Goodbye Gato

CRÓNICAS DE UN APÓSTATA

Por Jacobo Ramirez Mayz

Cuando llegó a la casa tenía dos meses de nacido y nos dijeron que se llamaba Chester. Pero, como era un nombre muy aristocrático, pensamos en cambiarlo. Lamentablemente, no fue así, y lo comenzamos a llamar simplemente Gato. Su color blanco permitía identificarlo en medio de la noche y sus ojos celestes te miraban hasta el alma.

El primer mes jugueteé con él. Le daba mi mano y la comenzó a llenar de arañazos. Una tarde, cuando llegué a mi casa, no lo encontré. Lo llamé y con un maullido me respondió desde el techo. «Baja», le dije con voz enérgica, pero como si supiera que nadie hace caso a mi voz fuerte, tampoco él lo hizo y me dio un maullido largo y prolongado. Al notar su terquedad, puse su plato de comida en el suelo y me fui a hacer mis cosas. Desde ese día comenzó a vivir en el tejado, bajando solo a comer lo que se le servía.

En una oportunidad encontré su plato de comida lleno, lo llamé y busqué por toda la casa y por la huerta y no dio ningún rastro de vida. Miré a Satanás y Venus, mis perros, y pensé lo peor. Me acerqué a Shata, me abalancé sobre él, le agarre y lo tumbé al piso, me eché a su costado, puse mi cabeza en su barriga y, jalándole un poco la oreja le dije: «Mira, chocherita, tú debes saber que los gatos al igual que tú son criaturas de Dios y que no se les debe perseguir para matarlos. Si haz hecho eso no te daré de comer una semana»; y bla, bla bla; él solo atinaba a mover su cola y mirarme pensando seguramente que estaba fumado. Luego quise hacer lo mismo con Venus, pero como ella ya había escuchado mi discurso moralista, inmediatamente me vio acercarme, sacó piernas como si hubiera visto al mismo demonio y se escondió tras los árboles del huerto.

A los tres días de dicho acontecimiento, apreció el granuja, flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones, y a partir de ese momento se hicieron costumbre sus desapariciones por días y me acostumbré a sus mostrenqueadas y a sus maullidos nocturnos, a sus juegos con los pericotes que atrapaba y con el susto de las pequeñas serpientes que me traía como si fueran trofeos de guerra. Algunos meses después, algunos vecinos me contaron que lo habían visto en sus casas persiguiendo no ratones, sino a sus gatas en quienes dejó su descendencia.

Después de casi seis años, una tarde se me acercó, me ronroneó, y permitió que le pase mis manos sobre su lomo, me maulló lastimeramente, pero no entendí lo que me quería decir, le di su comida y me retiré dejándolo en medio de la soledad de la noche y con su soledad a la que estoy seguro que estaba acostumbrado. Cuando prendía la cocina a leña, lo encontraba durmiendo en un costado, seguramente abrigándose del frío o calentando su vejez prematura. Una semana después, no probó ningún bocado de su comida, lo miré y vi en sus ojos mucha tristeza. Recordando y parafraseando las palabras de un cuento de Cloud, le dije; «Come Gato, que gato que come, no muere», pero no aceptó ni un solo bocado. Entonces le agarré de la cabeza, le abrí su boca y le di de tomar un poco de agua. Así pasó dos días más y una tarde, mientras estaba cenando, me maulló desde su cama. Le fui a ver, dio un brinco, se tiró al piso, comenzó a arrastrase y después de un maullido muy lastimero dejó de respirar.

Esa noche lo velé en silencio, recordándolo. Al día siguiente, lo envolví y lo llevé a la huerta, hice un pequeño sepulcro y, antes de taparlo, contemplé sus ojos celestes por última vez, una gota de sudor surcó mi rostro y mi demonio interior me dijo que la vida es corta y que qué grande es vivirla.

 

Las Pampas, 21 de marzo del 2022.