La amenaza para India y Pakistán persiste

La escalada militar entre India y Pakistán ha vuelto a detenerse, al menos por ahora, evitando un conflicto de consecuencias impredecibles. Sin embargo, la naturaleza de este reciente enfrentamiento, que duró cuatro días, presenta características novedosas y preocupantes que sugieren que la tregua actual podría no ser un retorno a la estabilidad previa. El despliegue de nueva tecnología militar, la intensidad de los combates aéreos y la profunda desconfianza entre ambos países son factores que alimentan la inestabilidad regional.

Según la investigación publicada por The New York Times, esta crisis se diferencia de las anteriores por la rápida escalada militar impulsada por la tecnología y un contexto internacional volátil.

El uso masivo de drones armados, por ejemplo, marca un punto de inflexión. Por primera vez, cientos de estos aparatos sobrevolaron las fronteras y penetraron profundamente en el territorio de ambos países, atacando objetivos sin poner en riesgo a pilotos. Este despliegue de tecnología avanzada se combinó con el uso de misiles, elevando la tensión a niveles críticos. Un dato contextual importante es que la India depende en gran medida de las importaciones de defensa, siendo Rusia su principal proveedor, aunque busca diversificar sus fuentes debido a las sanciones y la situación geopolítica actual.

La diplomacia internacional, que históricamente ha jugado un papel clave para evitar la confrontación entre India y Pakistán, pareció intervenir tardíamente, justo antes de que la situación se volviera incontrolable. En un mundo marcado por conflictos complejos y una creciente falta de liderazgo global, la capacidad de la comunidad internacional para mantener la paz se ve cada vez más limitada. El experto Srinath Raghavan señala que la dependencia de ambos países de las armas extranjeras permite cierta influencia externa, pero la determinación de la India de no ceder ante Pakistán complica la situación.

Las dinámicas políticas internas de ambos países, caracterizadas por un nacionalismo religioso arraigado, también contribuyen a la inestabilidad. En Pakistán, el poder militar sigue siendo dominante, mientras que en la India, el nacionalismo hindú está transformando el carácter secular del país, endureciendo su postura hacia Pakistán. Esta situación dificulta cualquier intento de reconciliación o mejora de las relaciones diplomáticas, que ya eran tensas antes de la escalada militar. Otro dato relevante es que la región de Cachemira, disputada por ambos países, es un foco de tensión constante y el detonante de numerosos conflictos.

El detonante de esta última crisis fue un ataque terrorista en Cachemira que causó la muerte de 26 civiles. India acusó a Pakistán de apoyar a los atacantes, acusación que Pakistán negó. Este incidente puso fin a un período de relativa calma de seis años. La respuesta de India, que incluyó ataques aéreos en territorio paquistaní, buscaba proyectar una imagen de fuerza y disuasión. Sin embargo, algunos analistas señalan que la forma en que se desarrolló el conflicto no muestra mejoras significativas en la capacidad operativa o estratégica de India.

A pesar de las declaraciones iniciales de ambos países sobre haber alcanzado sus objetivos y estar dispuestos a la moderación, la violencia persistió, con intensos intercambios de artillería y ataques aéreos cada vez más audaces. La creciente presión diplomática internacional, liderada por Estados Unidos y con el apoyo de Arabia Saudita y otros países del Golfo Pérsico, fue crucial para lograr un alto el fuego. No obstante, la India ha advertido que responderá con la misma fuerza ante cualquier nuevo ataque terrorista. El ex jefe del ejército indio, el general Ved Prakash Malik, se cuestiona si esta escalada ha reportado alguna ventaja estratégica para la India, dejando la puerta abierta a futuros análisis sobre las consecuencias de este conflicto.