La influencia de Donald Trump, un fenómeno político que ha trascendido las fronteras estadounidenses, continúa moldeando el panorama político global, aunque no siempre de la manera que el expresidente podría desear. Este “Factor Trump“, como algunos analistas lo denominan, se manifiesta en elecciones alrededor del mundo, impactando en las estrategias y resultados de diversos partidos políticos. La globalización de la política, impulsada por redes sociales y medios de comunicación, permite que figuras como Trump ejerzan influencia incluso fuera de su país.
Según la investigación publicada por The New York Times, las recientes elecciones en Canadá y Australia ofrecen ejemplos concretos de esta dinámica. En estos comicios, partidos de centro lograron revitalizar sus campañas, mientras que aquellos que emularon estrategias populistas asociadas al movimiento “MAGA” (Make America Great Again) experimentaron retrocesos. Esto sugiere que, al menos en estos casos, la copia directa del modelo Trump no ha sido una fórmula exitosa para ganar el favor del electorado.
El regreso de Trump a la escena política, aunque solo lleva tres meses, ya ha dejado su impronta en las políticas internas de varios países. Sus decisiones, como la imposición de aranceles y la reconfiguración de alianzas internacionales, han tenido un efecto dominó que se ha sentido en debates políticos a nivel doméstico. Estas acciones, pensadas inicialmente para beneficiar a Estados Unidos, han generado reacciones y adaptaciones en otros países, obligando a los partidos políticos a tomar posición frente a ellas.
Aunque es prematuro afirmar que existe un movimiento anti-Trump global en ascenso, resulta evidente que la figura de Trump ocupa un lugar en la mente de los votantes al momento de tomar decisiones. Su presencia, ya sea como un referente positivo o negativo, influye en la manera en que los ciudadanos evalúan a los candidatos y sus propuestas. La polarización que Trump ha generado en la política estadounidense se ha extendido a otros países, exacerbando las divisiones ideológicas y dificultando la búsqueda de consensos.
Canadá y Australia, dos naciones con sistemas políticos similares, una importante industria minera y una jefatura de estado compartida en la figura del Rey Carlos, comparten ahora también una historia política notable. Antes de la investidura de Trump, los partidos de centro-izquierda en ambos países se encontraban en una situación precaria, con pocas perspectivas de mantenerse en el poder. Los partidos conservadores, que lideraban las encuestas, coquetearon con tácticas y discursos de corte “trumpista”, tanto en su estilo como en el fondo de sus propuestas.
El caso de Canadá es particularmente ilustrativo. El Partido Conservador, liderado por [Nombre Ficticio], adoptó una retórica populista y anti-establishment, similar a la empleada por Trump durante su campaña presidencial. Sin embargo, esta estrategia no resonó con el electorado canadiense, que prefirió la moderación y la estabilidad ofrecidas por el Partido Liberal, liderado por el primer ministro [Nombre Ficticio]. Un análisis similar se puede aplicar al caso australiano, donde el Partido Liberal Nacional también intentó capitalizar el descontento popular con promesas de cambio radical, sin lograr el resultado deseado.




