él quiere: tener el control de su ADN –léase su solaz narrativo- y llevarlo hasta sus últimas consecuencias, vale decir, transformarlo hasta la excelencia en insumo y producto poético de primer nivel. El gran mérito de Samuel Cárdich, al producir esta valiosa pieza poética de nivel nacional, es haber fusionado la narrativa en la poesía, de manera tan impecable y tan sutil, que el lector poco avisado solo cree disfrutar el placer de la anécdota cuando en realidad está en el más profundo e indecible goce de la auténtica poesía.

Habiendo llegado a la cumbre, Cárdich se detiene y, digamos, descansa. Cierra los ojos y pone atención en los sonidos que vienen de la desnuda naturaleza; abre los ojos y mira el paisaje que aún no había visto con detenimiento; abre los brazos y recibe en su piel el influjo de los elementos. Ahora toca, pues, el deleite de los sentidos. Eso es, precisamente, “Puerta de exilio”(2008): las impresiones de la realidad y del paisaje, la percepción poética de la belleza -entendida como el más puro goce estético- en su estado más natural, más virginal y, por ende, más clásico: el mar, las nubes, las flores, el viento, el aire dulce y fresco de la vida misma. Entiéndase que no se trata de un placer superfluo; es un ejercicio creador muy trajinado, como se advierte en la intención comunicativa del primer poema del libro (“Alfarería”), donde se trabaja con el esfuerzo y la nobleza de un alfarero. Por vez primera, queda relegado en Cárdich el motivo narrativo; el autor no quiere narrar, no hay casi nada que narrar. Solo quiere el disfrute del ritmo armonioso, el color preciso, el verso que camine en equilibrio, la imagen dominante y clara, los sentidos en máxima alerta ante el paisaje y, acaso, alguna reflexión sosegada.

“Heredar la tierra” (2018) es un capítulo aparte; por lo tanto merece otra nota. Solo puedo decir, por ahora, que, a través de esta obra, Cárdich sale finalmente del reducto hogareño y familiar, y, sobrevolando Huánuco, se instala con firmeza en un plano más vasto y más universal de la poesía.