Israel Tolentino
Deseo iniciar agradeciendo, con mucho cariño a Miguel Cordero y Mariella Kampoy acá en la tierra y a Jaime Antillaque en el universo sinfín. Gracias a los buenos amigos artistas que siento me aguardan en la Blanca Ciudad: Honoria, Raúl, Nereida y “Pocho” Solorio, José Luis, Miguel, Ernesto, Erick, David, Josías y Moisés. Finalmente, a la UNAS, por promover y descentralizar el arte y la cultura. No tuve la suerte de conocer a Jaime, seguramente, de haberse dado, tendría una pena distinta a la que siento y sienten sus amigos y, personalmente, no hubiera podido tener esta distancia, admiración y objetividad con que veo su obra. Contextualizando una frase del crítico mexicano C. Medina sobre el artista cubano Juan Francisco Elso: estamos resucitando la obra de Jaime en este momento histórico.

Estar cerca a una persona no garantiza conocerla completamente, es acertado recordar que cada uno es una construcción (reflexiones derridianas) en base a: “mi cultura, mi familia, pasado, el momento histórico cuando nací, el lugar geográfico, etc. Lo que uno muestra es todo eso y, lo que ustedes perciben, es eso, más lo que cada uno trae: su cultura, su familia, su pasado, su lugar geográfico, etc.”
En una entrevista no se dice todo lo que se quiere, parecidamente, un solo lienzo no contiene todo lo que somos, no dice todo lo que queremos, si bien lo que vemos es lo que es, es el soporte, aquello que no vemos es el contenido, el mensaje del artista.

Lo que vemos en un cuadro de Antillaque, el soporte/contenedor, es un conjunto de momentos, donde queda la intención, lo que no se logró plasmar; esto pues, va mucho más allá del lienzo y del papel como simples medios, como solo soportes, de colores, formas, gramática, técnicas y tantos aciertos o desaciertos formales; hay algo más importante y, es la parte donde ese objeto cuadrangular se vuelve un contenedor de ideas, ánimos, símbolos, sueños, penas y triunfos pequeños y grandes. Un cuadro entonces se convierte en la presencia viva de la voz de su autor.
Es por eso, que dar por descontada alguna de sus imágenes y considerar con certeza, que lo que vemos es lo que es y lo que hay, sería un craso error, la obra de Jaime tiene una personalidad inconfundible, sus formas y grafía suministran insumos para un estudio interminable.

Jaime realiza toda su actividad en su ciudad vieja y blanca, donde en cada paso uno choca con los pisos hechos de cuadrículas como sus obras. Pienso en un autorretrato o en las pinturas que grafican el cerebro, si fuera simplemente el autor con sus cualidades físicas, tal vez se diría: ¡ahí está Jaime! Mimético, pero en él hay una intención de mostrar su geografía personal resquebrajada, con sus ojos en ubicaciones disímiles, viene la pregunta ¿Es sólo verse distinto, un juego formal? Sin embargo, su creativa personalidad responde: ha hecho de esa cotidiana representación un enigma, infinita como receptores podamos ser, cada acción pictórica sobrelleva una intención, a veces reflexiva, otras juguetona o sin darse cuenta, nuevamente el pensamiento derridiano: “la pintura es la comunicación en la ausencia”, es decir queda la obra y su ausencia, el artista que falta.
Llega el momento en que te cansa la lluvia, el frío, el sol que en otros momentos aprecias; días en que no encuentras nada, miras la piedra y ves que no puedes exprimirla, sin embargo, no son los objetos los que se agotan, son los sentidos, tu cuerpo que se cansa u olvida de tus brazos estirándose al sol, tus manos juntas soplando sobre ellas el calor de tu aliento, tus pasos chapoteando en la lluvia. Los sentidos se cansan, sigues caminando por la misma vereda, tomando apurado el café en la misma taza, olvidándote decir gracias, dejando que la monotonía se apodere de tu mente, de tu corazón y de tu taller.

En cada cuadro de Jaime, hay un enfrentamiento contra ese estatismo con que muchas veces creemos se vuelven los días, con esa penumbra y niebla segadora, una lucha a muerte con la monotonía. Los colores en sus flores nunca vistas en un herbolario, su trazado rítmico, sus cuadrículas como las de su ciudad; los rostros deshaciéndose, la maraña caligráfica y sinuosa, su rostro, siempre el mismo y, sin embargo, distinto, su “interior” compartido en cada obra.
Un artista se permite estar vivo gracias a sus amigos (Arequipa, mayo 2025).




