Israel Tolentino
Entre los catálogos de Tola, poseo uno con el ex libris de un cuervo y una contundente frase, me doy cuenta ahora, que la internalicé, que por más real que la pesadilla sea, resistir, mantener los ojos abiertos la disipa sí o sí.
En los 90s. en la galería Camino Brent, aún tenían por buena costumbre, exponer obras de los artistas que se consideraban maestros; muchos que los que fuimos estudiantes, cargando las mochilas y los sueños con pesadillas, logramos entrar a las inauguraciones, llenarnos de bocaditos y mezclar vino con whisky. Cierta vez, el turno le tocó a José Tola (1943-2019), sus retratos al óleo sobre el lienzo conmoviendo la experiencia, horadando la mirada posterior.

Un old master, aunque parezca, está constantemente en evaluación. Los artistas menores, tenemos la osadía de juzgar a los maestros, de cerciorarnos si a aquel que admiramos en la primera juventud, resiste la crítica de la fatal “madurez”. Con Tola sucede ello, es un artista a quien muchos de la generación perdida hemos admirado con ímpetu.
En la exposición Tola: hasta agotar lo posible se pueden encontrar con nostalgia un tiempo perdido en los procesos de la plástica hecha en Lima. El conjunto de obras, del artista enclavado en su taller, donde la mano del pintor “cocina” sus colores, lucha con sus inasibles monstruos, experimenta, una vez con las formas, otras con la paleta, sus pastosas mezclas guiadas por su nervioso pulso, el pincel deslizándose con la fuerza del trazo develado geografías sobre la tela. En el ajetreo en darle vueltas a lo matérico rompió con los lados del cuadro, un momento donde su locura había tocado techo. Fines de los 80s, los egresados de las escuelas de Arte pensaban muchísimo en acometer contra los cánones. Para los llegados de provincia, en poco tiempo las novedades capitalinas sucumbían en monotonía y baldía creatividad. En un contexto así, la personalidad de Tola abría un surco hecho con un bombazo.

Max Hernández Calvo y Adriana Tomatis ofrecen en Tola: hasta agotar lo posible, a un viejo maestro, obra que marca una distancia con los itinerarios del arte actual, entre tanta vida dejada en cada obra se visibiliza la mística del artista comprometido con su oficio, ese conjunto de técnicas venidas a menos en estos tiempos donde la confusión y facilismo embrollan al visitante incauto. Pintar bien al óleo se asemeja a la labor de un maestro pastelero, la apariencia y sustancia sacuden a una relación precisa entre las partes, usar el ojo o las medidas indican su práctica. Tola es un maestro por todos los lados donde se observe su obra.

Generalmente, se considera a una obra grande en tamaño, como superior a una pequeña; puede decirse compleja, con mayor carga visual, atrapante; tal vez, se deba a los rezagos de la mirada expresionista abstracta. En la significativa y didáctica exposición Tola: hasta agotar lo posible, se presenta un conjunto de xilografías realizadas en 1969, una, titulada “Matrimonio”, mide 22 x 15 cm. Cuenta la leyenda que las xilografías se realizaron con la participación de Tilsa Tsuchiya (1928 – 1984). Al extremo de la sala cuelga el óleo “al lado de la belleza la felicidad es sólo una estrella fugaz” un hermoso políptico de 2.31 x 3.70 m. La xilografía “Matrimonio” ocupa 0.033 metros cuadrados frente al área de la pintura de 8.54 metros cuadrados, es decir, esta es 259 veces más de ´grande que la imagen xilográfica, sin embargo, ninguna es “mejor”, ambas obras son reveladoras, ocultan y dejan ver, conservan peculiaridades propias del soplo de José Tola.

Enrique Planas recuerda en el diario El Comercio: “En la Biblia está escrito: semanas después del diluvio, Noé envió un cuervo para que regresara con una prueba de vida sobre la tierra. Sin embargo, el ave negra no regresó y el hombre temeroso de Dios recurrió a la ingenua paloma. El pintor José Tola (1943-2019) siempre se identificó con el cuervo. Tanto que su estilizada figura le servía de ex libris, símbolo con el que marcaba tanto sus libros como grabados y dibujos. Para el curador Max Hernández Calvo, la idea del cuervo lo remite a la literatura de Poe”.
En la sala contigua, Venancio Shinki, “Un gesto que insiste”, es la instalación curada por su hija Casandra, ella alcanza sumergirte en una fracción íntima de los procesos de su padre (Lima, febrero 2026).




