La intensificación de la campaña militar contra la insurgencia maoísta en la India ha provocado la muerte de al menos 27 personas en el centro del país, según fuentes policiales que describen la operación como un golpe dirigido a militantes maoístas. Este operativo se enmarca en una estrategia gubernamental para erradicar una insurgencia de izquierda que ha persistido durante décadas, representando un desafío de seguridad interna constante para el país asiático.
Según la investigación publicada por The New York Times, el incidente ocurrió el miércoles en una zona no especificada del centro de la India, donde las fuerzas de seguridad intensificaron sus operaciones.
Prabhat Kumar, un jefe de policía del estado de Chhattisgarh, declaró que «varios cuadros maoístas de alto nivel» fueron abatidos o sufrieron heridas graves durante la operación. Medios locales informaron que Nambala Keshav Rao, conocido como Basavaraju, un líder destacado de los rebeldes, podría estar entre los fallecidos. La confirmación de esta baja representaría un significativo golpe estratégico para el movimiento maoísta, también conocidos como Naxalitas.
Este incidente se produce tras otro enfrentamiento la semana anterior, en el que el gobierno anunció la muerte de 31 miembros del movimiento en una región montañosa entre Chhattisgarh y un estado vecino. El ministro del Interior de la India, Amit Shah, calificó esa operación como un «avance histórico» y fijó marzo como fecha límite para erradicar por completo la insurgencia, que ha afectado a diversas regiones del país durante más de medio siglo. Shah, figura clave en la política de seguridad nacional de la India, ha reiterado la determinación del gobierno en eliminar la amenaza que representan los grupos maoístas.
Sin embargo, la campaña contra los rebeldes ha generado preocupación entre los activistas de derechos humanos, quienes advierten sobre la posibilidad de que civiles inocentes hayan sido víctimas en las operaciones militares. Bela Bhatia, abogada que trabaja en regiones afectadas por la insurgencia, subraya la importancia de una rápida identificación de los cuerpos por parte de los familiares, algo que, según ella, el gobierno a menudo tarda días en facilitar. Además, Bhatia plantea interrogantes sobre las circunstancias en las que mueren los presuntos insurgentes, señalando la falta de claridad sobre si «los maoístas abatidos se rindieron y luego fueron asesinados, o si murieron en un enfrentamiento». Esta ambigüedad alimenta las sospechas sobre posibles violaciones de derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad.
El movimiento maoísta en la India se originó en la década de 1960 como una insurgencia de estilo guerrillero, cuando facciones de partidos comunistas tomaron las armas con el objetivo de crear una sociedad sin clases. Inicialmente, la lucha se centraba en la redistribución de tierras entre los campesinos sin tierras. Con el tiempo, la causa se asoció más estrechamente con los derechos de las minorías indígenas, que representan el 9 por ciento de la población india. Los líderes de los combatientes han manifestado su intención de proteger el acceso de las comunidades tribales a los recursos naturales, un punto central de su ideología y motivación.
El Estado indio considera a los maoístas como una amenaza significativa para la seguridad nacional, y los críticos argumentan que esta percepción ha llevado a excesos militares en la represión del movimiento. En 2009, el entonces Primer Ministro, Manmohan Singh, los calificó como el «mayor desafío de seguridad interna» del país, incluso después de que terroristas islamistas de Pakistán fueran vinculados a un devastador ataque en Bombay un año antes. Desde entonces, las fuerzas de seguridad indias han intensificado sus campañas militares para derrotar a los maoístas, un conflicto que se ha cobrado miles de vidas en ambos lados durante las últimas cinco décadas. En paralelo a la ofensiva militar, el gobierno del Primer Ministro Narendra Modi ha implementado iniciativas de desarrollo, como la construcción de carreteras en las regiones remotas donde el movimiento ha prosperado, con la esperanza de que un mayor acercamiento a los residentes locales, en su mayoría minorías tribales, los convenza de oponerse a los insurgentes. Sin embargo, como señala Bhatia, existe una desconfianza generalizada entre la población, que depende de los bosques para su sustento, quienes se preguntan si este desarrollo está destinado únicamente a facilitar la minería y la explotación de los recursos naturales.




