«Imbéciles»

Jorge Farid Gabino González.

Sí: ¡imbéciles! Ni más ni menos que eso: ¡pobres y tristes imbéciles! Que es como hemos quedado los peruanos ante los ojos del mundo, gracias al pedido de asilo político solicitado por el expresidente Alan García ante la embajada de Uruguay en el Perú.
¿Pero no es, acaso, el tal señor García, de que se trata el mismo archiconocido personaje que al término de su primer y catastrófico gobierno, y ante las serias y fundadas acusaciones de corrupción de que se lo hizo objeto, recurrió a la figura del asilo político para evadir la justicia peruana, cagándose olímpicamente en nuestras leyes y en cuantos creyeron en él? ¡No! ¡De ninguna manera! ¡Qué va a ser! Si quien buscó y obtuvo asilo político en Colombia, no fue más que un pobre jovenzuelo sin experiencia ninguna en materia de evasión de la justicia, un pobre diablo al que se persiguió cobardemente debido a su cara bonita y a su, dicen, arrollador éxito con las mujeres. Si seremos envidiosos los peruanos. Bien dicen que el enemigo de un peruano es otro peruano.
Este García, en cambio, esto es, el García de hoy, es diametralmente otra persona. Lejano desde todo punto de vista de aquella suerte de “pulpín” de la política peruana, que, en su momento, encandiló a medio mundo con su verbo florido y su, dicen, arrollador éxito con las mujeres. Si seremos envidiosos los peruanos. Un demócrata a carta cabal es lo que es hoy el señor Alan García. Un respetuoso irrestricto de las leyes. Un gentleman, para decirlo peruana, huachafamente. Incapaz, en consecuencia, de burlarse de la justicia, de irrespetar nuestras leyes. De ahí que sea hasta cierto punto “inexplicable” su decisión de pedir asilo político a Uruguay y de, con ello, cagarse olímpicamente en nuestras leyes y en cuantos, todavía, creían en él.
Pues sí, es así como hemos quedado los peruanos: como imbéciles. Y que no se nos venga ahora a decir que los únicos merecedores del calificativo en cuestión son solo nuestros administradores de justicia (que tampoco es que no hayan hecho nada por investigarlo, sobre todo en lo que respecta al fiscal José Domingo Pérez), puesto que el adjetivo, ya sea en mayor o en menor medida, nos toca a todos. De hecho, el primero en hacérnoslo notar fue el mismísimo García, cuando hace apenas unos días, y ante las preguntas de la prensa respecto de los supuestos sobornos recibidos de la constructora Odebrecht, no tuvo mejor idea que responder como sigue: «pruébenlo, pues, imbéciles».
¿Era tan difícil prever lo que se veía venir? ¿Era esperable que el intocable Alan García aceptaría irse a la cárcel sin mover un solo dedo para impedirlo? ¿Era concebible que viendo venírsele la noche encima no echaría mano de su último as bajo la manga, aquel gracias al cual logró burlarse de las redes de la justicia hace ya veintiséis años? Por supuesto que no. Ahí estaban, en cualquier caso, los Humala y Keiko Fujimori para recordarle, por si le diera por seguir confiando en su estrella, que su suerte podría cambiar de un momento a otro. No le faltaba razón.
¿Que qué queda ahora? Lo de siempre: esperar. Solo que, lógicamente, la naturaleza de la “espera” en cada caso es distinta. A García, por ejemplo, le queda esperar que se le otorgue el asilo político y que, si la suerte lo acompaña y el presidente Vizcarra no se empecina en lo contrario, se le conceda el salvoconducto que le permita salir de este país de imbéciles al que, a no dudarlo, jamás habrá de querer volver. Al resto de los imbéciles (perdón, de los peruanos), por otra parte, nos queda esperar a que ocurra un milagro, y que, por lo menos esta vez, el señor García no se salga con la suya.
En cualquier caso, a los peruanos nos debería quedar claro de una vez por todas que la culpa de que nos esté pasando todo esto es, en primer término, nuestra y solo nuestra. Fuimos nosotros quienes lo elegimos y, sobre todo, quienes lo reelegimos, a pesar de saber, como sabíamos, quién era el señor García. Porque una cosa es cierta, tanto el García de ayer como el García de hoy son dos caras de una misma falsa moneda. Moneda que, ojalá, quede a partir de ahora, y para siempre, completamente devaluada.
¿No que se allanaba a las investigaciones? ¿No que aprovecharía el impedimento de salida del país por 18 meses dictado en su contra, para trabajar por el fortalecimiento de su partido? Avergüenza reconocerlo, pero imbéciles es lo que somos, si creímos una sola de sus palabras.