Por Jacobo Ramirez
«Profe, dentro de poco se celebrará el día de la juventud: y usted ¿qué hará?, me dice un joven estudiante, casi gritando, como para que lo oyese mejor. Veo en sus ojos, y en los de todos los que me miran en ese momento, una sola respuesta. Una señorita sonríe, la miro, y baja la cabeza pensando seguramente que hizo algo malo. Entonces me siento, guardo silencio, y busco una respuesta. Mi memoria recuerda vagamente a Rubén Darío. Tratando de acercarme lo más posible al poema, respondo: «Juventud, divino tesoro, / ¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar, no lloro / y a veces lloro sin querer».
Todos guardan silencio. Aprovecho el mutismo del aula y voy a la pizarra y escribo “TESORO” en mayúsculas. Les aclaro que la mía fue una de las más intensas. Llena de experiencias que marcaron mi existir, de momentos en que cogí flores de jardines y en que corrí tras las mariposas para atraparlas a vuelo y disfrutar de su belleza. Fue el tiempo cuando me sumergí en lo más hondo de un abismo, tratando de encontrar respuestas que solo confundían mi existir. Entonces les aclaro que, por más edad que tenga, todavía tengo el espíritu juvenil, porque trepo árboles como un gato, salto paredes para robar frutas como lo hacía 30 años atrás, fumo cigarros y bebo, no como cosaco, pero bebo. Y les confieso también, por si lo anterior no fuera suficiente, que todavía mi cuerpo soporta comidas con grasas y frituras, al punto de que, si no tienen eso, no las como.
Un joven levanta la mano y me dice: «Pero el poema también dice que te vas para no volver». Le respondo que sí, y que es por eso que todavía vivo intensamente, y lloro cuando tengo que hacerlo. Pero también canto y bailo, porque un día, cuando esté en el umbral de la casa, listo para salir de ella, recordaré esos momentos, quizá con sonrisas o con llantos, pero lo recordaré. Y lo que no haré, desde luego, será arrepentirme de no haberlo hecho. Porque estoy seguro de que llegará el momento en que me tenga que sentar a ver el camino que he recorrido, y seguramente veré en esa senda guijarros o rocas que me quisieron detener, pero «¿ves?», diré, «acá me tienes gastado pero vivido».
Me dirijo a ellos y les manifiesto que todo pasa, todo fluye, nada se detiene, menos la vida. En ese momento se me vienen a la memoria unos versos del poeta español Francisco Villaespesa. Les recito en voz alta: «Sacar en hombros por mi puerta / miré ayer un ataúd, / donde entre flores iba muerta / mi juventud. / Perdida toda fuerza física, / la vi en mis brazos expirar. / Como una pobre novia tísica / ¡de tanto amar! / sobre su cuerpo, las postreras / rosas de otoño desojé. / Y entre recuerdo y quimeras / la amortajé. / Para no ver su rostro amado / tendí un pañuelo por su faz. / Y exclamé en lágrimas bañado: / ¡Descansa en paz!»…
Todos guardaron silencio, se pusieron a cuchuchear y pensé que ya estaba explicado el tema un poco complicado. Se puso de pie el mismo joven que hizo la pregunta, agradeció la respuesta, y se dio la clase por concluida.
Ya camino a mi casa, tropecé con una pequeña piedra que me hizo dar unos pasos alargados, tambaleé, pero felizmente no caí, porque si no me hubiera roto los pocos dientes que tengo, o tal vez hubiera golpeado mi naricita hermosa. Y ahí sí que hubiera malogrado mi carabina de actor de cine. Lo que sentí fue un dolor intenso en la uña, me senté en una piedra, saqué mi zapato y el calcetín, y me di cuenta de que todo estaba en su lugar. Respirando hondo, dije para mí mismo: «todavía tengo para ratos».
P.D. Un abrazo enorme a todos los jóvenes en su día.
Las Pampas, 22 de setiembre de 2023




