“JUELIZ” NAVIDAD

 Inevitablemente llega, como la lluvia, como el viento, como la noche, como el día. Así llega.

Desde que tengo uso de razón, cada cierto tiempo, para ahondar nuestra tristeza o felicidad, llegaba la navidad alterando nuestras vidas rutinarias. Inevitablemente.

Cuando era infante, hace ya una punta de años, esperaba los días en que alguna institución o algo parecido, anunciara que en tal lugar y a tal hora regalarían juguetes a todos los niños. Entonces con mis hermanas, con la menor sobre todo, íbamos algunas veces al estadio; otras, a la Prefectura y también al antiguo local del partido aprista y allí nos encontrábamos con una muchedumbre de niños pobres, acompañados también de sus hermanas o sus madres que cargaban bebés sobre sus espaldas, quienes también ansiaban un juguete, nada más que un juguete para ser felices en esas navidades de mis recuerdos.

Hacíamos cola toda la mañana, apretados y a empujones para avanzar adelante lo más que se podía. Bajo un sol inclemente o una lluvia persistente (no importaba el tiempo) avanzábamos lentos, a empellones pero decididos a no ceder ni un milímetro nuestro puesto hasta llegar a donde unos jóvenes cansados y sudorosos repartían los juguetes al azar, lo que nos tocaba.

Mis hermanas por lo general, como debía ser, pedían a gritos una muñeca y les daban, también por lo general, una muñequita: suficiente para conocer la felicidad. Yo, como buen hombrecito, mientras me iba acercando hacia adelante, iba viendo qué juguete me convenía. En la hora suprema, al borde de la fatiga gritaba “Un carrito. Sí, ese sapito, ese sapito…”. Y ese joven cansado, sudoroso y buena gente me alcanzaba el sapito de mis sueños, pequeñito que apenas cabía en mis dos manos, color plateado, con llantitas negras. Igualito a los sapitos que hasta el día hoy todavía transitan por nuestras caóticas calles huanuqueñas.

Por fin tenía un carrito en mis manos, un juguete de navidad, un motivo para conocer a la esquiva felicidad. Yo sería el único que tendría un sapito en mi barrio; porque lo más seguro es que Nico, Elicho, Tico, o Nicho habrán elegido camioncitos, camionetitas u otras chucherías, pero no un sapito. Eso solo yo.

Ahora le sacaría el máximo provecho a mi sapito. Construiría (como lo hice en una lomada de mi huerta) una gran carretera con muchas curvas, con muchas vueltas y hasta con derrumbe propio, cuesta arriba, con dos túneles en la parte más alta y hasta con un precario puentecito para salvar un imaginario río caudaloso. Y allí jugaríamos con todos los que tuvieran un carrito. Yo les prestaría mi carretera sin cobrarles peaje todas las tardes, de esas vacaciones que ya llegaban, hasta que con el uso, la falta de mantenimiento, las lluvias y los huaicos, la carretera iría desapareciendo paulatinamente hasta quedar convertido en unas zigzagueantes líneas, que serían mejoradas el próximo año, en una nueva navidad, con un nuevo regalo que alguien traería para nosotros.

Eso era casi todo, pero era suficiente para sortear la Navidad de la mejor manera posible. En la escuela hacían algunas rifas de canastas que nunca pude ganarme. Y daba cierta envidia por aquel niño suertudo, orondo y orgulloso que se llevaba una colorida canasta forrada con papel celofán llena de víveres. Ansiaba, algún día, ganarme esa rifa y llevarla a mi madre, de sorpresa, una canasta bonita y llena de cosas para comer. Mientras fui niño, nunca pude cumplir ese sueño. Y en esas pocas canastas vi por primera vez una caja de panetón. Era cosa desconocida en mi casa, algo ajeno y distante a las reales posibilidades. Y viendo que ese niño suertudo se llevaba todo me prometí que cuando sea grande jamás de los jamases faltaría un panetón de navidad en mi casa.

Feliz Navidad a todos los seres que, siquiera por esta navidad, revivan y renueven su corazón de niños. Nos hace mucha falta.