Trump, quien amenazó con imponer aranceles del 100% a los productos del gigante asiático

Guerra comercial China-EE. UU.: Pekín desafía a Trump con control de tierras raras

Cuando las dos mayores economías del planeta parecían encaminarse hacia una tregua tras meses de negociaciones discretas, Pekín decidió endurecer su posición y reavivó la tensión con Washington. Las nuevas restricciones chinas a la exportación de tierras raras y componentes de baterías de litio provocaron una respuesta inmediata del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien amenazó con imponer aranceles del 100% a los productos del gigante asiático. La medida, que devuelve el conflicto a su punto más crítico desde 2019, marca un nuevo capítulo en la rivalidad geoeconómica que redefine el equilibrio de poder mundial.

Las tierras raras: el nuevo campo de batalla

Las llamadas tierras raras, 17 elementos químicos esenciales en la fabricación de microchips, vehículos eléctricos, imanes y sistemas de defensa, se han convertido en un recurso estratégico comparable al petróleo del siglo XXI. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, China concentra cerca del 70% de la producción y refinamiento global de estos minerales, y controla más del 80% de la cadena de valor mundial. Ese dominio le otorga una poderosa herramienta de presión frente a Occidente.

El anuncio del nuevo mecanismo de control de exportaciones, que exige aprobación oficial incluso para productos fabricados fuera del país pero que incorporen tecnología china, busca replicar la política de extraterritorialidad con la que Washington restringe la venta de semiconductores con componentes estadounidenses. Analistas en Pekín han interpretado la decisión como un “aviso estratégico” a los aliados de Estados Unidos: quien adopte las sanciones tecnológicas de la Casa Blanca también sufrirá las consecuencias en su suministro de materiales críticos.

Trump y la estrategia de presión total

Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha utilizado el discurso del “America First” como marco para justificar una política comercial agresiva. Los nuevos aranceles anunciados para noviembre, sumados a los impuestos ya existentes que superan el 50% promedio sobre las importaciones chinas, buscan presionar a Pekín en un momento de desaceleración económica. El presidente estadounidense sostiene que las restricciones chinas “ponen en riesgo la seguridad nacional”, aunque sectores industriales y financieros advierten que una escalada arancelaria podría repercutir en los mercados globales, donde el temor a una recesión ha hecho caer el índice S&P 500 más del 2% en un solo día.

En Washington, la lectura geopolítica es clara: la guerra comercial ya no se libra solo por el intercambio de bienes, sino por el control de las cadenas de suministro del futuro. La Casa Blanca considera que dominar la tecnología de chips y la infraestructura energética es esencial para preservar su supremacía estratégica.

Pekín busca equilibrar fuerzas sin mostrar debilidad

Por su parte, el Gobierno chino ha defendido las nuevas medidas como “acciones legítimas para proteger la seguridad nacional y garantizar el uso pacífico de los recursos”. Un portavoz del Ministerio de Comercio subrayó que “China no desea una guerra comercial, pero no la teme”, y advirtió que se tomarán “medidas firmes” si Estados Unidos insiste en su “camino erróneo”. Detrás de la retórica diplomática se oculta un mensaje más profundo: Pekín no aceptará ser marginado en la economía global de alta tecnología.

En los últimos años, China ha intentado reducir su dependencia de los mercados occidentales impulsando programas como “Hecho en China 2025” y ampliando su esfera de influencia mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Las restricciones a las tierras raras refuerzan esa estrategia, permitiendo a Pekín usar sus recursos minerales como una palanca para negociar desde una posición de fuerza.

Impacto global y reconfiguración de alianzas

El resurgimiento de las hostilidades entre las dos potencias amenaza con fragmentar nuevamente el comercio internacional. La Unión Europea, Japón y Corea del Sur —altamente dependientes de los minerales chinos para su industria tecnológica— observan con preocupación la posibilidad de una disrupción prolongada en las cadenas de suministro. Varios gobiernos asiáticos han comenzado a explorar fuentes alternativas en Australia, Vietnam y África, aunque los expertos advierten que el reemplazo del suministro chino tomará años y requerirá inversiones multimillonarias.

La confrontación también se inscribe en una competencia ideológica más amplia. Mientras Estados Unidos intenta mantener su influencia mediante alianzas militares y tecnológicas como el QUAD y el AUKUS, China apuesta por un modelo de interdependencia económica que le asegure socios en Asia, África y América Latina. La guerra comercial, en ese sentido, no solo mide el poder económico, sino la capacidad de cada bloque para atraer aliados a su visión del orden global.

Los nuevos aranceles anunciados para noviembre, sumados a los impuestos ya existentes que superan el 50% promedio sobre las importaciones chinas, buscan presionar a Pekín en un momento de desaceleración económica

El tablero internacional ante un nuevo equilibrio de poder

En términos geopolíticos, el conflicto actual evidencia la transición de un sistema unipolar a uno multipolar, donde la economía, la energía y la tecnología son armas de influencia. El dominio estadounidense sobre la industria de los chips se enfrenta ahora al poder de China sobre los minerales críticos. Ambos países, conscientes de su interdependencia, usan la presión económica como forma de contención mutua.

El desenlace dependerá de si la confrontación se mantiene en el terreno comercial o se traslada al diplomático y financiero. De momento, la amenaza de Trump de duplicar los aranceles y la firmeza del discurso de Xi Jinping apuntan a un escenario de tensión prolongada. El mundo observa con cautela, sabiendo que cualquier paso en falso podría alterar el equilibrio de la economía global.