La salud pública del condado de Los Ángeles se encuentra en alerta máxima ante un brote de hepatitis A, una infección hepática altamente contagiosa provocada por un virus. Aunque en la mayoría de los casos la enfermedad no reviste gravedad, en situaciones excepcionales puede conducir a complicaciones severas. Este brote se produce en un momento en que los sistemas de salud pública, a nivel mundial, están reforzando sus estrategias de vigilancia epidemiológica tras la pandemia de COVID-19.
Según la investigación publicada por The New York Times, las autoridades sanitarias del condado de Los Ángeles han confirmado un incremento alarmante en los casos de hepatitis A. Tradicionalmente, el condado registra menos de 50 casos anuales, sin embargo, en 2024 se contabilizaron al menos 138 infecciones, y las cifras de 2025 sugieren que la situación podría ser aún más grave.
La hepatitis A se transmite principalmente por vía fecal-oral, es decir, a través de la ingestión de alimentos o bebidas contaminadas con heces de una persona infectada. El contagio también puede ocurrir por contacto cercano con un portador del virus, incluso si este no presenta síntomas. Esta forma de transmisión subraya la importancia de una higiene personal rigurosa, especialmente el lavado de manos con agua y jabón, sobre todo antes de manipular alimentos y después de usar el baño.
Si bien las personas sin hogar son consideradas población de alto riesgo debido a las limitaciones en el acceso a saneamiento adecuado y agua potable, los funcionarios de salud expresan preocupación porque un número significativo de casos recientes se ha detectado en individuos sin factores de riesgo conocidos. Esta situación ha generado interrogantes sobre las posibles causas del brote, incluyendo la contaminación alimentaria a gran escala o una circulación comunitaria más amplia del virus, escenarios que requieren una investigación exhaustiva.
Los síntomas iniciales de la hepatitis A pueden confundirse con los de una gastroenteritis común: fiebre, fatiga, náuseas y pérdida de apetito, seguidos de vómitos y diarrea. Con el tiempo, los infectados pueden desarrollar ictericia (coloración amarillenta de la piel y los ojos), orina oscura y heces pálidas. Un desafío importante para controlar el brote radica en el largo período de incubación del virus, que puede extenderse hasta siete semanas, durante las cuales una persona infectada puede transmitir la enfermedad sin manifestar síntomas. Además, un porcentaje considerable de infectados no experimenta síntomas graves, lo que dificulta la detección temprana y el reporte de casos.
Aunque no existe un tratamiento antiviral específico para la hepatitis A, la mayoría de las personas se recupera completamente en pocas semanas, sin secuelas hepáticas a largo plazo. No obstante, en ciertos casos, puede ser necesaria la hospitalización. En raras ocasiones, la infección puede evolucionar hacia una insuficiencia hepática aguda fulminante, que podría requerir un trasplante de hígado. La mejor forma de prevenir la hepatitis A es la vacunación. El esquema completo consiste en dos dosis, administradas con al menos seis meses de diferencia, y proporciona protección de por vida. Dado que el brote actual se está extendiendo fuera de los grupos de riesgo tradicionales, los expertos enfatizan la necesidad de revisar y adaptar las estrategias de prevención, ampliando la cobertura de vacunación.




