Jacobo Ramírez Mays
Nuestro flamante presidente, en medio de uno de sus habituales discursos achimoltrufiados que nos ofrece de cuando en cuando, dijo que, a pedido de nuestras autoridades, que, por primera vez, dicho sea de paso, se habían puesto de acuerdo en algo, se levantaría la cuarentena en nuestra ciudad. Así las cosas, tenemos permiso para hacer lo que nos dé la gana. Lo digo porque, en estos tres días de «libertad» reestrenada, he observado algunas cosas que ahora se los cuento, porque chismoso soy desde el vientre de mi madre.
UNO. Pasaba por una casa que fue construida durante la pandemia, en la que se estaba realizando una fiesta a todo dar. Para ver quiénes estaban en dicho lugar, comencé a caminar como huanuqueño, lento, contando mis pasos, y logré observar que el lugar estaba lleno de personas que tenían las mascarillas en sus cuellos; se pasaban la botella de cerveza y el vaso de mano en mano; la música estaba a alto volumen y, formados en columnas, movían el esqueleto felices y contentos, dando vueltas, saltando, silbando y cantando. Lo que no tendría por qué importarme, si no fuera porque dos de las personas que estaban fuera de esa casa, eran policías vestidos de civiles, quienes, asustados, miraban de un lado a otro sin saber que este chismoso estaba pasando por ahí. Aseguro esto porque reconocí a uno de ellos porque fue mi alumno; y, aunque me miró detenidamente, no pudo identificarme debido a que tenía puesta la mascarilla y la gorra. Naturalmente, lo que realmente me indignó del asunto, fue que mi vecino, el dueño de la casa, no tuvo la amabilidad de invitarme a pasar.
DOS. Me di una vuelta por las inmediaciones del mercado, y lo cierto es que casi no ha cambiado nada. Lo único bueno, claro, es que ahora se puede ingresar y salir por cualquier calle aledaña; y es que durante la cuarentena, por una “genialidad” de nuestro alcalde, solo existían calles por donde ingresar y salir. Ahora, que ya no tengo puesto el bozal en la boca, puedo decir que esa decisión fue de lo más desatinada. Lo que no quita que las otras que haya podido tomar no lo fueran. Si me equivoco, que se diga ahora o se calle para siempre. Como era de esperarse, para ingresar al lugar había una cola en la que no se respetaba el distanciamiento social. Y para salir tenías que darte media docena de vueltas por calles llenas de gente. Cuando le comenté lo sucedido al peón que trabaja en mi casa, me dijo: «¿Tan burro es nuestra autoridad, profe?».
TRES. Levantamiento de la cuarentena, y de nuevo el burro al daño. Digo esto porque los bocinazos de bajateros y colectiveros ya se hacían extrañar. No pueden verte parar a chismosear, que inmediatamente te tocan su bocina y te saca la mano, ofreciéndote su servicio. Acaso no se han dado cuenta de que ahora prefiero caminar en lugar de subir a esos bichos, como decían nuestros amigos españoles que nos visitaron. Cuando le conté eso a mi peón en una noche de chaccha, me dijo: «Esos choferes están bien para ser candidatos a alcaldes y presidentes regionales». Lógicamente, le di la razón.
CUATRO. Camino esquivando uno que otro transeúnte, cuando de un estrón veo volar una botella vacía a la pista. El asqueroso chofer la arrojó a la calle como si esta fuera un basurero. Más adelante, una mujer, muy amujerada, tira al suelo el papel higiénico con el que se había sonado los mocos. Esa historia no se la conté a mi peón; si no, me hubiera dicho que, si fueran candidatos, ganarían.
Tanto tiempo en cuarentena, y me pregunto: ¿Para qué sirvió tanta vaina, si todo regresó a lo mismo? Sobra decir que eso de que después de la cuarentena ya no seremos los mismos, no aplicará para mi querido Huánuco.
Las Pampas, 08 de octubre de 2020




