
Por Israel Tolentino
El 1995 ingresé a la escuela de Bellas artes de Lima, al año de estar aclimatado al ambiente artístico, Quilca se volvió una ruta de fin de semana. En esas paredes me di frontalmente con el mural en El Averno, un primitivismo contemporáneo que nada tenía en común con la enseñanza Bellasartina. Pero sí, un parecido a lo que era publicable en las revistas.
Lo que se aprendía y la realidad artística se veían como dos mundos. Prontamente, realicé impresiones con plantillas, el amigo que me acompañaba en esta actividad me dijo: hay un artista que trabaja de esta manera, se llama Herbert Rodríguez. Cierta vez pasaron cortometrajes sobre artistas peruanos, quedó grabada en mi memoria juvenil al artista caminando en el arenal cargando su escalera, hecho que encarné en 1999, cuando realizamos junto con otros condiscípulos el proyecto “Habladores marginales”. En esa intervención Herbert ya estaba presente.
En ese periodo de formación la muestra individual que más me sorprendió fue hecha en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA) del centro de Lima, entrando yo con un bastidor cruzando mi cuello y encontrando al artista, en la sala, dando vueltas, era Herbert Rodríguez, la primera vez que le conocía de lejos, él había vuelto de New York su nombre ya había aprendido a respetar y admirar. Obras que parecían pinturas y no lo eran, esculturas tampoco encajaban a lo que hacíamos en la Escuela, aprendí esa noche la palabra Iconoclasta y eso era en abundancia Herbert.
El 2013, se dio la oportunidad de compartir el Centro Cultura Bellas Artes con motivo de la 4 Bienal Internacional de Grabado ICPNA (Instituto Cultural Peruano Norteamericano) en la primera planta se expuso: Sé feliz no pensando (olvídalo todo, viva la vida) una muestra muy fuerte, en palabras de mi suegra, quién recién empezaba quererme y asustarse por lo que el arte podía decir.
En el sótano exponíamos Hybridaciones, bipersonal preparada junto con mi amigo y colega Marco Albuquerque. Nos tomaron y tomamos algunas fotografías, era la primera vez que nos acercamos y conversamos haciendo un círculo y brindamos en la inauguración. Posteriormente, tuvimos intercambios vía Facebook y cierta calma con sabor a reencuentro, como todo en el país, lleva su tiempo.
Hoy, nueve años después, nos encontraremos en el Pre-opening de la 59 Biennale di Venezia, en el Arsenale, Herbert representando al país y yo invitado por él y Issela, su esposa, manager, manos derecha e izquierda… amiga de la juventud. Ocasión esta, donde el tema que convoca a los artistas seleccionados de casi todos los países del mundo lleva el título de: The Milk of Dreams.
Cuando la pandemia no ha podido acallar la voz sensible del arte y Bansky debe aguardar con una sorpresa por alguna calle fluvial de esta tragicómica ciudad de Il Casanova de Federico Fellini. Un momento irrepetible en la historia de mi vida de artista, caminaré por San Marcos y miraré como ultiman los detalles del montaje para inauguración del día 22 y, como ahora, mientras espero el vuelo a Roma, podré compartir con emoción la magia de esa noche, la presencia de mi amigo artista Martín Bonadeo, becado en Barcelona hace más de un año, reencontrándonos luego de cuatro años, como cuando junto con Gustavo Buntinx y Ángelo Colombo caminábamos por Chavín ultimando detalles de Pacha Kutiq Wanka, maravillosa propuesta que en algún momento debe ubicarse en esta Biennale.
El Perú es un país que poco a poco está construyendo una identidad artística, una competencia que es enormemente trabada en su misma tierra, sin embargo, en solitario, muchos artistas van consolidando esa imagen de país que se necesita para el ámbito latinoamericano y finalmente en la escena mundial, la tarea es ardua y nombres como el de Herbert Rodríguez trabajan por consolidarla.

Madrid, abril 2022




