Por Yeferson Carhuamaca Robles
El camino de la bohemia se parece a un pasillo gris, de un inmenso castillo, conformada con muchas puertas heladas, y en cada una de ellas moran recuerdos imperecederos, sueños olvidados y promesas de amores esquivos. Adentrarse a ese caminito significa tener algo de ímpetu y sin miramientos a los días que vendrán, a la responsabilidad de la resaca y dolor de la cabeza en el corazón, son los riesgos que uno corre por ser único con este camino o estar al lado del camino.
Mi camino empezó en un lugar llamado “Ítaca”, rodeado de valientes y cautos guerreros, recuerdo la noche en ese lugar, lleno de luces psicodélicas, fariseos vestidos de santos, y muchos hombres de un solo ojo. Entre los fieles soldados que me acompañaban se encontraban Ony, el demente; Orghe, el liróforo; Ivo, el barbón osado; Hisha, el capitán tiro fijo; Oros, el descabellado y Hordy el pingajoso. Todos enfocados y saliendo de su tierra natal para seguir el camino de la bohemia.
Desde muy temprano sonreímos en alguna taberna del valle del Pillco, siempre con cerveza en la mano y discutiendo sobre algún suceso de los politiqueros de este valle, “que si le dan permiso o no para hacer bataholas y bacanales en la plaza mayor al alcalde”, o “de poner una casa de visititas (prostíbulo) junto a un santuario antiguo de nuestros ancestros”, hablamos de la música, sobre el rock de los 80 o los grandes baladistas y coincidimos que José José y Nino Bravo son extraordinarios, de los grandes poetas como Vallejo y sus poemas más que humanos, y de pronto pedimos al rapsoda del grupo que nos deleite con los versos del poema 20 de Neruda.
La tarde se va envejeciendo y las voces de las almas se sienten cómodas en la taberna “El Bunker” lugar donde hemos aprendido más que en las aulas de la universidad, lugar donde nuestro maestro Uan nos enseñó sobre filosofía, historia, literatura, música y muchos temas más que si se contara sería un ciento de páginas. Entonces llega la pesada noche y en con ella la luna y el recuerdo de una de las misiones de los bohemios, así como en esta noche recordamos que hace un tiempo luchamos por rescatar unos viejos árboles, que sin ningún fundamento los iban a derribar y convertirlos en leña, recordaron que la primera vez que los vieron estaban verdes y con una vida que brindaba sombra y cobijo en las tardes donde se sentaban a estudiar bajo sus frondosas ramas. Recuerdan que lucharon contra un tirano que había decidido de manera improvisada construir un edificio en el lugar donde estos hermanos árboles habían hecho su vida.
Pero, el ímpetu sobrehumano por pelear por la vida era más fuerte que esperar que la tibia muerte y el destino se haga cargo de este problema, como osados guerreros se enfrentaron encarnizadamente durante una semana en salvaguardar la vida de estos árboles, los bohemios éramos siete, pero poco a poco se unieron más personas a nuestra causa, sin embargo, el tirano mandó a sus perros e impuso sus poderes que fueron encomendados de lo alto, luchamos, pero perdimos.
La vida de la bohemia siguió, aprendimos a tocar instrumentos, a caminar por las calles rompiendo carteles de políticos mentirosos, escribimos nuestros panfletos en donde descargábamos nuestras ideas y pensamientos a través de la poesía, establecimos un programa de radio en donde podíamos decir lo que no nos gustaba, marcando la ironía y el sarcasmo para ofender a los de arriba, caminamos por la sierra y la selva llevando el teatro de la calle, y de vez en cuando actuábamos sobre un escenario para los letrados e interesados, y aún seguimos recordando el tiempo en donde, sin pesarlo, seguimos el camino de la bohemia.
Cantamos en la última noche de esos árboles, llevamos algunas guitarras, los árboles estaban de pie sin ningún temblor ni queja ni alaridos de tristeza sobre su destino, las estrellas y la luna nos acompañaban y las notas musicales encajaban con el viento y el canto quebradizo de los bohemios.




