Por algunas paredes gastadas de la ciudad, en colectivos, en casas de familia, siempre aparece su símbolo: la cruz. A veces brilla colgada del cuello de alguien que grita más de lo que reza. Otras, la vemos tatuada en un brazo musculoso, justo al lado de un revólver escondido. Jesús está en todas partes. Su nombre se pronuncia en cenas familiares, en campañas políticas, e incluso muchos sicarios, antes de cumplir su “trabajo”, se persignan invocándolo, no vaya a ser cosa que falle el tiro. Algunos juran seguir sus pasos, aunque más bien caminan en dirección opuesta, con el rosario en la mano.
Sería bueno que, si de verdad lo siguen, no lo miraran tanto hacia arriba, sino hacia el costado. Ahí donde camina menos glorioso, más polvoriento, más humano. Porque Jesús, el de verdad —si existió—, andaba con sandalias rotas y olía a sudor de carpintero.
Yo lo seguí muchos años. Le recé, le canté, lo defendí con pasión juvenil frente a los evangélicos y a los “no creyentes”. Cada vez que lo veía colgado en una cruz, por amor a todos nosotros, me arrodillaba convencido. Prediqué sus parábolas, sus milagros, su supuesta victoria sobre la muerte. Incluso, en mi inocencia, quise parecerme a él.
Millones lo admiran todavía. Dicen que nació en Belén, aunque nadie sabe con certeza cuándo. Hijo de José, un carpintero que seguramente le enseñó a lijar maderas y a hacer cruces, y de María, quien probablemente le hablaba de ese Dios del Antiguo Testamento: el que castiga, el que extermina ciudades, el que manda diluvios cuando se enoja.
Pero Jishuquito —porque a esta altura de la vida ya uno le agarra cariño— se rebeló. Empezó a mirar distinto, a predicar a un Dios nuevo, uno que no se parecía en nada al viejito gruñón del desierto. Cambió al Dios de los castigos por un Dios que se sienta a comer con prostitutas y traidores. Que perdona setenta veces siete. Que rompe reglas en nombre del amor. Un Dios tan poco divino que hasta parecía humano. Y eso, claro, no cayó bien a quienes lo rodeaban. Porque la gente, aunque diga que quiere amor, prefiere orden. Prefiere que alguien diga lo que está bien y lo que está mal. Que reparta premios y castigos. Que bendiga a los buenos y fulmine a los pecadores. Así que lo silenciaron. Lo colgaron. Y después lo inmortalizaron.
Hoy está en estampitas, en llaveros, en procesiones financiadas, muchas veces, por corruptos, pedófilos y pederastas piadosos. Se lo invoca para bendecir armas, para justificar guerras, para condenar al que no piensa igual. Y lo más irónico de todo es que quienes más lo nombran son casi siempre los que menos se le parecen. Usan la Biblia como arma, la cruz como escudo antibalas y la limosna como lavado exprés para ingresar al cielo.
Primero lo crucificaron. Luego lo convirtieron en Dios. Y ahora, en el mejor de los casos, es un buen negocio.
Durante la Semana Santa, el teatro alcanza su punto máximo. Rezos, procesiones, autoflagelaciones, escenificaciones dignas de una telenovela con final previsible. Gente que no perdona ni a su suegra llora por el tío Jishuco como si lo hubiera conocido. Ayunan, comulgan, se golpean el pecho, repiten oraciones que hace tiempo perdieron sentido. Durante una semana se ayudan entre todos, y el resto del año se ayudan de los demás.
Mientras tanto, Jesús sigue tirado en alguna vereda, estirando la mano, ignorado. No tiene corona de espinas, pero sí la cara sucia. No sangra, pero tiene hambre. Y quienes tanto lo celebran, no lo ven. Porque no se parece al de los vitrales, no es gringuito de ojos celestes, o porque está dibujado con piel morena.
A veces me pregunto: ¿dónde está Jesús? ¿Dónde quedó aquel que abrazó al leproso, que defendió a la adúltera, que dijo que los últimos serían los primeros?
Y ahora, escribiendo estas líneas, creo entenderlo: tal vez se fue hace rato. O quizás nunca estuvo donde lo buscábamos. Quizás sigue ahí, en silencio, viendo cómo lo usamos como excusa para no cambiar.
Ahora, por mi parte, ya no me arrodillo. No porque lo odie, sino porque lo entiendo. Porque si viviera como él pidió, no tendría tiempo para escribir esto. Estaría afuera, con los que duelen. Donde probablemente sigue estando él, si es que alguna vez estuvo en algún lado.




