Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo
Los que hemos festejado el Bicentenario, elegimos al presidente Pedro Castillo y a los 130 congresistas no estaremos vivos para celebrar el tercer centenario de la independencia en 2121; seremos historia, un peregrino por esta vida. Si hicimos algo valioso, estaremos (seguiremos vigentes y viviendo) en la memoria colectiva, en alguna página de los libros, en efigies de billetes o monedas acuñadas por el BCR, en un busto o monumento, en el nombre de una calle, avenida, malecón, pueblo o comunidad, en los textos escolares (si es que aún se utiliza papel) que los estudiantes de entonces leerán con interés y admiración, como hoy lo hicimos con San Martín, Bolívar, Túpac Amaru, Micaela Bastidas o Juan José Crespo y Castillo; si no hicimos nada (o algo significativo y trascendental), si solo hemos vivido para comer, trabajar y dormir, sin dejar huellas en el cemento fresco, seremos amnesia total, sin oportunidad de un grato recuerdo, una alusión cívica o una remembranza biográfica. He vivido 34 años del siglo XX y ya van 21 del siglo XXI. Probablemente, el primer peruano, nacido el mismo 28 de julio de 2021, estará vivo (optimistamente) o será un longevo que apenas podrá mantenerse de pie, tal como va la alimentación precaria y la contaminación ambiental, cantará el Himno Nacional, Mi Perú, Y se llama Perú o Bello Durmiente. Nosotros, los de hoy, seremos historia, un remoto pasado de hace 100 años.
Cuatro presidentes de la república en los últimos 5 años en el Perú: PPK y Martín Vizcarra vacados por el congreso, Manuel Merino expectorado de palacio de gobierno por las protestas en las calles y Santiago Sagasti que completó el período en momentos dificilísimos. Meses previos a los 200 años de Independencia se produjo una polarización política en la segunda vuelta electoral. Eso exhibe de cuerpo entero la fragilidad de la democracia, los problemas culturales no resueltos que avanzan como una procesión por dentro a punto de estallar a la menor chispa de provocación o motivación, y la angurria por el poder y el desprecio por la ciudadanía y las instituciones. Así empieza el tricentenario. Ni ustedes ni yo estaremos vivos para celebrarlo. Seremos historia digna de evocación o habremos sido sombra sin pena ni gloria. Realmente ha sido un privilegio estar vivos, en plena pandemia del Covid-19, para ser testigos de las celebraciones del bicentenario.
Desde marzo de 2020 hasta hoy, el Covid-19 sigue haciendo estragos fatales, aunque con la vacunación estamos más confiados y optimistas en que esta pandemia pronto pasará, pero la vida no será igual. Han muerto amigos y familiares entrañables. Seguimos recelosos por el posible contagio. Lo más probable es que estemos así hasta fin de año o el primer semestre del 2022. El reto del gobierno de Castillo (que inició con torpezas y escasa consideración a los electores de la segunda vuelta), en el cortísimo plazo, aparte de la reactivación económica y la generación de empleo, es acelerar la vacunación para todos los peruanos y el retorno a las clases presenciales de millones de estudiantes de educación básica y superior. Ese desafío se hace con trabajo y vocación de servicio, poniendo en primera línea los intereses públicos, no de dirigentes ni partidos políticos, menos con el propósito de enriquecerse a costa de los recursos del Estado. Sin acortamiento de brechas sociales, sin concertación ni diálogo horizontal, la desigualdad, la injusticia y la exclusión cultural seguirán intocables, afectando al tejido social y acrecentando el nihilismo moral. Los “sobrevivientes del Covid-19” relataremos a la generación siguiente de muertes, del virus procedente de Wuhan, de pacientes entubados en UCI, cuarentenas obligadas, uso de mascarillas hasta para ir al baño, colas para la vacunación, miles de profesionales y de servicio de salud en primera fila batallando contra el coronavirus, escasez de oxígeno y precariedad escandalosa e ineficiencia de la atención inmediata en hospitales; por otro lado, los buitres que negociaban camas UCI, acaparamiento de oxígeno medicinal y latrocinio del presupuesto del Estado destinado a la lucha contra la pandemia.
- Los políticos liderarán la conducción del país; el pueblo -trabajador, emprendedor y resiliente- los elige en elecciones. Lo primero que se debe hacer es tener bien claro qué Perú se gobernará; es equivalente al diagnóstico que hace el médico de un paciente con dolencias y alteraciones fisiológicas. El Perú es una nación multilingüe y pluricultural, con más de 40 lenguas nativas (reconocidas por la Constitución), aparte del castellano, el quechua y el aimara; con manifestaciones culturales infinitamente ricas y variadas que constituyen una gran fortaleza y potencial turístico. Pero también el Perú es un país con brutales brechas de desigualdad que los programas sociales se enfuerzan por acortarlas. A la vez, el Perú, a pesar de sus grandes o minúsculos problemas, tiene posibilidades y oportunidades para construir una sociedad justa, decente, sin “pillos ni fariseos”, vivible, solidaria, con salud y educación de calidad, empleo digno y con un rumbo fijo en economía y con instituciones sólidas y confiables. Hemos tenido razones suficientes para celebrar el Bicentenario, ahora quedan las decisiones responsables y correctas para ir hacia el encuentro de los 300 años de Independencia. Pero como nada es perfecto y de buenas intenciones está empedrado el infierno, seguramente habrá momentos de turbulencia y luego la calma apacible, de bribones que quieran gobernar sin elecciones o mandatarios y políticos que conviertan al Estado en un botín de guerra. Por ahora, la democracia es el régimen político que garantiza libertad, imperio de la ley, ejercicio de derechos cívicos y bienestar de los ciudadanos.




