Huaicos reiterados y ausencia de Estado en la Carretera Central

El huaico registrado a las 3:00 a. m. del lunes en el sector Huaracalla, provincia de Ambo, volvió a interrumpir por completo la Carretera Central, eje que conecta Huánuco con Lima y por donde transitan a diario cientos —y en temporadas altas, miles— de personas y mercancías. El deslizamiento de lodo y piedras dejó vehículos atrapados durante varias horas y obligó a pasajeros, incluidos niños y adultos mayores, a caminar en plena madrugada para cruzar la zona afectada.

La escena no es nueva. Cada temporada de lluvias, entre enero y marzo, tramos como Huaracalla quedan expuestos a derrumbes que paralizan el tránsito durante 4, 6 o hasta 12 horas, según reportes previos de transportistas locales. La recurrencia —al menos 2 o 3 eventos por año en puntos críticos— ha convertido la emergencia en rutina, con pérdidas económicas acumuladas que impactan a empresas de transporte, comercio y agricultura.

La Carretera Central no es una vía secundaria. Es el principal corredor que articula la sierra central con la capital y sostiene el traslado de productos agrícolas, combustibles y bienes de primera necesidad. Cuando el paso se bloquea, el efecto se multiplica: retrasos en cadenas de suministro, encarecimiento de fletes y riesgo para pasajeros que quedan varados sin información clara durante 8 o más horas.

La reiteración de huaicos en Huaracalla no puede leerse como un fenómeno aislado. En los últimos 5 a 10 años, distintos tramos de la Carretera Central han sido escenario de deslizamientos similares durante temporadas de precipitaciones intensas. Sin embargo, no se ha evidenciado un sistema permanente de monitoreo geológico ni protocolos públicos de cierre preventivo que reduzcan la exposición de conductores y pasajeros.

En el plano reactivo, las intervenciones suelen activarse una vez producido el bloqueo. Maquinaria pesada ingresa cuando las condiciones lo permiten, pero la presencia de buses y autos atrapados, como ocurrió esta semana, dificulta las labores iniciales. El resultado es un ciclo repetido: emergencia, limpieza, reapertura parcial y, semanas después, un nuevo cierre.

En el plano proactivo, tampoco se observa un plan de contingencia articulado entre el Gobierno Regional, Provías Nacional y los municipios involucrados. La ausencia de señalización temprana, desvíos habilitados o alertas oficiales antes de las 3:00 a. m. deja a los viajeros dependiendo de reportes en redes sociales. Para una vía estratégica, esa informalidad informativa expone una brecha institucional que se arrastra desde hace años.

El costo no es solo vial. Cada hora de cierre afecta a transportistas que cumplen rutas interprovinciales, a comerciantes que dependen del flujo diario hacia Lima y a familias que viajan por motivos laborales o médicos. En términos sociales, la imagen de pasajeros caminando entre lodo y piedras evidencia un nivel de vulnerabilidad que trasciende el evento puntual.