LA BREVEDAD DE LA EXISTENCIA

Por: Arlindo Luciano Guillermo

Los ríos se parecen mucho a nuestras vidas. Los ríos nacen, crecen, se enseñorean y, finalmente, terminan en un río grande y colector o el mar, como nosotros cuando dejamos nuestro cuerpo inerte en el cementerio, solo, sin nadie, sin compañía, sin temores, sin sentir nada ni hablar. Todo lo que nace tiene que morir algún día. No somos inmortales como los dioses del Olimpo griego. Somos tan mortales que en cualquier momento se acaba la vida; la muerte nos sorprende, cerramos los ojos y no los volvemos a abrir jamás. La muerte nos acecha, nos guiña, nos persigue. Hay que mostrarle una sonrisa firme a la adversidad; una sonrisa irónica, a la muerte.
Sacas dinero del banco. Un marca te ve, te sigue y te arrebata ahorros o préstamos; si te resistes te dispara y te mata. Un chofer borracho acelera, te embiste y te lleva a la otra sin pena ni gloria. Un pistolero loco dispara, te pega un tiro en la cabeza sin que hayas hecho algo malo. Un marido desquiciado por los celos mata a su cónyuge y deja en orfandad a los hijos. La muerte está en todos los lados. Se mueren los hijos, los padres, los amigos. No podemos hacer nada contra la muerte. El cáncer se está llevando cada día a más ciudadanos peruanos. El denge mata. El cigarrillo mata, pero seguimos fumando. La mala alimentación lentamente genera condiciones para morir más rápido, pero seguimos bebiendo gaseosa, devorando comida chatarra. Somos depredadores de nuestra propia salud y de la vida. La muerte puede llegar mañana es el título de uno de los libros de cuentos de Samuel Cárdich, que resume ese momento incierto en que vamos a morir, pero nos sabemos cuándo.
Los gurúes de la autoestima recomiendan algunas estrategias, métodos y terapias para vivir bien, sin mayor esfuerzo que disfrutar de la felicidad y de los bienes acumulados. Dejar el pasado en su lugar: atrás, sin que interrumpa el presente ni estropee los planes ni proyectos. El pasado que se conserva en el presente es un costal pesado de piedras y espinas que no deja vivir en paz. El presente es el único momento para disfrutar, trabajar, gozar, hacernos feliz, sin quitar nada a nadie ni perjudicar a nadie. “El qué dirán” es una actitud perversa de ocuparse de los demás. Si vamos a hacer caso a todo lo que dicen de nosotros estamos condenados a vivir dependientes de la opinión y versión ajenas. Hagas lo que hagas la gente siempre va a hablar bien o mal. El fin supremo de la vida (una vez más lo decimos) es la búsqueda, logro y disfrute de la felicidad. Cada uno es responsable de su propia felicidad. Nadie está en la obligación de hacer feliz a otra. La felicidad no se compra con tarjeta de crédito ni al cash en el supermercado. La felicidad para otros es fortuna, bienes, lujo, esbeltez, vestido, diversión, etc. No juzgar a nadie ni asumir condición de juez o inquisidor es vivir con tranquilidad de conciencia. Así no perdemos tiempo en mirar, cuestionar, rajar y averiguar la vida ajena. Cada quien sabe cómo mata sus pulgas. En cualquier circunstancia, la sonrisa (ese lenguaje no verbal de gran mensaje fraternal y afectivo) es un mecanismo de sobrevivencia que permite contener la desesperación, el desequilibrio emocional y la ira. Mientras tengamos la única oportunidad de vivir aquí en la Tierra, seamos correctos con las actitudes, competentes con las aptitudes, responsables con las palabras y los hechos, generosos con el prójimo, oportuno con el que necesita ayuda, trabajador honesto, transparente y con vocación de servicio. Cuando el cadáver está dentro del ataúd ya no se puede hacer nada. La muerte es igual para todos. Nos llega a todos, sin excepción. No recibe fortuna ni bienes patrimoniales. Vivir bien, antes de la cerrar los ojos para siempre, es lo que merecemos; nadie quisiera vivir en un infierno, en medio de desprecios, insultos, agravios, maltratos ni discriminación. Debemos enarbolar la bandera del respeto, la dignidad, la felicidad como fin y la autoestima para vivir en convivencia democrática y reciprocidad, sin limitar los derechos individuales ni la natural aspiración al progreso material.
César Vallejo, en el poema Los nueve monstruos, incluido en el poemario Poemas humanos, advierte cómo la sociedad vive con dolor espiritual, necesidades materiales, avasallada por el capitalismo mercantilista, la intolerancia política y la indiferencia de los demás. El poema fue escrito en la primera mitad del siglo XIX. Vallejo murió en 15 de abril de 1938, un año antes de que estallara en Europa la Segunda Guerra Mundial. Estuvo animado por la ideología comunista, la sociedad colectivista y solidaridad con el proletariado. Dice Vallejo: “Pues de resultas / del dolor, hay algunos / que nacen, otros crecen, otros mueren, / y otros que nacen y no mueren, otros / que sin haber nacido, mueren, y otros / que no nacen ni mueren (son los más).” La lógica del poeta es que el “dolor social” es la causa de varias “modalidades de muerte”.
Todos morimos. Lo normal es cumplir a pie juntillas nuestro ciclo vital. Sin embargo, la muerte llega antes de tiempo. Unos mueren asesinados, otros se suicidan, muchos son aniquilados por el cáncer, Sida, neumonía, cirrosis, TBC, etc.; unos pocos sacrifican la vida por nobles ideales sociales. Leoncio Prado fue fusilado a las 8:30 a.m., del 15 de julio de 1883. Han pasado 133 años y seguimos recordándolo con admiración, orgullo y un ejemplo vigente de vida al servicio de la libertad y de la patria. Vivó exactamente 29 años, 29 días y las 8 horas y 30 minutos del 15 de julio. Ahí se apagó físicamente la vida de Leoncio Prado, pero empezó la leyenda y la gratitud en la memoria histórica de los peruanos.
La vida y la muerte son fuerzas que luchan por predominar. La vida se defiende tenazmente, se aferra a las raíces, la medicina retrasa el final; pero finalmente, ante todo, la muerte triunfa. No somos inmortales, nuestro paso por este mundo es efímero, pasajero como el trayecto de una estrella fugaz. Todos tenemos derecho a vivir en casa propia, ganar buen sueldo, tener comodidades. Renunciar a eso es una locura. Vivimos para ser felices. La felicidad es cosecha personal. Si quieres ser infeliz, lo serás; si quieres ser infeliz, también lo serás.
Hay que vivir, hoy, con los ojos en la cara, sin prejuicios ni complejos ni falsedades. Nadie es más que otro. No hay razón para envenenar el corazón con odio, rencor y resentimiento. Los labios deben proferir palabras de hermandad, respeto y aprecio. La opinión debe ser objetiva, racional, sin hígado ni menopausia. La crítica debe convertirse en un juicio de valoración justo. No podemos pasarnos la vida ejerciendo el innoble oficio de criticón o criticastro, buscando culpables de nuestras malas decisiones. No vamos a vivir 100 años, no somos de fierro y cemento. La vejez tiene males y desgates acumulados que aparecen simultáneamente. La vida es una sola.