Por: José Medina
Pues sí, en nuestro muy endeble aparato estatal, han aparecido uno que otro personaje anecdótico a través de los años, uno que otro lazarillo del pueblo, que a base de dinero y esfuerzo -fundamentalmente lo primero- ha conseguido llegar a la cúspide del gobierno; y por ende, a tener la potestad de dirigir –sin orientación alguna- el destino del Perú. Sin embargo, pese a la poca fe que la población muestra para con sus representantes, existe todavía la malherida esperanza de que, “ellos”, realicen un trabajo que contraste sus conocimientos con la realidad, que justifiquen, materialmente, los títulos y grados colgados en las paredes de sus despachos.
Aquel encono de esperanza, adherido al ser humano por naturaleza, se halló completamente abatido este fin de semana; un reportaje de Panorama ha desvelado el ápice de la sinvergüencería, el pináculo de la insensibilidad. Estamos hablando de la ahora exviceministra de agricultura. Su nombre es Eufrosina Santa María, quien siendo la segunda más poderosa de esa cartera ministerial, ha preferido la indiferencia que la solidaridad.
Antes de ver el reportaje, esperaba ver a una viceministra sagaz, hábil para la mentira, elocuente para la evasión, como suelen ser muchos políticos; sin embargo, nos topamos con la mediocridad personificada; cuando la reportera comienza a preguntar qué es lo que ella, como viceministra, ha estado haciendo en el ejercicio de su labor, ella se limita a responder: -Gestiones, gestiones de todo tipo… hay muchas gestiones que se hacen aquí-. Palabras que siendo sincero, no dejan más que entrever, que estaba completamente fuera de contexto, extraviada en un mundo paralelo donde no hay penas ni desastres; en un país utópico y hermoso en el que se paga un sueldo por tomar sol en un exclusivo club miraflorino, o por salir a pasear en bicicleta con el enamorado de la oficina. Sí pues, en ese país es en el que vivía la ex viceministra… hasta que le cayó el guante de la prensa.
El pueblo peruano -con muchos de nuestros defectos y virtudes- no exigimos la inmolación de nuestros funcionarios públicos, no demandamos el sacrificio indigno de remangarse el pantalón y meter los pies en el fango; pero sí exigimos “responsabilidad”, aquel concepto que todo ser humano entiende y que al parecer, le resultó indescifrable a la ex viceministra. No pedimos más, solo que hagan su trabajo, que justifiquen su sueldo de alguna manera. Pero no, para ella trabajar es irse a veranear, sin importarle lo que suceda en el país.
La población del país merece respeto de parte de sus autoridades. No se puede entender pues, cuál es el método de selección que realiza el Ejecutivo para el nombramiento de algunos funcionarios, quienes a sabiendas de los antecedentes de la señora Sina Santa María, la vuelven a acoger en un cargo de tan alta responsabilidad. El respeto hacia la ciudadanía debe ser un deber patriótico que todo funcionario debe tener en cuenta antes de asumir un cargo público, algo en lo que deben pensar al levantarse de la cama y en lo último que deben meditar antes de conciliar el sueño. Aquel respeto se vio violentado con la actitud apática de esta funcionaria de alto rango que ha ofendido al país. Y es verdaderamente una pena, que así como hay una ley de muerte civil para los funcionarios corruptos, no exista una ley de muerte civil para los funcionarios vagos e indolentes.
En fin; hay personas que no están hechas para los cargos de alta investidura; pero aquello no nos niega la posibilidad de seguir siendo un pueblo solidario para con nuestros conciudadanos; un pueblo que se reconstruye solo a base de esfuerzo y convicción; y por último, un pueblo que puede seguir depositando su fe en aquellos funcionarios y representantes que no solo trabajan por un sueldo o por cumplir con su responsabilidad laboral, sino que tienen la convicción de ayuda por el sentimiento propio de solidaridad, y aún más sublime, amor por su patria.



