Escrito por: Jorge Cabanillas Quispe
Habían transcurrido apenas 29 minutos del jueves 14 cuando el amigo Irving Ramírez me dio la noticia. En ese momento, cuando contener las lágrimas era imposible, repasé Los últimos días de papá Ata: “El hombre tiene dos partidas”. Pensé entonces que todo lo que había acontecido no era real, que solo se trataba de su primera partida, maestro, que si podría sobrevivir a esa noche usted estaría nuevamente al despertar y que yo lo llamaría para hablar de las buenas o malas nuevas; pero no, hasta ahora que trato de escribir estas líneas me cuesta comprender que no será así: que solo se tiene una vida y que esta es insuficiente, que usted ya no ocupa más un lugar entre los vivos, que ya no volveré a preguntarle por Congona una y otra vez porque me gustaba escuchar la misma historia.
Quiero evitar pensar en sus últimos días, maestro Cloud, no quiero imaginar las penurias que tuvo que pasar, el dolor que seguramente llevó con estoicismo. Sé que escribió hasta agotar sus últimas fuerzas, porque ese maldito virus chino no le quitó la lucidez y partió así: lúcido y escribiendo. Sin duda esa fue una de sus últimas lecciones de literatura. Nos enseñó que la literatura no es una mera distracción, sino un oficio que nos acompañará hasta la hora en que la parca nos abrace.
Ya no tomaremos un café en El Milagro, ni unas chelas en Carrión. Ya no nos juntaremos en torno a su voz ni a su figura como aquel 4 de febrero en el que celebramos su cumpleaños en un gras sintético cerca de su oficina. ¿Recuerda ese día, maestro? Entre sus bromas acerca de la literatura regional y aquellos malos libros. Aquel día lo vi feliz, y por eso todos fuimos felices. Valentín elevaba el vaso: “Lo queremos mucho, profe, sus amigos lo queremos mucho”, y todos hacíamos el saludo respectivo. Ya no verá sus 80: los astros quisieron que desde la eternidad contemple nuestro silencio, el vaso vacío y cómo la tristeza inmensa reemplaza a la carcajada de antaño. Ya no estará, Dn. Andrés, en la plaza de Armas donde mientras yo caminaba con un cigarrillo lo veía conversando con don Miguel Rivera, ya no podremos conversar de la mediocridad de las autoridades, ni de la brutalidad de cierta gente.
Ahora, cae la noche y trato de pensar en Congona, en Carmela, en Pibe en lo injusto de su partida, en la tristeza de los amigos, en mi tristeza, en la oficina vacía y los libros que lo aguardan. Me imagino que en cualquier momento nos encontraremos para caminar hasta que se cansen sus zapatos, que iremos al Galeón o algún gras sintético para compartir una, dos, tres o dieciséis cervezas hasta que la hora de no dormir llegue. En esos lugares recibí las mejores charlas de literatura.
Ahora su partida nos resigna a ser esos hombres que añoran como los de sus obras y quizá mi tristeza sea cada vez más grande porque veo el cielo y no creo en un más allá, pero me conforta creer que está con Virgilio, con Bocaccio o uno de sus autores favoritos, pero se me hace difícil. Por eso, desde que la muerte ronda a los míos me resigno a imaginar que el alma existe, que hay un lugar especial guardado para los grandes, para los amigos, para los que pasaron por esta tierra trajinando y dando lecciones de sinceridad, de firmeza, de cómo “putear” o mandar a la mierda con una elegancia magnífica. Trato, pero la noche avanza, el silencio y la penumbra me hace abrazar sus libros y me gustaría que como el Principito, también usted regrese una vez más porque su historia no merecía este final.
Cae la noche, don Andrés Cloud, y lo recuerdo con su sonrisa franca y pícara, con su voz melódica, con su rostro bonachón y la boina en la cabeza. Cae la noche, y sé que en la Ciudad de los Vientos y en Congona lo extrañan. Yo lo extraño. Me va a hacer mucha falta. Hasta siempre, maestro.




