GENARO, MIGUEL Y ARNALDO

(Los que le debían algo al río)

El río Huallaga no es solo agua y en Las Pampas siempre se supo eso. El río es boca, es hambre, es espejo, es amenaza, da de comer y también cobra; no avisa cuándo, solo espera. Por eso los viejos lo miran con respeto y los jóvenes con imprudencia y por eso esta historia no es solo de tres hombres, sino de un pacto silencioso entre ellos y el agua.

Genaro, Miguel y Arnaldo eran amigos de esos que ya no se ven, no de cantina ruidosa ni de promesas grandes, sino de madrugadas compartidas, de silencio cómodo, de manos que saben trabajar juntas sin hablar. Los tres gustaban de ir a pescar de noche, cuando el río se pone más oscuro y más verdadero, cuando el Huallaga deja de ser paisaje y se vuelve animal.

Bajaban con sus varitas, sus linternas, sus cigarros, su coca y su fe. Pescaban cachuelos, wascachos, cabezones. Con eso armaban, junto a sus familias, desayunos que sabían a victoria: pescado frito, café cargado, risas cortas porque comer lo que uno mismo saca del agua tiene otro peso, otra dignidad.

Genaro era el primero quién lanzaba su varita al río; siempre tenía esa confianza peligrosa de los que creen conocer al agua; «No pasa nada», decía y el río, mudo, anotaba. Una noche, todos lo vieron bajar, la luna estaba flaca, el caudal fuerte; Genaro se metió como tantas otras veces, pero esa vez no regresó, el río lo tragó sin ruido, nadie escuchó un grito, nadie vio una lucha; el Huallaga no es escandaloso cuando decide.

Lo buscaron, bajaron hombres, subieron rezos, días después, el cuerpo apareció río abajo, hinchado, irreconocible, devuelto como cosa prestada. Genaro se fue primero y con él se rompió algo invisible.

Miguel fue el que más sintió esa ausencia, cargó la muerte de Genaro como una piedra en el pecho. Siguió viviendo, sí, pero ya no igual, el río empezó a llamarlo distinto, ya no como proveedor, sino como recuerdo.

El seis de enero, fiesta de los Negritos, Miguel se emborrachó como Dios manda, no una borrachera alegre, sino de esas que vienen con despedida. Caminó tambaleando hasta su casa, encontró a su esposa, la miró largo, le habló poco; se despidió. Así, sin drama, como quien sabe que ya dijo todo lo importante en la vida.

Esa noche, Miguel tomó el camino del río, el mismo camino de Genaro; como si lo siguiera, como si el río ya le hubiera marcado la ruta. Se aventó a las aguas caudalosas, sin pelea, sin retorno, días después, el Huallaga volvió a cumplir: entregó el cuerpo.

Su esposa lloró como se llora cuando ya no hay fuerzas, sus hijas lloraron una ausencia que no entendían del todo, pero que les iba a doler siempre. El pueblo acompañó, porque el pueblo sabe de esas muertes que no son solo muertes, sino señales.

Arnaldo quedó solo, vivió más tiempo, sí; pero vivir no siempre es seguir adelante, a veces es solo quedarse. Arnaldo envejeció con los recuerdos, el río ya no le daba pescado, le daba imágenes. Las risas, las madrugadas, los desayunos, Genaro, Miguel, los nombres volvían con el sonido del agua.

La enfermedad lo fue apagando de a pocos, el cuerpo ya no respondía, la vida se le fue achicando y el río seguía ahí, esperándolo, paciente, como siempre lo estuvo.

Una tarde, Arnaldo bajó al Huallaga, ya no como pescador sino como quien va a cumplir algo pendiente, miró el agua, tal vez habló o tal vez no, seguro recordó a sus amigos llamándolo desde el fondo y se metió como ellos como si el final ya estuviera escrito desde aquella primera pesca nocturna; el río lo recibió y días después, como si cerrara una historia, devolvió su cuerpo.

En Las Pampas se dice que el río les dio comida durante años, que los sostuvo, que los alimentó y que un día, simplemente, les pidió el pago, no en monedas, ni en promesas; en cuerpos. No es una ley justa ni injusta, es la ley del río.

Hoy, cuando el Huallaga baja crecido, hay quienes juran ver tres sombras en la orilla. Otros dicen escuchar risas apagadas, voces que se confunden con el agua, nadie baja a pescar de noche sin acordarse de ellos. Genaro, Miguel y Arnaldo no fueron héroes ni santos, fueron amigos, hombres del río y eso, en pueblos como Las Pampas, es una forma antigua de destino.

El Huallaga sigue corriendo, da pescado, miedo, memoria y los pobladores cada vez que pasan cerca bajan la voz, porque saben que el río escucha.
Las Pampas, 22 de enero del 2026