Juventud, divino tesoro

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Han pasado dos semanas desde el inicio del estallido social desatado como consecuencia de la vacancia del hoy ya expresidente Martín Vizcarra. Iniciativa ciudadana que, lejos de terminar debido a la renuncia del golpista que se creyó su propio cuento de ser el nuevo Valentín Paniagua, aun cuando en ningún momento pasó de ser un simple y vulgar y temerario usurpador, se encuentra más bien en pleno proceso de consolidación, de reestimación, si se quiere, del grado de persuasión, del grado de contundencia, que podrían llegar a tener, si se lo proponen, sus durante mucho tiempo subestimadas fuerzas.

Porque si hay algo que ha quedado demostrado, y que no soporta, en consecuencia, el más mínimo cuestionamiento, es el hecho de que los grandes protagonistas de esta suerte de gesta en defensa de la democracia, han sido nadie más y nadie menos que los jóvenes. Y lo han sido, por supuesto, no solo porque tuvieron una capacidad de convocatoria y un nivel de organización nunca antes vistos en el país, en lo que concierne, sobre todo, a manifestaciones del carácter de la desarrollada; sino también porque llegaron a pagar con sus propias vidas el luchar por sus ideales, el pelear porque quienes representan a la peor cara de la política peruana no siguieran haciendo con el país lo único que han sabido hacer desde que se tiene memoria: lo que les ha dado su maldita gana.   

Atizadas por una sucesión de hechos cuyo punto de quiebre fue, como se dijo, la arbitraria defenestración del señor Vizcarra; la indiscutible desazón, la innegable frustración, la comprensible impotencia, experimentadas por un amplísimo sector de la población tendrían su vía de canalización en un acto que por espontáneo, que por inusitado, que por previsible, marcó, vistas las cosas a la luz del tiempo transcurrido, el principio del levantamiento popular que sobrevendría no muchas horas después. Nos referimos, desde luego, al certero derechazo asestado por un joven, hasta ese momento anónimo, en contra de un honorable señor congresista, mientras brindaba sus esperadas declaraciones a la prensa, en su condición de vocero alterno de una de las bancadas cuyos votos fueron determinantes para el logro de la vacancia, para la consumación de la fechoría. 

Lo que vendría después es ya parte de la historia; de esa historia que sin importar cuántas veces se repita, y vaya que se ha repetido, y en qué medida, no termina de hacernos comprender la lección, por mucho que se esfuerce en que ello suceda. Esa que da cuenta de que se podrá engañar al pueblo una vez, de que se podrá engañar al pueblo dos veces, pero que de ninguna manera se podrá engañar al pueblo para siempre. Y menos si el pueblo de que se habla, como ocurrió en esta oportunidad, se traduce, como se tradujo, en miles y miles de jóvenes saliendo a las calles en marchas pacíficas, en todas y cada una de las principales ciudades del país. Jóvenes entonando cánticos. Jóvenes enarbolando banderas y carteles. Jóvenes gritando a voz en cuello que, si algo querían dejar bien en claro, era que en modo alguno permitirían que continuase aquel deleznable estado de cosas; que de ninguna manera avalarían la permanencia en el poder de esos rufianes a los que en mala hora se dio en llamar padres de la patria, pues de no hacer algo para evitarlo, terminarían por levantarse en peso al país.

Pasado este primer vendaval gracias, entre otras cosas, a la asunción al poder del presidente Sagasti; y regresadas, en consecuencia y por lo menos de momento, las torrenciales aguas de la indignación popular a su ya debilitado cauce, cabe pensar en lo que sucederá ahora, en lo que buscarán que suceda ahora, con esa suerte de genio liberado en que ha acabado por convertirse la juventud peruana. Esto, sobre todo, de cara a las próximas elecciones de abril de 2021. Coyuntura política en la que hasta para los analistas más visionarios no ha de ser nada fácil el tener que aventurar opinión sobre lo que habrá de ocurrir, llegado el momento, con los partidos políticos tradicionales, una vez que esos millones de jóvenes que acudirán a las urnas para elegir a sus autoridades, tengan en sus manos, literal y figurativamente hablando, la posibilidad de cobrarse todo el daño que aquellos le han hecho al país.

Con todo y ser el panorama de lo que se avecina todavía incierto, nos reconforta saber que detrás de la movilización multitudinaria de la juventud peruana suscitada en los últimos días, no hay “líderes”, “cabecillas” ni “caudillos”. Y no los hay porque, como muy bien dicen los propios jóvenes, a ellos no los maneja nadie. Lo que es ya de por sí una gran noticia, más aún si tenemos en consideración que, si estamos como estamos, es, en gran medida, por culpa de esos “mesías” de toda la vida; de aquellos “predestinados” que durante mucho tiempo se autoproclamaron “los elegidos”; los únicos capaces de sacar adelante al país; los “herederos” del trono. El Perú, felizmente, ya no está para sus payasadas. La juventud de hoy lo tiene bien claro. Como tiene claro, asimismo, que la responsabilidad que le cupo no es poca cosa: demostrarles a los viejos que con un tuit se puede también comenzar a reescribir hasta la más farragosa historia.