Huánuco: Entre el abandono y la pobreza crónica

El informe técnico del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) correspondiente al periodo 2015–2024 coloca nuevamente a Huánuco entre las cinco regiones con mayor pobreza monetaria del país. Con una incidencia que supera el 39% de su población, y una pobreza extrema que afecta entre 9.8% y 12.8%, el departamento continúa siendo reflejo de un problema más profundo que la falta de ingreso: la pobreza en Huánuco es una expresión de exclusión estructural.


El ingreso real promedio per cápita mensual en las zonas rurales de Huánuco fue de S/ 719, frente a los S/ 1309 registrados en zonas urbanas. La brecha no solo es económica, también es territorial. La mayoría de huanuqueños en condición de pobreza habita zonas rurales donde las posibilidades de desarrollo están limitadas por la precariedad educativa, la informalidad productiva y el escaso acceso a servicios básicos.


Huánuco rural: subsistencia sin conexión al mercado
Uno de los indicadores más reveladores del informe es la alta dependencia del autoconsumo. En los hogares rurales, el 15.1% del consumo no pasa por el mercado, sino que proviene directamente de lo que las familias producen para sí mismas. El gasto imputado —como el valor de uso de una vivienda propia— apenas representa el 5.4% del total en estas áreas, lo que evidencia la falta de activos valorizables y la mínima articulación al sistema económico formal.


La diferencia con los hogares urbanos es marcada: allí, más del 73% del consumo se origina en compras o pagos, y el gasto imputado puede superar el 19%, especialmente en ciudades como Lima Metropolitana.


Educación: un factor que consolida el rezago
El nivel educativo en Huánuco rural continúa siendo alarmantemente bajo. Las personas en condición de pobreza registran un promedio de 6.2 años de estudio, lo que implica que no completan la educación primaria. Esta cifra está muy por debajo del promedio nacional para personas pobres (8.5 años) y de la población no pobre (10.5 años). En Huánuco, la baja escolarización limita seriamente el acceso a empleos formales, impide la movilidad económica y refuerza el ciclo intergeneracional de pobreza.


Lengua materna: una barrera de origen
El informe también evidencia el impacto de las diferencias lingüísticas. A nivel nacional, el 39.6% de los pobres rurales tiene como lengua materna una lengua originaria (quechua, aimara o amazónica). Aunque no se ofrece el dato exacto para Huánuco, se estima que en provincias como Dos de Mayo, Yarowilca o Huamalíes —de mayoría quechua hablante— esta proporción es aún mayor. La barrera idiomática incide directamente en la calidad del acceso a la educación, la salud y los programas sociales, agravando la condición de exclusión.


Hogares en condiciones precarias
Las viviendas de los hogares pobres rurales presentan características que confirman la precariedad estructural. En Huánuco, predominan los muros de adobe, techos de calamina y pisos de tierra. A pesar de los años de inversión pública, en zonas rurales aún hay comunidades sin agua potable, sin alcantarillado y sin acceso a energía eléctrica.


El acceso a servicios básicos es limitado. El 30% de las viviendas pobres en la región no cuentan con conexión a un sistema de desagüe, y más del 40% obtiene el agua de fuentes no seguras, como ríos o acequias.


Esta realidad no solo representa una condición de vida degradante, sino también un riesgo permanente para la salud y la integridad física de quienes habitan estas viviendas, especialmente durante temporadas de lluvias o eventos climáticos extremos.


Desarticulación territorial
El informe no ofrece un análisis directo sobre infraestructura vial o digital, pero sus indicadores revelan una profunda fractura territorial. En Huánuco, la pobreza se concentra en espacios rurales sin conexión fluida a los mercados, a los centros educativos, a los servicios de salud o a las redes digitales. Las condiciones geográficas, agravadas por falta de caminos transitables o redes de comunicación tecnológica estables, aíslan aún más a las comunidades y obstaculizan cualquier intento de inserción económica.


Esta desconexión no es anecdótica: el alto nivel de autoconsumo, el bajo gasto en bienes comprados y la escasa valorización de activos son todos síntomas de una economía territorial que opera sin integración logística. En otras palabras, la infraestructura social y económica no acompaña el esfuerzo de las familias pobres por salir adelante. Sin caminos, redes de transporte funcionales y conectividad digital, el desarrollo es inviable.