Por Arthur Chávez
Hace mucho tiempo atrás, cuando el latín se hablaba en muchas partes de Europa y aún no había sido catalogada como una lengua muerta, la palabra lima se usaba para referirse al instrumento que desgastaba metales. Esta palabra se extendió hasta la península ibérica junto con el dominio romano y quedó en el acervo lingüístico de los hablantes. Esta palabra migró al castellano y se quedó en nuestro léxico hasta hoy. Años más tarde, cuando la península ibérica fue conquistada a medias por los musulmanes africanos, llevaron una palabra similar: limah, pero no para referirse a herramienta alguna, sino para mencionar a una fruta cítrica de cierto sabor dulzón. Con el tiempo, esta palabra también pasó a formar parte del vocabulario castellano, sin la exhalación final, estableciéndose como lima. Ya teníamos dos palabras de igual sonido y escritura, pero con significados diferentes.
Algo similar ocurrió con la palabra carpa, que tardíamente se usó en Roma para referirse a un tipo de pez: karpa, que llegó al español como carpa; más cuando los españoles llegaron a América, escucharon a los quechuahablantes denominar karpa a la tienda de campaña. Ambas palabras quedaron en nuestro idioma, con igual escritura (carpa), pero diferente significado.
Cuando estaba en el colegio me enseñaron que ese fenómeno tenía un nombre: homonimia, y que este se aplicaba a toda palabra que repita la relación, es decir, la misma escritura, pero diferente significado. Sin embargo, esto no era del todo cierto, pues no es lo mismo que dos palabras se escriban igual, tengan diferentes significados y provengan de diferentes orígenes etimológicos, y otros que de igual manera se escriban de forma semejante, tengan diferentes significados, pero provengan del mismo origen etimológico.
Así es, por ejemplo, el caso de carta (el documento y la tarjeta del juego de azar). Esta vez ya no tenemos palabras con distinto origen, que por azar del destino se encontraron en un idioma y decidieron compartir el significante, sino términos que se originaron, uno a partir del otro. Para los romanos una carta (originalmente “charta”) era un pergamino escrito o dibujado, por eso llamaron cartas también a sus mapas. Cuando aparecieron las tarjetas de juego de azar, de manera natural, le pusieron el mismo nombre, ya que tenían una tarjeta escrita y dibujada. Lo mismo ocurrió con el término pico, al que los romanos llamaron becus o picus, originalmente para referirse a la parte delantera de la cabeza del ave, y que más adelante se usó para denominar a cualquier objeto que tenga la misma forma.
El punto es que aunque parezcan similares, son dos fenómenos diferentes, pues en los primeros el origen etimológico es diferente, y en el segundo, es el mismo. Indagando un poco más, encontré que, tal como me lo imaginé, cada fenómeno lingüístico diacrónico tenía un nombre distinto, como ya dije líneas arriba, el primero se denomina homonimia, pero el segundo ya no, este se denomina polisemia.
En conclusión, si dos términos se escriben igual y tienen significado diferente, es necesario indagar el origen etimológico para saber si pertenecen a la homonimia o la polisemia, o hacer un análisis racional práctico para definir si el origen puede ser distinto o igual.
Por ejemplo:
Cola y cola guardan una relación de homonimia si el primero se refiere a la parte final del animal (latín coda) y el segundo al pegamento (griego kolla); sin embargo, hay una relación de polisemia si el primero se refiero a la parte final del animal y el segundo a la fila de personas (ambos del latín coda).




