FRANCISCO TOLEDO Y OAXACA

Por: Israel Tolentino

Oaxaca es un punto de ebullición cultural que suma copiosamente a la inmensa cultura del inconmensurable México, tal vez el nombre de Rufino Tamayo (1899 – 1991), opacaría a todo el arte posterior a él, sin embargo, un artista de su entorno tomaría la posta sin desmerecer un ápice su legado: Francisco Toledo, nacido el 17 de julio de 1940 y muerto el 5 de septiembre de 2019. Pocas muertes he sentido tanto, de origen zapoteco ha sabido ubicarse, en igualdad de condiciones con las propuestas significativas del mundo contemporáneo; en su natal podía andar sin zapatos, vestido de traje blanco, confundiéndose con los hombres de su ciudad. Pero, en México es posible chocarse con las manifestaciones tradicionales y las excentricidades del jet set, todo vibra como rayos resurgidos de las manos de Huehuetéotl.

Niños con sus libros en la biblioteca del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO).

La primera vez que vi un catálogo suyo quedé marcado como un niño cuando ve un juguete en la vitrina y piensa juntar sus monedas para regresar a adquirirlo. En una librería en el centro de Lima, una hermosa publicación tenía por portada el autorretrato del maestro, luego en el Museo de Arte Moderno Gerardo Chávez en Trujillo vi una muestra de grabados suyos y un amigo crítico, me mostró un facsímil de uno de sus cuadernos de dibujos. Aguardo desde entonces, como ese niño frente al escaparate, viajar con la familia a Oaxaca, andar por sus lugares y llenar la mochila con libros del querido Francisco Toledo.

Había fabulado conocerlo, ingenuamente creí que Toledo nunca moriría; ese mes de setiembre, del 2019 estaba invitado en Leipzig, fallecieron con él, mi tío Franco Tolentino, siempre con buen humor, ocurrente muy querido; José Tola, artista de quien guardo un profundo autógrafo. En los viajes suceden muchos hechos inolvidables, sin embargo, una pérdida resuena “no se puede poseer todo”, y la del maestro se suma a las rayas que ocultamos en el alma.

Francisco Toledo, con papalote con el rostro de estudiante asesinado en Ayotzinapa (Fotografía internet).

Aparte de ser famoso como ninguno, su generosidad y compromiso con su cultura se manifiestan en la creación del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), en sus hondas palabras: “yo, para no sentirme tan mal de ser un capitalista, de ser un hacedor de dinero, lo gasto en instituciones que se abren a los jóvenes que no tienen posibilidades de viajar para ver exposiciones o tener libros. Esto que usted ve aquí, el cine, el centro fotográfico, todo está hecho un poco para pagar culpas, por el interés que tengo por la difusión”. Alegato gracioso donde la enseñanza es: el dinero “per se”, no es problema, qué hacer con esa necesidad y capital es el objetivo, una congruente respuesta del maestro. Esta mea culpa, “hacedor de dinero”, no se disipó de su vida, fundó el Centro de las Artes de San Agustín (CaSa), el Taller Arte Papel Oaxaca, la Biblioteca para Ciegos, Jorge Luis Borges, pero lo que lo convirtió “en una figura entrañable y radical”, como en su pueblo dicen “fue su compromiso con la comunidad, con la educación artística, con la defensa del maíz, del medio ambiente y de los derechos culturales” intentando resumir: un activista y promotor cultural defensor de la cultura de su pueblo.

 Francisco Toledo (Fotografía del internet).

Verlo descalzo, vestido campechano, corriendo, haciendo volar 43 papalotes (una cometa, como la que hizo volar Martín Bonadeo en la plaza San Marco de Venecia), junto con los niños de primaria, con los rostros de los estudiantes asesinados en Ayotzinapa; recordarlo en una ventana blanca luciendo los pies descalzos, tomando entre sus manos un murciélago, jugando con un perro Xoloitzcuintle. Toledo, el creador de un bestiario de imágenes con los animales despreciados por el común de los mortales: changos, chapulines, sapos, iguanas, murciélagos … Calaveras amigables, como en la película animada “Coco” donde mis hijas sonríen.

Perro Xoloitzcuintle y el maestro Toledo (Fotografía de Graciela Iturbide).

Solamente con las fotografías en torno a Francisco Toledo, disfrutaríamos su versátil existencia, en sus palabras: “No sé (si el arte puede transformar a la sociedad). Creo que el arte enriquece a la gente. Da, le abre mundos; cambiar en el sentido de que nos haga mejores el arte, ahí sí no creo, no sé… Pero bueno, creo que el que haya bibliotecas, exposiciones, conciertos, poesía, todo esto enriquece a la gente y es bueno para la gente sensible…” (Lima, julio 2025).