FUMARON LA PIPA DE LA PAZ

FUMARON LA PIPA DE LA PAZ

Por Alindo Luciano Guillermo

Las discrepancias irreconciliables perjudican y debilitan la calidad de servicio en la gestión pública o privada. En el colegio veo a estudiantes pelearse, proferir palabras soeces, mirarse con desdén y muecas de burla; luego se les ve abrazados, comiendo la merienda, conversando amenamente como si nada hubiera sucedido. Después unos dimes y diretes, lanzarse pullas, adjetivos de tono carmesí, echarse en cara que uno ignora al otro, el gobernador regional y el alcalde de Huánuco se abrazaron, estrecharon las manos, se disculparon y prometieron trabajar por el bienestar de Huánuco. En política los hechos tienen más validez; los gestos y voluntades son engañosos. Hacer las paces es una oportunidad que, si no hay sostenibilidad ni madurez, se puede revertir en mayor enemistad, pues se habrían incumplido los pactos y los acuerdos. El remedio resulta peor que la enfermedad.

El acierto de la gestión pública no está en llegar al poder político, acomodarse en la zona de confort, tomar posesión del aparato estatal, sino mantenerse sosteniblemente y firme, con aliados idóneos para facilitar el desempeño del gobernante. Un alcalde trabaja y gestiona por su provincia y distritos; el gobernador regional, por once provincias. No tiene sentido pelearse cuando la campaña electoral ya pasó como el agua por debajo del puente Calicanto. Es locura creer que se puede gobernar solo, sin alianzas pertinentes, indiferente al clamor de los ciudadanos, la opinión de los intelectuales y el periodismo crítico. La gestión dura cuatro años; ambas autoridades fueron elegidas para 48 meses, les falta 43. El tiempo en la gestión pública se va como el agua por una coladera. La disensión asertiva entre políticos que gobiernan es necesaria e inevitable, así aparecen el debate y la discusión y, por consiguiente, la solución, la propuesta mejorada para enfrentar integralmente los problemas de la región y la ciudad. En política se cumple “ver para creer”. Sí Pulgar y Jara se reconciliaron, entonces veremos pronto la ejecución de la rehabilitación del Malecón Daniel Alomía Robles, el mejoramiento de la Laguna Viña del Río y la construcción del Parque San Pedro. ¿Cuándo empezará? Conocer los plazos es importante para no incurrir en demagogia.      

Gobernar -democráticamente, con periodismo independiente, instituciones del Estado alertas a desmanes presupuestales, respeto a la voluntad del electorado- un pueblo, ciudad o nación es tarea complicada como comer pescado amazónico. Quien gobierna se mete a camisa de once varas donde tiene que lidiar a diario con oposiciones políticas, protestas sociales, pataletas de aliados estratégicos, el descontento de la calle, liderazgos mezquinos, trabazones administrativas que se tiene que desenredar dentro del marco legal, exigencia de más presupuesto para obras públicas. Un gobernante pierde su tiempo encerrado en su oficina y calentando el asiento ortopédico. Quien gobierna es un político no un profesional sabelotodo y experto en economía, medio ambiente, presupuesto, delimitación de fronteras, asesoría legal, redacción documentaria, conflictos sociales o inclusión social. Un gobernante tiene que aprender a tender puentes de diálogo efectivo, empático y conciliador (no de sordos ni monólogos), concertación e involucramiento de autoridades homólogas, actores de la sociedad civil e instituciones con articulación intersectorial e intergubernamental. Nadie gobierna como si fuera el príncipe Segismundo, ese célebre personaje de La vida es sueño de Calderón de la Barca o con la perversidad y sed de poder del Macbeth de Shakespeare.

“El fin justifica los medios” es vía política inescrupulosa, peligrosa e inmoral. Se debe decir “el fin se justifica mientras esté dentro de la legalidad y los alcances de la ley”. “Todo dentro de la ley, nada fuera de ella” podría ser el corolario de este silogismo político. Nadie gobierna solo, sin aliados ni apoyo político. Es fatal gobernar prisionero de una oposición tenaz. Pelearse en pleno ejercicio del poder es un despropósito y una manifestación de inmadurez política, carencia de inteligencia emocional y una ceguera total de visión de estadista. Me alegra de sobremanera saber que el gobernador regional y el alcalde de Huánuco limaron asperezas, dejaron de proferir calificativos inapropiados y exhibir actitud pendenciera. Juntos pueden lograr mucho más por el pueblo que los eligió, para eso son electas las autoridades: resolver los problemas y así mejorar el bienestar de los ciudadanos.

Mejor calidad educativa, fomento editorial, de lectura y el pensamiento crítico, menos anemia y desnutrición crónica infantil, menos muertes maternas, menos adolescentes embarazadas, más cobertura de salud en el nivel primario, enfrentar con firmeza la inseguridad ciudadana, mayor ejecución presupuesto, más confianza en las instituciones regionales y municipales, enfoque ambiental resolutivo, ordenamiento de la ciudad, bajar los decibeles de la endiablada congestión vehicular, etc. Esos son los indicadores prioritarios. Si tuviéramos que elegir entre calidad de la educación y la construcción de un estadio olímpico, ¿cuál de los dos tendría impacto social de trascendencia? Políticamente el estadio es visible. El ego -de esto nadie se libra- es un serio obstáculo para un trabajo en conjunto y en equipo; unos querrán brillar más que otros. Gobernar es el arte de delegar funciones estratégicas, pero con resultados y resolución de problemas. En política y en la gestión pública discrepar, estar en desacuerdo, no consensuar, es tan natural como respirar; el dilema es cómo juntar a dos orillas de un mismo río, cómo se hace comer de un mismo plato a gato, perro y pericote. Ahí aparece el concertador para resolver diferencias y abordar acuerdos comunes. Una oposición permanente e intransigente socava y abre grietas. En una oportunidad escuché a un gobernante este razonamiento: “Hay dos tipos de trabajadores: aquellos que hacen lo que les dices y aquellos que hacen, con iniciativa, sin que les digas lo que tienen que hacer”. A los primeros los llamaba “colaboradores sicarios” y a los otros “los que hacen y luego piden opinión y disculpas”. “Prefiero a los segundos”, sentenciaba. ¿Quién ha sido el fray Martín de Porres que hizo posible que Pulgar y Jara retomen el diálogo y se comprometan a trabajar codo a codo por el desarrollo de Huánuco? Alguien debe haberles sugerido, excepto que haya obrado sobre ellos el Espíritu Santo.  

Recuperar la credibilidad de la política y de la práctica de esta por los políticos pasa necesariamente por la transparencia, la coherencia y el comportamiento en el poder, en el modo cómo se desempeñan en la gestión y las relaciones interpersonales. El poder es engañoso, una ilusión, acaba en cuatro o cinco años, puede “recomendar” equivocadamente conductas autoritarias y al margen de la ley y la ética cuya factura debilita la institucionalidad, la democracia y la confianza ciudadana.