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GERARDO CHÁVEZ, NUESTRO QUERIDO MAESTRO

Por: Israel Tolentino

“De niño me entretenía mirando esas filtraciones de humedad en las paredes y advertía en ellas formas que sugerían personajes que podían ser monstruos, guerreros o caballos. En Italia, comencé a encontrar en esas manchas un significado, una pista para crear mis propias imágenes. Comprendí que lo cotidiano encierra un misterio y la belleza se puede hallar en cualquier parte.” Narra el maestro Gerardo Chávez en “Antes del olvido.”

Los maestros Oswaldo Sagástegui y Gerardo Chávez (Fotografía, Antonio Paucar).

El día exacto está anotado en el mismo libro, 16 de enero del 1995. Un catálogo de segunda mano, sin el forro original y con un par de láminas arrancadas del interior, aún así le pregunté al librero ¿cuánto cuesta? su respuesta convertida en 25 soles torzaló el almuerzo en mi barriga. Ese medio día, me había despedido de mamá, recibí como mesada un billete de 20 soles. Debía tomar el viejo bus moradito y retornar a la casa donde vivía. En ese año, aún había libreros ambulantes en la entrada a la plaza Francia. Terminando de revisar el catálogo ¡lo compro!  le dije al experimentado librero, era el primer catálogo portentoso que iba a tener.

“Coco” Guzmán, Alfredo Alcalde, Antonio Paucar, Oswaldo Sagástegui y Gerardo Chávez.

Recién ingresado a Bellas Artes, me tocaba ser estudiante del taller de grabado de foto serigrafía; recuerdo que caminando por el local de la Escuela de Bellas Artes, un exestudiante, con quien conversamos mientras íbamos de salida, me preguntó: eres ¿“tilsiano” o “chaveciano”? El primer catálogo de Chávez, lo había conocido en casa de mi amigo Paco Vílchez, y me convertí desde entonces en uno de sus admiradores. En el taller, como todo recién ingresado a la Escuela, no tenía claro el camino artístico que continuaría, aunque estaba cautivado con la obra y vida de Víctor Huamareda, será Gerardo Chávez, el artista que señalará su impronta en mis primeros trabajos gráficos. Ese primer año fui “chaveciano”, unas monotipias, serigrafías y otra obra gráfica, hechas en formato serio, partieron de mi visita de la exposición “La Procesión de la papa” en el Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica (PUC). Entonces un hecho significativo, por esos pocos años, empapándome del mundo del arte limeño, no había visto expuesta la obra de ningún artista bellasartino en la PUC. Una obra de 2.5 por 12 metros de yute y arcilla de colores, marcaban para siempre ese camino.

Maestro Gerardo Chávez autografiando el catálogo del Banco Popular del Perú.

Cierta vez, a comienzos del dos mil, exponía el maestro Gerardo junto con Runcie Tanaka y José Bedia, en aquel tríptico me regaló su primera firma. El 2022, sucedió algo extraño, un querido amigo, el artista huanuqueño, Oswaldo Sagástegui (Llata, 1936) luego de muchos años, desde su última exposición en la Galería Camino Brent, llegaba de visita a Lima, lo sorprendente en este viaje era el lugar de su alojamiento: el penthouse del maestro Gerardo Chávez en San Isidro; un maravilloso espacio abarrotado de arte prehispánico y obras significativas de los artistas amigos admirados por el maestro.

El maestro Gerardo nos esperaba esa mañana, preparó café y sirvió Aperol para nosotros, yo, había recogido una encomienda de bizcochitos huanuqueños de la panadería San Andrés, acompañamos el café con ellos. Esa mañana había descendido el maestro Oswaldo Sagástegui de México DF y, como un presente de los astros, Antonio Paucar aterrizaba desde Berlín; entonces todos, para llegar juntos a la casa taller del maestro, nos encontramos en la panadería Levaggi. Fueron ocho días intensos, custodiando las llaves del penthouse en mis bolsillos.

Oswaldo Sagástegui, Israel Tolentino y Gerardo Chávez.

Años antes, había escrito para la revista Wayraviento un texto sobre el maestro titulado: “Gerardo Chávez, el Moche más contemporáneo”, escrito a propósito de la retrospectiva “Chávez 80” en el Museo de la Nación y que en su momento le compartí vía correo electrónico. Terminado el Aperol, antes de entregarle la revista leí aquel texto, gracias “flaco” me dijo y se levantó y me dio un abrazo. La revista reposó por varios días sobre el piano que alguna vez le perteneció a Chabuca Granda.

Escribir para alguien ausente, es una pena que viene con una dosis de remordimiento, la frase “le hubiera dicho en vida” queda flotando en el vacío. Como aquella mañana en esa bonita mesa redonda, agarro este texto frente al autógrafo de sus memorias y me pongo a leer (Pozuzo, junio 2025).