INTOLERANCIA Y LITERATURA

Por Arlindo Luciano Guillermo

Un lector ingenuo cree que el personaje y el narrador de un relato es el mismo autor. La literatura no es la realidad ni la realidad es totalmente la ficción. La fabulación literaria procede de la realidad histórica y de las vivencias del escritor. ¿Alguien duda que en Trilce están presentes pasajes de la vida personal y familiar de César Vallejo?  Los versos del capitán de Pablo Neruda fueron inspirados en Matilde Urrutia, su tercera esposa y compañera hasta su muerte. Los poemarios Hora de silencio. De claro a oscuro y Blanco de Hospital de Samuel Cárdich tienen notable trasfondo autobiográfico. La ciudad y Los perros, La tía Julia y el escribidor o Conversación en La Catedral combinan realidad, biografía y ficción. Cuando Vargas Llosa publicó La tía Julia y el escribidor, la tía Julia Urquidi Illanes creyó que el novelista había falseado y omitido detalles de la realidad; entonces, muy enojada, escribió el libro Lo que Varguitas no dijo.  

Esta confusión es peligrosa porque puede generar violencia e intolerancia. Confundir realidad y literatura es una insolencia monumental. La literatura no es un instrumento ideológico ni político ni una trinchera revolucionaria. La literatura es ficción y estética. Cuando la ignorancia confunde ficción con realidad aparece la intolerancia, el dogmatismo, la persecución, hostigamiento, incluso el encarcelamiento y la muerte. 

Alguna vez se dijo que En octubre no hay milagros de Oswaldo Reinoso era una novela que merecía la basura. 

Un escritor indio-británico fue condenado a muerte por publicar la novela Los versos satánicos (1988); su cabeza tiene precio. Un gobernante islámico, el ayatola Jomeini de Irán, así lo decidió. Desde 1988, Salman Rushdie no vive en paz, en cualquier momento algún musulmán o “cazarrecompensas” podría asesinarlo y cobrar la recompensa. ¿Por qué una novela de ficción literaria provocó la ira del líder y pueblo iraníes? ¿Ocurrió lo mismo con El Evangelio según Jesucristo (1991) de José Saramago, La última tentación de Cristo (1953) de Nikos Kazantzakis o El código Da Vinci (2003) de Dan Brown? ¿Qué poder de conmoción social, política e ideológica tiene la literatura? ¿Son tan “subversivos” los escritores y la ficción tan poderosa? ¿Hay injuria y difamación en la ficción literaria? 

El escritor Salman Rushdie provocó una crisis diplomática y política. La intolerancia embiste a la libertad.      

El deplorable incidente, donde Salman Rushdie fue apuñalado, conmueve a la comunidad de escritores, esos fabricantes talentosos de ficciones. ¿Qué tanto enojo puede provocar la literatura en el lector? ¿Acaso las ficciones, como las de Borges o García Márquez, encienden pasiones y desborde de demencia contenidos? ¿Tiene precio la cabeza de un escritor por fabular? Los regímenes dictatoriales y fanáticos sí les tienen pavor a los escritores independientes. 

La estupidez siempre ha sido una constante en la historia de la literatura. Pensemos en Las flores del mal de Charles Baudelaire, Madame Bovary de Gustavo Flaubert, Aves sin nido de Clorinda Mato de Tuner, La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, El lazarillo de Tormes o la traducción del hebreo al castellano de El cantar de los cantares por fray Luis de León. El caso Heberto Padilla fue la manzana de la discordia entre Cuba y Vargas Llosa.  

En una sociedad democrática, plural, de libre pensamiento, ningún escritor puede ser encarcelado, perseguido, asesinado ni apuñalado ni golpeado. Pero prevalece la intolerancia, la necedad, la incapacidad de aceptar que alguien discrepe y piense distinto. Los versos satánicos es una novela, una ficción con alusiones, sin duda, al Corán y al profeta Mahoma, pero no es la realidad. 

Pero los seguidores del islam sí ven en la ficción una realidad incuestionable.  De ahí que democracia e intolerancia son agua y aceite. ¿Acaso aún no hemos aprendido que entre ficción y realidad hay una diferencia notable? No me queda más que rechazar públicamente el cobarde atentado criminal contra el novelista Salman Rushdie. Los versos satánicos, “novela blasfema”, se publicó en Londres cuando Rushdie tenía 41 años; 32 después lo acuchillan en New York. Desde 1989 hasta 2016 estaba vigente la fatwa (edicto religioso de condena a muerte).   

 

En democracia, con civilización vigente, con instituciones, pluralidad y libertad de expresión no cabe la censura, la persecución a escritores ni intelectuales, excepto en los regímenes autoritarios. Ni intolerancia ni restricciones, menos con la literatura y la ficción. Pensar diferente no es razón para matar, insultar ni amenazar. 

 

El bienestar y la seguridad ciudadanos y la prosperidad socioeconómica son frágiles y vulnerables si están ausentes la tolerancia, el respeto, el Estado de derecho y la convivencia en armonía y paz, sin dejar de discrepar, debatir ni alejarse del consenso. Aún no hemos superado, con franqueza y actitud, defectos históricos: el racismo, la intolerancia, la ineptitud para aceptar a quien es diferente que otro, la xenofobia, la doble moral, la homofobia, la absurda superioridad del varón sobre la mujer.  El enlodamiento de la reputación ajena se ha convertido en un deporte y linchamiento circenses. Se insulta tanto que parece natural y rutinario.   

 

Escribe Ramiro Escobar (La República. 19/8/2022): “La intolerancia no tiene patria política o espiritual. (…) Se es intolerante con los adversarios políticos, con los gays, con las mujeres, con los indígenas, con los extranjeros, hasta con los animales. No hay tregua ni distinción cuando se odia sin medida ni clemencia”. 

Lo mismo digo yo: la intolerancia y el fanatismo ideológico, político, cultural o deportivo corroe, desarticula el tejido social, amasa con levadura el resentimiento; es un volcán que, cuando erupciona, destruye ferozmente.  Salman Rushdie no ha muerto, ya no está conectado a un respirador artificial, sus heridas cicatrizarán, seguirá escribiendo ficciones y ensayos; jamás la intolerancia ni la piromanía han exterminado libros ni escritores. La literatura siempre va a ser un escenario de felicidad efímera y deseada, una válvula de escape de la realidad hostil y deprimente.