FESTIVIDAD CULTURAL DE LAS SAGRADAS CRUCES DEL SEÑOR DE SAN CRISTÓBAL DE LLICUA

Por Iraldia Loyola


Todos los años tiene lugar en Huánuco una de las fiestas tradicionales religiosas más antiquísimas del país. 

Del 23 al 27 de julio, Llicua, el segundo pueblo más antiguo del departamento, se prepara para recibir a los visitantes que serán testigos de esta importante fiesta celebrada por la comunidad cristiana “La fe y la tradición de las Sagradas Cruces del Señor de San Cristóbal de Llicua“.

Esta fiesta tradicional tiene como protagonistas a dos cruces “El anciano” (fabricado del árbol de la Chamana, árbol que crece en la zona) y “El joven”. 

Los herederos de esta antiquísima tradición cuentan, que, cuando los españoles llegaron a Huánuco por el pueblo de Quera, al llegar a Pachabamba observaron el “Valle del Coni”, al que un fraile franciscano le puso el Valle de San Cristóbal porque desde ahí veía todos los cerros y estos tomaban la figura de un hombre grande, corpulento, como lo era San Cristóbal. 

Los españoles al llegar a la falda del cerro observaron el valle del Pillko (Huánuco) y encomendándose al Santo cruzaron el río Huallaga y refundaron la ciudad, celebrando la primera misa en el Templo de San Cristóbal (actualmente en su interior se puede apreciar la imagen de este Santo y en la capilla de Llicua Alta podemos encontrar un cuadro del santo en óleo).

“Para celebrar la misa en los templos se confeccionaban cruces, es probable que la Cruz del Señor de San Cristóbal (el Anciano) estuvo en el templo por muchos años y al llegar las imágenes desplazaron a lo rústico de las cruces, que fueron llevados a una capilla en la cima del cerro San Cristóbal. La otra versión que contaban las personas más longevas es que los misioneros jesuitas construyeron una capilla en la cima y pusieron ahí la cruz del Anciano y después hicieron la cruz del Joven para que no esté solo”, narra Ronald Garay, presidente de la hermandad de las Cruces de Llicua.

Aunque no se ha podido dar con la fecha exacta de la llegada de las Sagradas Cruces del Señor de San Cristóbal a la cima del cerro, los pobladores indican que posiblemente la Cruz del Anciano tenga más de 400 años de existencia.

“Yo vivo en la meseta de Llicua, mi abuela Juana (QEPD) cuando era niño en el mes de julio me decía, ya va subir el Señor de San Cristóbal, debemos limpiar el camino y manos a la obra, en familia cogíamos la chilca, otras hierbas y la escoba de paja para limpiar el camino”, comenta Ronald Garay.

Después de realizar la limpieza del camino, cada 23 de julio por la tarde, una comitiva presidida por el representante de la comunidad sube a la cima del cerro San Cristóbal con velas, acompañados del chirinillo y el tamborilero, que, según las fuentes orales, venían desde Acomayo y Santa Maria del valle para acompañar a los feligreses. 

Toda la noche se pernocta rezando, chacchando y tomando Shacta del fundo Pacán o el calientito para soportar el intenso frío de la madrugada.

Al rayar el alba del 24 de julio, la comitiva inicia el descenso de las Sagradas Cruces del Señor de San Cristóbal. 

Al bajar recorren los cinco descansos, Tarapata, Pampa Grande o La Chamana, Rumipata,  Chunapampa y finalmente Pucapampa (Chachawaguey), la llegada a este descanso se prevé para las 11 de la mañana. 

Aquí las Tesoreras, mayordomos y pueblo en general esperan a las Sagradas Cruces del Señor de San Cristóbal con banda de músicos. 

Al mediodía, se llega a la capilla de Llicua donde las cruces descansarán. Por la tarde dirigidos por las tesoreras (Salomé Álvarez y María Montecillo) se realiza el cambio de sudarios (tres sudarios en cada cruz), los mismos que son donados por los mayordomos cada año. 

Así también se cambian las flores de azucena. Las secas se llevan para remedio y la flor fresca se amarra en las cruces y terminado este rito se inicia la procesión por las principales calles de Llicua.

Por la noche se celebra doble misa, en honor a ambas cruces, el “Anciano” y el “Joven”. Acto seguido inicia la fiesta popular al compás de la banda de músicos, finalizando con la quema de un vistoso castillo.

 Al día siguiente, 25 de julio, nuevamente se celebran dos misas desde las 9 de la mañana. 

Estas tienen como objetivo bendecir a los nuevos mayordomos. Ya que durante el día, la fiesta popular continúa en la casa de ellos, allí se sirven diferentes platos típicos y postres de la zona: Patasca, pachamanca, pan de fiesta, picante de cuy, chicha de jora y el infaltable locro de gallina. La fiesta culmina con la entrega del trucay a los nuevos mayordomos.

La tarde del 27 de Julio, se cargan a las Cruces hasta el primer descanso Pucapampa (Chachawaguey), donde se despiden del pueblo llicuino. 

Se dice que en este lugar las personas más ancianas lloraban, pues debido a la cuesta no podían subir más y quizás el año siguiente ya no verían al señor. 

La comitiva recorre el camino tradicional llevando las cruces a su morada y ya casi al llegar la noche, dejan las Cruces en la Capillita de San Cristóbal, en la cima del cerro, desde donde se puede apreciar la ciudad de Huánuco en su máximo esplendor. 

La comitiva regresa a paso firme, bendecidos y felices esperando el año siguiente para continuar con la tradición.

“Hemos ido recuperando y conservando esta tradición, que hoy tiene algunos matices, pero que no ha cambiado en su esencia. En el recorrido, los descansos son lugares de oración, reflexión y meditación del Vía Crucis que durante el año y de manera especial cada Semana Santa se practica en la religión católica. Estos actos sirven para revalorar la fe y del mismo modo permite rescatar y afirmar la identidad cultural”, dice finalmente Ronald Garay. Quien invita al público huanuqueño a visitar este hermoso pueblo.

Esta fiesta patronal de las “Cruces del Señor de San Cristóbal” es una muestra del modo peculiar que tiene el pueblo llicuino de vivir y expresar su relación con Dios. Además, esto representa una parte de la historia del valle huanuqueño.