Arlindo Luciano Guillermo
Mario Malpartida Besada es un escritor diestro en el arte de narrar historias literarias, ficciones persuasivas y de complicidad. Ha hecho de la nostalgia un tema recurrente, vital y de hoguera inapagable. Ha convertido a la literatura como el mejor medio, el canal idóneo, para exorcizar los “demonios felices”, luego transformarlos en relatos tiernos, de evocación y nostalgia embriagadoras. Podrá haber memoria oceánica, podemos ser memoriosos como el Funes de Borges, pero no necesariamente disfrutaremos de la nostalgia como el Meursault en El Extranjero de Camus o el lobo estepario Harry Haller de Hermann Hess.
Si en literatura no existe la ficción químicamente pura, en los tres cuentos largos de Hablando de Ausencias (Edit. Ámbar, 2019. Pág. 81) hay algo de quien escribe. Las ficciones literarias de Mario es una metáfora de la nostalgia y la ausencia. Las historias que relata y los personajes que crea con pericia son instituciones de afecto, sentimiento, recuerdos gratos, nostalgia en su más excelso significado. Todos hemos vividos directa o indirectamente una infancia feliz, con comodidades y familia nuclear o una infancia con apremios, necesidades, con familia disfuncional; finalmente, quién no ha vivido una adolescencia de curiosidades, como un volcán en erupción con la lanceta afuera, de ilusiones, fantasía, disfrutar y amar a una mujer en la imaginación cómoda de la soledad, los sueños y en la tertulia de los amigos. Los personajes Sebastián (La Rutina de la Guerra), Mayo (Ella Tenía Dos Nombres) y Daniel Quinto Patiño (El Reino de los Ausentes) cuentan, en la actual situación, lo vivido, lo hecho y lo sentido con intensidad.
Gracias a los cuentos de Mario, nuestra niñez, adolescencia y juventud se mantienen de pie en la memoria y en la nostalgia, sin perder su encanto. Como decía Gabriel García Márquez, la “vida no es como la hemos vivido, sino como la contamos y recordamos”. El título del libro es elocuente y engancha con las historias que leemos en las 81 páginas, llenas de evocación, de ternura, reminiscencia, de ese sentimiento apreciado que nos engancha con lo que fuimos y somos: la nostalgia. El tono evocativo y el ritmo ininterrumpido, ágil y oficioso les da una calidad narrativa muy personal, sincera y de gran manejo del lenguaje denotativo y literario. Sin duda, Mario trasciende por su personalidad literaria, su concepción estética, su perseverancia de creador de ficciones, de esas “mentiras” que nos hacen creer que lo que cuenta fueron exactamente la verdad histórica, su infatigable afán de publicar y, lo más importante, por ser un gran narrador, que para suerte nuestra llegó a Huánuco y se quedó, junto a doña Rosa Mendoza, Mario, Miguel y sus nietos. Qué razón tenía el poeta de la Generación del 98 en España, Antonio Machado, ese que nos dejó la lección que “se hace camino al andar”: “Patria no es el suelo donde se nace, patria es suelo que se labra.”
En La Rutina de la Guerra, Sebastián hijo y Sebastián padre, alias Pututo, enfrentan una doble realidad: el primero cree que asiste a una guerra sin cuartel, de escaramuzas y emboscadas y debe defender a su padre, un curtido camionero de rutas largas, de agravios, maltratos o atentados, mientras que el padre se desenvuelve entre recicladores de chatarra, mecánicos y llanteros a donde llega con el camión Lucero. Aclarado el panorama todo vuelve a la realidad de marginalidad, pobreza y deseos de superación. Sebastián padre desaparece como por arte de magia. Nunca más se sabe de él. Se hace evidente la ausencia física y la añoranza del hijo por la presencia del padre. En Ella Tenía Dos Nombres, Mayo relata la súbita desaparición de Cecilia Matamoros, mujer que le enseñó todo lo que debe saber un varón en cuestiones amatorias y de intimidad. Se configura un férreo triángulo sentimental, saldo fatal de uno de los amantes: Paco Ríos, el Barón, proxeneta, facineroso, quien aprovecha vilmente de Cecilia (Alondra Cruz en el negocio carnal) en favor de sus intereses económicos y personales. Al igual que Sebastián, Cecilia fue abandonada por su padre cuando apenas tenía unos seis años. Otra vez la ausencia física, con secuela emocional en el hijo. Cecilia muere baleada, probablemente, por Paco Ríos. El Reino de los Ausentes, narrado con fluidez, suspenso y en plural inclusivo, pero individualizado en un policía de investigaciones, Jorge Matienzo. Daniel Quinto Patiño desaparece misteriosamente, no se sabe dónde está ni por qué se esfumó de la realidad. Aquí la ausencia no es paternal ni familiar, sino espiritual, amical, de solidaridad, de identidad emocional con los amigos de infancia; por tanto, tiene un efecto emocional indescriptible. Mario también se convierte, de momento, en el escritor sociólogo, sin caer en el panfleto ni en la ridícula propaganda política, que coloca sobre la mesa la violencia subversiva, la violación de derechos humanos, las fosas comunes, los miles de ciudadanos que murieron en la “guerra interna” que hasta hoy no son encontrados para darles cristiana sepultura y eliminación de líderes por razones ideológicas.
Hablando de ausencias ratifica categóricamente la calidad literaria de la narrativa de Mario Malpartida, la continuidad de creación de ficciones, la tenaz batalla para publicar libros para deleite de los lectores de Huánuco y del Perú, que cuentan con legiones de lectores.



