Por: Israel Tolentino
Para llegar a Pozuzo, por la ruta de Oxapampa, se baja desde los 1800 a los 800 msnm. Y, tarda dos horas y algo usualmente, yendo en camioneta. Esa tarde salimos aproximadamente a las 16 horas, tarde para un viaje frecuente, llovía por tramos, la tarde gris y peligrosa fue alejando pasajeros y transportistas, nuestro grupo docente, finalmente decidió emprender la marcha; llegar esa tarde a Pozuzo nos daría tiempo para descansar e iniciar el trabajo del lunes.

El camino estaba deslizadizo, habían crecido las corrientes que cruzan partes de la carretera y formado riachuelos, charcos pantanosos. Nuestro primer paso con dificultad fue un árbol caído en medio de la carretera, junto con ella barro y piedras, bajamos de la combi para sortear el árbol y brincar un charco. El conductor haciendo una maniobra logró esquivar este primer obstáculo. Luego de media hora, continuando el viaje, llegamos a un lodazal que iba tomando cuerpo y transformándose en huayco, esta vez el chofer intentó cruzar con nosotros a bordo, la maniobra no fue acertada, atolló la combi, sus llantas se hundieron rápidamente en el fango. Con un poco de susto bajamos con prisa y nos apostamos, saltando sobre el barro, a la orilla de la carretera, buscamos unas piedras donde sostenernos. Favorablemente en ese lugar, había hombres trabajando, ayudando a pasar a los carros varados; un camión por un cobro módico ayudaba a desatollar los carros. El chofer, sacándose los zapatos y subiendo sus pantalones hasta la rodilla, se deslizó entre el barro y amarró la cuerda en su parachoques trasero, el camión jaló y desatascó la combi, de regreso en la pista inicial tomo nuevo impulso y cruzó sin nosotros. Nos esperó al otro lado; el grupo docente, saltando y con ayuda de los hombres que ayudaban a cruzar el huayco (por algo de dinero) trepó nuevamente a la movilidad. El chofer manejaba temeroso, habíamos estado impedidos cerca de una hora.

Todo apuntaba que habíamos pasado lo más difícil, la noche caía, hacía frío, faltaba cruzar la reserva Yanachaga – Chemillén. Se superó sin problema Quebrada Honda, llegando al paso Huampal, donde hacia pocos días se había caído parte de su plataforma, un terrible montón de cascajo nos detuvo, el conductor bajó y corrió a ver lo sucedido, regresó diciendo ¡no podremos cruzar! al instante, una cumbre estrepitosa de rocas caía, como un bramido ensordecedor cubrió mucho más el paso y el canto de la selva; las esperanzas de llegar esa noche a Pozuzo y asistir a la pensión y tomarse una sopa caliente se tornaron imposibles. Se interrumpió el viaje, tocaba noche con lluvia y neblina.
Cerca al huayco se ubica la estación de guardabosques Huampal, subimos a la combi, retrocedimos a pedir ayuda, un espacio donde buscar la manera de pasar la noche, sobre todo cobijo. Nos recibieron, Sergio Shuña, Elvis Camavilca, Julio Vilcarano y Fernando Chimbiri, lo primero que hicieron fue compartirnos su señal para comunicarnos con nuestros familiares, rápidamente se pusieron en “acción” y movieron sus colchones y prepararon algo caliente para nosotros; mientras iniciaban esta actividad de amparar a sus inesperados visitantes, pararon la ambulancia de Pozuzo, un auto, una camioneta y dos motocicletas, sumábamos cerca a quince zozobrados, los cuatro guardaparques prepararon sus instalaciones para que la noche pudiera ser grata. Usualmente las noches son frescas en esta paisaje de la Selva Alta, pero ese día, había friaje. Todos tuvimos un colchón, un cubrecama, avena y un buen café para sobrevivir a las postergaciones de esa noche.

Los guardaparques están adscritos al Ministerio del Ambiente SINANPE (Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado) el Parque Nacional Yanachaga – Chemillén, lugar donde pernoctamos, comprende los sectores de: Huampal en Pozuzo; San Alberto en Oxapampa y Paujil en Palcazú – Izcosazin. Los guardaparques pueden ser técnicos agropecuarios, biólogos, como parte de sus tareas realizan patrullajes de día y de noche, monitoreo fenológico, monitoreo del agua, diseñan senderos, etc. Sin su gesto solidario, habríamos pasado la noche en los coches, expuestos al frío y posibles caídas de árboles, rocas y otras sorpresas naturales.
Cerca a las ocho de la mañana, dos máquinas que habían llegado a limpiar la caída del huayco por ambos lados habían terminado de remover la tierra y rocas dejando el paso libre. Para ese momento, la hilera de camionetas sobrepasaba las diez unidades.

El cobijo de los guardaparques de Huampal encabezados por Sergio Shuña Shavera, cambiaron el recuerdo de esa noche de vicisitudes. Regresamos a las labores emocionados, algo en nuestra relación con el verde amazónico no sería lo mismo (Pozuzo, marzo, 2025).




