IN MEMORIAM

Escrito por: Jorge Cabanillas Quispe

Es toque de queda, y estoy sentado en un parque donde pasé muchas tardes de adolescente. El silencio reina a esta hora, las calles están vacías, la luna brilla sobre la ciudad de los vientos. Recuerdo a los amigos, las chanchas de los sábados en la tarde para juntar cinco soles para el trago de tres litros. 

Cómo olvidar aquellas tardes en las que nosotros, muchachos de pantalón corto, caminábamos por el barrio sin más preocupaciones que encontrar nuestra banca de parque desocupada. Cómo olvidar aquel local donde jugar Play Station era la única forma de ver a la selección peruana jugando en un Mundial. Con la nostalgia a tope, recorro la vista de toda esta zona, cada uno tiene su zona y su parque, y por ahí desfilan las sombras, el recuerdo de los ausentes, la señora que nos atendía y vendía chupetes, el buen amigo de la bodega que siempre nos decía que ya ese era el último trago, cuando siempre era el penúltimo y personajes que jugaban fútbol ensayaban danzas, cuando la alegría aún no había sido rebasada por ese maldito virus. 

Mientras camino me detengo a ver fijamente la casa de enfrente del “play”; quizá el haber retornado después de mucho tiempo al legendario chifa Quicho, me recordó que no hay forma de retroceder el tiempo, que nada es igual a como uno lo recuerda, ni siquiera los sabores. Detenido en ese lugar recuerdo a Henry: imponente, serio a la primera vista, gracioso cuando se le conocía. Recuerdo a ese señor que conocí en el colegio y que con su sola mirada nos advertía que si pateábamos el balón fuera del colegio no habría forma de recuperarlo, y por ello había que ser sumamente cuidadoso para no patearlo muy alto. “Habla, Negro” le decía Hugo, ese auxiliar al que creo que también debimos clonarlo. “Qué conchudo”, pensaba yo mientras ellos reían.

Más adelante, lo volví a ver en aquellos años en los que con un grupo de amigos tomábamos la universidad. Lo conocía como el San Martín de la U. Se paraba frente a nosotros, los rebeldes, los inconformes con el sistema, y nos hacía correr con un par de carajos. En un momento determinado nos volvimos a ver frente a frente. Él, con una cadena en la mano, me dijo más con pena que con autoridad: “Vete, qué haces aquí si sabes cómo son las cosas”. Lo miré y me fui. Ahora pienso que, aunque tenía razón, quizás en el fondo era un desafío.

Tiempo después, comencé a salir con una mozuela que creo que algo me quiso, pero, ¡vaya coincidencia: era vecina de Henry! Él me miraba con recelo, pero siempre con una sonrisa, siempre que aparecía la muchacha que caminaba cerca de mí ponía sus sentidos en alarma, me decía al vuelo que él era como su hermano mayor y me abandonaba de inmediato. “Solo estoy yendo al ‘play’, don Henry”, le decía para disimular mi presencia por este parque

Ahora estoy en este parque solo, y comienza a chispear, trato de elevar una oración, pero solo me salen preguntas sin respuesta. Trato de pensar en aquel hombre que vestía de morado cada octubre y de rojo cuando de apagar incendios como aquel de las galerías del jirón San Martín se trataba; trato de asimilar que el hombre que salteaba un chaufa, de esos que ya no hay, también se ha marchado.

Ahora, las luces están apagadas y la luna por apagarse y no me quiero mover. Quiero recordar a don Henry como el guardián del cole, tierno con los niños, a veces, también, con una que otra señora, y severo con nosotros; quiero  recordar al moreno que en la U prefirió dejarnos ir, antes que golpearnos. 

Quiero pensar en todos los que hoy, a causa del penoso actuar de algunos galenos o víctimas de un sistema inservible se fueron sin merecerlo, se fueron en la más absoluta soledad y fueron enterrados con una multitud afuera de un cementerio o detrás de una pantalla a distancia conteniendo el grito de un hasta siempre. Ellos que jamás se irán del recuerdo de quienes hoy sentados en un parque o en donde estemos sabemos que olvidarlos sería olvidarnos a nosotros mismos…