En plena temporada de lluvias, cuando lo habitual es que los suelos de Huánuco se saturen de agua y se alivie el riesgo de incendios, las alarmas se han encendido con fuerza: los incendios forestales no solo no han cesado, sino que se han intensificado peligrosamente. El fenómeno desconcierta por su aparente contradicción climática y preocupa por el nivel de daño que viene dejando a su paso.
En los últimos días, diversas zonas rurales del departamento han reportado focos de fuego activos que, lejos de estar contenidos, se expanden sobre áreas agrícolas, montes y ecosistemas vulnerables. Aunque las causas exactas aún no han sido oficialmente determinadas, lo cierto es que la propagación del fuego ocurre en condiciones meteorológicas atípicas y en medio de un contexto de débil respuesta institucional.
Las comunidades quechuas de Tomay Kichwa, Cleoparcca y otras localidades del interior se encuentran entre las más afectadas. Según han manifestado sus propios pobladores, el fuego no solo ha arrasado con pastizales, sino que ha comenzado a cercar cultivos esenciales, animales domésticos y viviendas. La flora nativa —altamente sensible— también ha sido consumida en varias hectáreas, y se teme por especies endémicas que podrían haber desaparecido sin siquiera ser registradas.
El temor de que los incendios lleguen a zonas urbanas como la ciudad de Huánuco ya no es una exageración. Con vientos erráticos y suelos resecos, el escenario es propicio para que el fuego cruce fronteras naturales y alcance comunidades densamente pobladas. Hasta ahora, la respuesta ha recaído principalmente en los cuerpos de bomberos voluntarios y brigadas comunales, que trabajan sin equipos suficientes, sin coordinación estratégica y, en muchos casos, arriesgando su vida.
Frente a esta emergencia ambiental y social, resulta imprescindible que las autoridades regionales y nacionales asuman su rol de forma proactiva. No se trata solo de contener el fuego —que ya es urgente—, sino de establecer un sistema de prevención y monitoreo climático que permita anticipar y reducir los riesgos.
La realidad exige dejar atrás la pasividad y entender que los incendios forestales no son hechos aislados, sino síntomas de una crisis mayor: el cambio climático, el abandono institucional y la desprotección de las zonas rurales. La vida humana, los animales y la biodiversidad están en juego. Huánuco no puede —ni debe— enfrentar esta amenaza en silencio ni en soledad.




