Arlindo Luciano Guillermo
Dice Borges: “… el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. El 23 de abril es una brillante oportunidad para hablar del libro. Sin Cervantes, Garcilaso de la Vega ni Shakespeare, la humanidad no tendría la experiencia de disfrutar y advertir historias literarias que reflejan la vida caótica de ciudadanos y pueblos. Ahí está el Quijote -flaco, loco y vestido ridículamente de caballero andante medieval, pierde el juicio por leer en exceso libros de caballería- como abanderado de la justicia, solidario con los desposeídos y miserables, quiere enderezar los defectos de la sociedad. La civilización inca fue conservada por Inca Garcilaso de la Vega (hijo de español e india noble) en su memoria y luego lo transfirió al libro: Comentarios reales, escrito en España, avivado por la nostalgia, el desarraigo, la lejanía y los vivos recuerdos. Shakespeare es el genio creador de personajes universales y vigentes que podrían encontrarse en Singapur, Patagonia, comunidad awajún o las metrópolis europeas: Hamlet es la duda existencial y la apariencia estratégica para descubrir la verdad; el judío usurero Shylock no perdona las deudas; el moro Otelo, feminicida que asesina a su mujer Desdémona, por indicios de infidelidad cuando, en realidad, se trataba de una intriga política; Romeo y Julieta, clásico romance trágico que demuestra los límites del deseo y la fatalidad cuando se no legitiman los sentimientos amorosos de los amantes; Macbeth es la ambición por el poder político sin escrúpulos donde el fin justifica los medios, incluso el crimen y el despojo. En Huánuco es necesario leer, estudiar y analizar más la poesía, cuento y ensayo de Adalberto Varallanos quien naciera el 23 de abril de 1903; solo vivió 26 años. Dejó una literatura suficiente, recopilada en Permanencia (1968, 2021), con prólogo esclarecedor de Esteban Pavletich, para considerarlo un importante escritor vanguardista de talento, precursor y de fecundidad.
Para un lector, el libro es un bien cultural; para un librero, una mercancía; para un bibliófilo, un objeto que despierta afecto; para un bibliómano, un fetiche. Todos hemos leído un libro por curiosidad, imposición o interés académico o profesional. No existe ciudadano alfabeto, que haya pasado por la escuela, que no haya leído un libro. Algunos lograron capitalizar el hábito de lectura para convertirse en lector consecuente, coherente y persistente, algo equivalente a comer o respirar. El libro siempre está presente en las comunidades familiares: una Biblia, un diccionario, una receta de cocina, textos escolares o universitarios. He admirado a las familias que tienen biblioteca o un estante de libros que revelan que ahí hay o hubo un lector. Un libro sin lector es un cadáver; una biblioteca sin lectores, un cementerio; una familia sin libros, un desierto sin posibilidades de cultura y aprendizaje. Escribe Borges, cuya autoridad sobre la lectura y el libro es incuestionable: “Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible. Se dirá qué diferencia puede haber entre un libro y un periódico o un disco. La diferencia es que un periódico se lee para el olvido, un disco se oye asimismo para el olvido, es algo mecánico y por lo tanto frívolo. Un libro se lee para la memoria” (Borges oral,1980. Pág. 25).
Yo he convertido al libro en un compañero leal, como el árbol y su sombra. Le debo estar vivo a la poesía, sin esta hubiera atravesado la línea de fuego. En plena lucha estudiantil, en la década del 80, cuando la violencia política arreciaba y mantenía en ascuas y zozobra a la sociedad, ocho periodistas fueron salvajemente asesinados en Uchuraccay, el Grupo Alturas insuflaba el espíritu rebelde y contestatario (“pasaron y no volvieron todos aquellos que fueron rumbo a Uchuraccay”), leía a Rimbaud, Baudelaire, Vallejo, Neruda, Bécquer, Espronceda, Machado, Lorca, Buesa, poetas que no tenía nada ver que con la política ni la dirigencia militante. Así entendí que la literatura contaminada de política era un fiasco, un debut y despedida, intrascendente, arenga del momento, un derrame biliar. Han pasado más de 40 años y esos poetas siguen en el velador esperando su relectura. Era raro escuchar a un dirigente estudiantil leer en voz alta: “Tú conoces, lector, este monstruo delicado, / Hipócrita lector, -mi semejante-, ¡mi hermano!”. Durante la pandemia, mis libros me acompañaron incondicionalmente, sin esperar nada. En las calles el Covid-19 mataba sin piedad, en la casa leía poesía sin parar, solo así pude evitar enloquecer por no salir siquiera a la tienda de la esquina, un delivery podía traer el virus, hasta que me vacuné y me fui a cortar la melena de futbolista argentino como me decía Mario Malpartida. Entonces me convertí en provacuna. Los libros también pueden salvar la vida o transformarla para bien o para mal. Cuando se lee con espíritu crítico, ningún lector es una colonia o apéndice de un libro ni acólito del autor por mucho prestigio que este tenga, sino que lo aprecia, lo cuestiona, lo convierte en su amuleto, su preciado fetiche o lo deja caer al piso para que otro lo coja.
Si me despojaran la billetera con el sueldo dentro, no me afectaría sinceramente. Pero que pierda un libro me pone triste desde la cabeza hasta el tobillo, blasfemo en sánscrito o copto, melancólico, maldigo la circunstancia en que lo extravié, trato de ubicarlo como buscar una aguja en un pajar, recupero, con el auspicio de Séneca o Marco Aurelio, la tranquilidad con la ligera esperanza de que ese libro ha caído en las manos de un lector que le dará un uso correcto, porque algo consustancial a mí se ha desprendido, huyó sin mi consentimiento. Cuando sé que se ha publicado un libro siento la misma ansiedad de un niño cuando le han prometido un regalo en Navidad y espera a papá Noel que lo traiga. Solo me calmo cuando siento el olor a imprenta y la suavidad de las páginas. No me pasa eso con cualquier libro, sino con aquel que merece mi preferencia, mi gusto personal, la calidad de la escritura, la audacia de la ficción, la información novedosa y deslumbrante en libros no literarios. El libro es mi brazo, mis ojos, mis oídos, mi sombra, el otro ebrio que me sostiene para no caer en el desánimo y la soledad. Entonces llego a la conclusión de que estoy solo, pero no vacío. El mejor regalo que puedo recibir en ocasiones singulares es un libro que yo elija. En el velador del dormitorio tengo tres pilas de libros para releerlos en noches de insomnio o cuando despierto en la madrugada. Sin mis libros yo no sería lo que soy; soy hechura de mis libros. Siempre he difundido la lectura y el afecto por el libro. Me emociona mucho cuando veo a un niño con sus padres en una librería. Me recuerda cuando mi padre, un chofer con sexto de primaria, me compraba libros según sus posibilidades. Antes que escritor, soy un lector. Si pudiera yo pedir un último deseo, como el condenado a la horca, sería el siguiente: morir leyendo un libro, que la muerte me encuentre leyendo, subrayando, haciendo notas al margen de las hojas. Solo así habré justificado vivir con intensidad y utilidad; si es junto a una compañera se habría instalado el Paraíso en la Tierra.




